Planos sobre planos

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Ya lo sabemos: proyectar un edificio da mucho trabajo. Lo malo para los arquitectos (o para el ego de los arquitectos) es que cuando el proyecto es bueno ese enorme esfuerzo no debe notarse. En el edificio para la nueva sede de la CAF Región Sur conviven capas de una compleja situación urbana, de la historia de la ciudad y de un programa mixto y ambicioso; y sin embargo, todos estos planos se integran con comodidad en un buen edificio.

El proyecto, a cargo de cuatro jóvenes arquitectos uruguayos —Carlos Labat, Pierino Porta, Nicolás Scioscia y Fernando Romero—, es el producto de un concurso público del año 2012. Originalmente pensado para alojar las oficinas de la Corporación Andina de Fomento (actual Banco de Desarrollo de América Latina), en el proceso del proyecto ejecutivo el destino del edificio se fortaleció, y actualmente alberga el nodo de oficinas para toda la región sur —Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay—, además de salas de cine, un bar, estacionamientos y espacios públicos.

LA SITUACIÓN URBANA

Hasta mediados del siglo XIX Montevideo ocupaba apenas la península que cierra la bahía, lo que con el tiempo se llamó la Ciudad Vieja. A partir de la declaratoria de Independencia, y como gesto refundacional, se construye la nueva Plaza Independencia, se traza la avenida 18 de julio y el amanzanado hasta la calle Ejido, lo que se nombró en su momento como Ciudad Nueva. En 1877 se derriba la Ciudadela, bastión principal de la defensa de la ciudad, y se anexa ese espacio a la gran Plaza. Al poco tiempo la ciudad continúa creciendo con sucesivos ensanches, principalmente hacia el este.

El terreno para la CAF se encuentra en un limbo entre los trazados en cuadrícula de la Ciudad Vieja y la Ciudad Nueva, un espacio de costura (o mejor, descosido) entre las dos tramas, asociado en parte a la huella ondulante de la antigua muralla. Manzanas irregulares y una importante pendiente hacia el Río de la Plata caracterizan la zona, que se abre hacia los fuertes vientos de la costa sur montevideana. Vista desde la Rambla Sur, se observa una agrupación incómoda de edificios singulares, pasando por el Templo inglés, el Club AEBU, el Teatro Solis, los edificios de la Presidencia y más atrás el edificio Ciudadela y el Palacio Salvo.

En la última década el sector se ha transformado fuertemente, a partir de la reforma del Teatro Solis, con su nueva caja escénica emergiendo del edificio neoclásico, la finalización de la Torre Ejecutiva, edificio para la Presidencia de la República (obra que estuvo parada por 46 años, originalmente pensada para el Poder Judicial) y la construcción del Anexo de Presidencia, otro reciente concurso también ganado por jóvenes arquitectos.

Por otro lado, los dos barrios adyacentes viven importantes procesos de transformación. El de Ciudad Vieja es de más largo plazo: en base a la inversión en espacio público y la preservación patrimonial, y apuntalado por el turismo interno y externo, el barrio antiguo ha ido recuperando el carácter central en la sociedad montevideana. Sin embargo, el cambio del Barrio Sur es más reciente, y se debe principalmente a la densificación poblacional que está generando la ley de promoción de la vivienda de interés social promulgada en 2011.

Para finalizar este punto, vale nombrar la presencia del Dique Mauá a escasos 300 metros del terreno. Sobre ese sector de la costa montevideana se ha dado uno de los debates urbanos más intensos de los últimos tiempos, a cerca de la posibilidad de instalar junto al Dique la terminal de pasajeros de Buquebus (más un complejo hotelero, un shopping y el paquete que suele venir con todo esto).

LA HISTORIA

Si bien las condiciones urbanas mencionadas traían aparejadas situaciones históricas, bajo este subtítulo quisiera hablar de las distintas capas depositadas sobre el terreno para la CAF en particular.

En 1869 se inauguró allí el Mercado Central, un edificio ecléctico historicista, obra del constructor inglés Thomas Havers. Además de concentrar buena parte del movimiento diario de la ciudad, los portones del mercado eran punto de encuentro entre los inmigrantes recién llegados de Europa y sus posibles empleadores. En 1895, dentro del Mercado abrió sus puertas el bar Fun Fun, personaje que encontraremos nuevamente en estas páginas.

Casi un siglo más tarde, un nuevo proyecto para el Mercado Central requirió —no sin polémica pública— la demolición del viejo edificio. Aunque la propuesta de Enrique Monestier incluía la conservación de parte del antiguo mercado, la construcción finalmente inaugurada en 1966 consistía en un bloque compacto moderno, que dejaba un espacio abierto descaracterizado al norte, frente a la espalda del teatro. Además de mercado, el edificio albergaba un restaurante, oficinas municipales, la asociación civil Mundo afro, estacionamientos y, desde 1988, nuevamente el bar Fun Fun. La vida del nuevo edificio duró la mitad de su antecesor. Las explicaciones pueden ser variadas: zona deprimida, problemas de mantenimiento, falta de adecuación entre su función y lo que su lenguaje comunicaba, etcétera; como sea, el edificio no era estimado por los ciudadanos, y Montevideo se preparaba para rehabilitar otros mercados públicos con mayor sex appeal.

EL PROGRAMA

La Intendencia de Montevideo, propietaria del edificio, decidió intentarlo nuevamente, abandonando esta vez el mercado como destino, y generó un convenio con la CAF para la realización del concurso de anteproyecto para sus oficinas. Con base en una concesión a 60 años del sector destinado al banco, la CAF se encargaría de la construcción y el mantenimiento del complejo, el que incluiría además espacios públicos, un estacionamiento subterráneo para 300 vehículos, tres salas de cine para Cinemateca Uruguaya y, lo que a esta altura de la nota no sorprende a nadie, el histórico bar Fun Fun.

El programa del banco incluye espacios de trabajo para 150 funcionarios, principalmente en áreas tipo open office, salas de reunión, una gran sala de directorio con cabina de traducción, auditorio, comedor y amplias zonas de servicios. Sumado al resto del programa, el edificio totaliza 15.000 metros cuadrados construidos, más 8.000 metros cuadrados exteriores.

EL EDIFICIO

Un primer problema para los proyectistas, que las bases del concurso no resolvían, fue la decisión de qué hacer con el edificio existente. Recordemos: un firme prisma de hormigón armado, de tres niveles de altura. En los resultados del concurso se vieron interesantes opciones, tanto de las que demolían el edificio como de las que lo conservaban parcialmente. Dado que la altura y el ritmo lo permitían, el proyecto ganador propuso mantener la estructura de hormigón, como una malla tridimensional base sobre la cual trabajar. Con pequeñas modificaciones —suprimiendo algún pilar, reforzando otros donde se agregó nueva construcción o donde la esbeltez lo requería— la estructura espacial del edificio moderno fue transferida al nuevo proyecto, en un ejercicio de memoria intelectualizada para arquitectos y, especialmente, para jurados de concurso. De cualquier manera vale notar que esa decisión no hizo pagar ningún costo espacial al edificio; por el contrario, estableció un orden geométrico armónico.

El siguiente problema también era fácil de prever: ¿cómo compatibilizar los requerimientos de un banco internacional con actividades como las de un complejo de cines o un bar, públicas y principalmente nocturnas,? Y además, ¿cuál podía ser la imagen que representara a ambos mundos tan alejados? La respuesta, como tantas veces encontrada fuera de la letra del problema, vino de la mano del espacio público. El edificio se parte, se estira en su lado norte hasta ocupar la totalidad del terreno, y se vuelve a integrar a través de una plaza de acceso. El cuerpo del banco es mayormente vidriado, mientras que el del programa público es de hormigón visto y poco perforado. Geometría y posición los vinculan, materialidad y espacio vacío los separan. El gesto que los termina por unir es una larga cinta que rodea todo el primer nivel del edificio: una malla de acero galvanizado GKD cose el conjunto, manteniendo cierta tensión visual entre las partes. El conjunto resultante tiene carácter de edificio público, y si bien es claro que hay oficinas allí no parece un edificio de oficinas.

Otra estrategia tendiente a unificar las actividades públicas de los dos bloques fue la definición de las actividades de la planta baja del sector del banco. Si bien existe un acceso protocolar en el extremo sur, un nivel más abajo, el nivel de la plaza se tomó como el plano público. El interior se retrae un módulo de la estructura, generando una galería en forma de L que rodea este piso contra la plaza y la calle Ciudadela. Hall y galería de arte enfrentan estos espacios, mientras que el resto de la planta se complementa con salas de reuniones laterales, el auditorio en el centro y la sala del directorio con vistas sobre río. Para un programa bastante refractario como un banco internacional, estas decisiones resultan como mínimo amigables. Es de lamentar que no se haya logrado resolver los accesos a Cinemateca y Fun Fun también desde la plaza de acceso. Pelea que dieron los arquitectos, y que fue desestimada por la CAF. El edificio es el que salió perdiendo.

Además, este plano base se tensa hasta casi la esquina de las calles Ciudadela y Canelones, generando una escalinata escenográfica con vistas al río, otro gesto interesante de una expresividad muy contenida.

Visto desde la pequeña calle Bartolomé Mitre, el mismo plano toma espesor, y gracias al desnivel existente el subsuelo surge como un volumen de hormigón visto. Marcado con aberturas en vertical, pero delineado horizontalmente, este cuerpo remata con gran velocidad en la fachada sur, con el espacio del comedor apenas elevado sobre el espacio público. Este volumen de servicios, que contiene los accesos al estacionamiento, un novedoso estacionamiento de bicicletas público con duchas y vestuarios, un acceso de servicio y espacios técnicos diversos cumple un rol importante a la hora de dialogar con la escala barrial, en el único lado en el que el edificio se aprieta contra la ciudad. Hay que reconocer habilidad a la hora de tironear de un volumen de servicios semienterrado hasta convertirlo en el principal motivo de la fachada sur.

Las plantas de oficinas tienen, desde el punto de vista de la ciudad (que es mi punto de vista), mucho menos interés. Por exigencias de la CAF se eliminó del proyecto ejecutivo la escalera que comunicaba fluidamente desde el hall hacia el primer nivel: la única opción es usar el ascensor (salvo emergencias, obviamente). Dada la ancha crujía, y con el auditorio emergiendo en el centro, se optó por vaciar esa porción de planta y generar un patio verde, rodeado de un cómodo espacio de circulación y áreas de oficinas abiertas y cerradas. Una amplia escalera comunica este nivel con el segundo, un volumen transversal que sobrepasa el nivel de la estructura existente, otro gesto interesante que se hace reconocible desde fuera. Allí tiene su gran oficina el presidente de la CAF, reservada para cuando visita el país. Como este tipo de organismos internacionales, el edificio tiene algo de construcción ficticia: su mejor lugar permanece vacío todo el año.

Para finalizar, me gustaría volver a mirar el lugar desde la rambla. Nuevamente me asalta la idea de conjunto heterogéneo, de ramo de flores extraño. Pero es interesante el rol que juega el nuevo edificio de la CAF en este conjunto, armonizando escalas y formas, neutralizando algunos edificios vecinos indeseables y dando lugar a los verdaderos protagonistas del lugar. La ciudad está mejor que antes.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en Summa+, Buenos Aires, Argentina

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