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Medio siglo, muchas vidas

A simple vista, resulta difícil saber cuántos años cumple el edificio que la Asociación de Empleados Bancarios del Uruguay (AEBU) construyó en la proa que forman las calles Camacuá y Reconquista, al borde sur de la Ciudad Vieja. Tampoco es fácil su clasificación: claramente no es antiguo, pero tampoco parece moderno si lo comparamos, por ejemplo, con el cercano Edificio Ciudadela. Y, aunque materialmente resiste bastante bien, sin dudas no es contemporáneo. Hay algo esquivo en su lenguaje, en su articulación de volúmenes y materialidad; algo inédito en su propuesta urbana y programática.

Parece que todo comenzó en una asamblea de la banca privada, tras haber recibido un suculento –e inesperado– aumento de sueldo. Así lo recuerda Milton El Purrete Antognazza (ver recuadro), sindicalista de AEBU desde fines de la década de 1950, en conversación con la diaria: “Hubo un compañero del banco que, frente a la euforia de todo eso, en la asamblea pidió la palabra y dijo que el primer aumento se lo donáramos a la asociación. Y era muchísimo dinero”. En épocas de inflación galopante, decidieron comprar dólares para salvaguardar ese capital inicial. En este episodio aparece la primera tensión en relación con el proceso que terminó con la construcción del edificio, entre la ética sindicalista (y revolucionaria del momento) y el pragmatismo necesario para llevar adelante el proyecto de la nueva casa sindical. “Había gente en AEBU que decía que eso no se podía hacer, que habíamos entrado en la especulación”, agrega el Purrete. Con ese dinero compraron las primeras casas (en su mayoría abandonadas y destruidas) que conformarían el terreno de la sede, en una zona muy deteriorada de Ciudad Vieja: “Era el bajo, la zona de los quilombos; los quilombos malos”.

En 1964, a instancias de Juan Barbaruk (que más adelante sería el primer administrador del edificio), la asociación decidió realizar un concurso nacional de arquitectura, articulado con la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República (Udelar). Con más de 80 propuestas presentadas, el premio lo obtuvo el equipo formado por Rafael Lorente Escudero, Rafael Lorente Mourelle y Juan José Lussich, quienes se hicieron cargo del proyecto ejecutivo y la dirección de obra, que culminó en 1968, hace ya 50 años. Además de la relevancia del concurso (uno de los más trascendentes de la década) y del jurado, en diálogo con la diaria el arquitecto Lorente Mourelle destaca la importancia del asesor del concurso, el arquitecto Mario Payssé Reyes. Según Lorente, “el asesor es una figura fundamental porque es quien ‘flecha la cancha’ para desarrollar la viabilidad del proyecto”.

Resulta interesante detenernos en la conformación del equipo ganador del concurso, integrado por proyectistas de dos generaciones distintas. Mientras que Lorente Escudero era ya un arquitecto de gran reconocimiento a nivel nacional (ver recuadro), Lorente Mourelle (hijo del anterior) y Lussich no estaban recibidos aún. Así lo explica Lorente Mourelle: “Era un diálogo intergeneracional entre dos extremos”. Y agrega: “la nuestra era una generación emergente, y como toda generación emergente se planteaba en oposición a la anterior, que era la de los años 50, la de la nueva facultad, el nuevo plan de estudio, que apostaba por una fuerte dosis social, y entendía a la arquitectura casi como una interpretación sociológica […] donde el proyecto tenía menor importancia. La arquitectura como tal había pasado a segundo plano. Todo es pendular […] Nosotros invertimos la ecuación. Empezamos con otro discurso, y mi padre fue muy permeable a él”.

Quizá ya se empiecen a vislumbrar algunas de las particularidades de este edificio que al principio del relato resultaban elusivas. Lorente Mourelle plantea que el concurso “fue una oportunidad para poder desarrollar un pensamiento diferente al ortodoxo mayoritario” y reflexiona sobre la idea de que “el edificio no es el fin en sí mismo, sino que es una herramienta de construcción de ciudad. El edificio está concebido en esos términos. La arquitectura construye ciudad […] En lugar de tener un objeto aislado, bellísimo, en tu obra se incorporan elementos de diálogo con el entorno”.

El contexto

En el mismo sentido apunta el arquitecto Marcelo Danza, decano de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Udelar: “A esa escala y en ese nivel de impacto, era la primera vez que esta generación veía una obra concretada, que la sentía como obra de la generación”. Danza sintetiza que el de AEBU, como edificio, “era, claramente, otra cosa”.

El contexto, en relación con el momento social que se vivía en la década de 1960, es particularmente relevante para Danza, sobre todo a la hora de entender el resultado del concurso: “Por un lado, había un consenso cultural bastante afirmado; por el otro, un fermento social y político”. Y sobre las tensiones en el campo de la arquitectura, destaca que había “una generación de arquitectos modernos establecidos, con prestigio, y unos locos jóvenes, que estaban en facultad y que eran muy permeables a lo que en ese momento estaba pasando en Europa”.

Junto al planteo de este quiebre generacional, en consonancia con la revisión europea del movimiento moderno, Lorente Mourelle y Lussich formaban parte del Núcleo Sol, una pequeña comunidad de jóvenes arquitectos con la que estudiaban y visitaban obras nacionales poco atendidas, de autores que no encajaban en el statu quo imperante. Además, resulta importante mencionar el vínculo que Lorente Escudero (y más adelante también su hijo) mantenía con el mundo del arte, en particular con el Taller Torres García, por su amistad con Ernesto Leborgne.

El programa del edificio se dividía en tres partes: el club deportivo, el auditorio y el área gremial. Las imágenes de la maqueta de madera del concurso muestran las principales decisiones del proyecto. Los sectores deportivo y cultural, que requerían las piezas de mayor volumen, se apoyaban contra la medianera (base del triángulo del terreno), mientras que el cuerpo sindical se apilaba en una torre baja que se escalonaba contra la esquina. En medio, como espacio articulador entre las distintas actividades y con la ciudad, se proponía una plaza de acceso, abierta al norte y protegida de los vientos, y el hall en doble altura como continuación del espacio público.

Esta amalgama programática es de por sí novedosa. Antognazza menciona el antecedente del Club Banco República, iniciativa de los empleados de la banca oficial, y cómo esta “competencia” perfiló la propuesta de actividades del nuevo edificio. Recuerda, además, que el dirigente Aníbal Collazo “tenía miedo de que toda la gente se fuera para allá, por el atractivo de la parte deportiva. Entonces acá teníamos que hacer una cosa mixta”. Por su parte, en relación con esta novedad Lorente Mourelle apunta que “hubo que generar una teoría del edificio sindical” y recuerda las conversaciones constantes con la Asociación.

Ya en obra, con las excavaciones surgió el primer problema: se encontraron con una parte de la antigua muralla de Montevideo. La sorpresa provocó la amenaza de Pérez Noble –la empresa constructora– de abandonar la obra, lo que se resolvió con más presupuesto, obtenido con un préstamo de la Caja Bancaria. Con la sensibilidad actual hacia el patrimonio, otras habrían sido las consecuencias.

La construcción del edificio atestigua una época del país en la que se contaba con industrias capaces de proveer toda la gama de materiales necesarios para una obra de este tipo: “Los pisos eran de Metzen y Sena; el gres de la fachada era de Alonso Pérez; el ladrillo era de la fábrica de Carrasco. Todos los materiales eran nacionales, no importamos nada. […] Hoy, con esa materialidad, no lo podrías hacer”, reflexiona el autor. Particularmente, el uso extensivo del ladrillo es llamativo en un edificio de este porte, y lo vincula simbólicamente con una tradición vernácula –probablemente más construida que real– donde aparecen desde las casas en Bella Vista de Lorente Escudero hasta los mejores ejemplos del sistema cooperativo de viviendas.

La concepción urbana, espacial y material del edificio recoge influencias de la arquitectura moderna nórdica, en particular de Alvar Aalto, de las mejores versiones de la posmodernidad arquitectónica, como los edificios universitarios de James Stirling, y de las ideas sobre la ciudad de Aldo Rossi.*

Además del contexto político, las singularidades del lugar –enfrentado al Río de la Plata, en la última línea de manzanas de la Ciudad Vieja– jugaron también un papel relevante. Sobre esto, dice Lorente Mourelle que “el lugar es complejo, tiene marcos climáticos muy especiales, que hacen al régimen de vientos, a las vistas, al sol, los desniveles, y, por otro lado, al barrio”, y entiende al edificio “como una interpretación de un lugar, un paisaje”.

A nivel de lenguaje, estas capas superpuestas de complejidades no parecen buscar una síntesis, sino que el edificio va articulando, con elegante plasticidad y principalmente a través de recorridos y espacios comunes, las tensiones propias de cada parte. Al respecto Danza agrega que “es un edificio con mucho estudio, que cuando lo recorrés ves que quien lo proyectó lo recorrió proyectándolo. Los cortes, la espacialidad […] toda una búsqueda para generar comunicaciones, transparencia, segregación con las alturas”. Y remata: “Las preocupaciones del momento fueron muy bien logradas”.

Inauguración

Probablemente otras eran las preocupaciones vistas desde la Asociación. Antognazza cuenta que cada decisión era discutida bajo un tamiz ideológico, desde el extremo del “estamos haciendo un palacio” hasta la puesta en consideración del ascensor o la importancia de las escaleras. Un caso aparte fue la discusión sobre el lambriz de madera, un lujo que se mantiene en buen estado hasta el día de hoy y que respondía a un estudio acústico.

Con el edificio terminado, en agosto de 1968 comenzó una espera que se demoró por varios años, ya que, según recuerda Antognazza, el presidente Jorge Pacheco Areco no les permitía inaugurar el edificio. Un cambio en las autoridades de AEBU desencadenó la apertura, luego de que ganara “la línea dura de Hugo Cores: vinieron e inauguraron”.

Después llegaría una época muy dura, con el sindicato desarticulado y las autoridades presas o en el exilio, una etapa con intentos frecuentes de desplazar a la Asociación del edificio. De acuerdo con Lorente Mourelle, “lo que defendió al edificio en esos años fue precisamente el poder realizar actividad deportiva y cultural con el barrio; eso fue fundamental. La presencia del gremio de bancarios en la Ciudad Vieja y que las familias fueran. Entonces, ¿cómo lo vas a cerrar?”.

Con el resquebrajamiento del poder cívico-militar, entrada la década de 1980 se fueron asomando los primeros signos de recuperación de libertad. Un mojón fundamental en esta historia, y que toca muy de cerca a AEBU, fue el viaje que a fines de diciembre de 1983 hicieron desde Madrid 154 niños, hijos de exiliados y presos políticos. Fue a partir de una iniciativa de las Juventudes Socialistas de España, con apoyo del flamante gobierno del Partido Socialista Obrero Español, y con la organización de los colectivos de exiliados, que se logró este viaje de fin de año, vivido como una hazaña, una cuña festejada a gritos con el “se va a acabar, se va a acabar la dictadura militar”. La caravana, que viajó desde el aeropuerto hasta la sede de AEBU, fue recibida y acompañada por una multitud desobediente. Actualmente, una Marca de la Resistencia rememora el momento.

El tiempo pasó, y el edificio ha mantenido sus tres principales funciones. Aunque por fuera se parece mucho a su versión original, por dentro fue sufriendo modificaciones que trastocaron algunas de sus características materiales y espaciales. A raíz de un planteo de la Comisión Especial Permanente de la Ciudad Vieja, y con el aporte del arquitecto Lorente Mourelle, se comenzó a hacer una serie de intervenciones de recuperación de los espacios alterados –como el retiro de un volumen que opacaba la transparencia del hall o la infame garita de seguridad– y de mantenimiento y recambio de piezas dañadas.

Curiosamente, parece que el autor tuviera más flexibilidad que una comisión que, al día de hoy, probablemente no permitiría la construcción de un edificio de estas características en la Ciudad Vieja. Al respecto, Lorente Mourelle comenta: “Cuando vos proyectás también tenés que pensar en el mañana. Vos sos simplemente un elemento de esa historia, un eslabón en una cadena. Si con tu arquitectura querés cerrar la historia, pasa lo que pasa con tantas arquitecturas que son imposibles de transformar y de reutilizar”. Y lo ejemplifica con el cambio de las aberturas por ventanas de aluminio: la comisión “no concebía que se pudiera proponer aberturas diferentes, aunque fuera [propuesto por] el mismo autor. Y yo fui el autor. Ellos me censuraron por un tema lingüístico, formal”.

Hoy a las 18.00, en la sala Camacuá, se cierra la semana de celebraciones por el cincuentenario con una mesa redonda integrada por Antognazza, Lorente Mourelle, Danza, la profesora Laura Alemán y la periodista Rosario Castellanos.

En momentos en que, a pocos metros de ahí, se discute la permanencia de la rambla toda como bien público, es bueno recordar y valorar el aporte a la ciudad que el edificio de AEBU continúa haciendo día a día con su propuesta urbana, su consistencia formal y constructiva y su vocación social.

El Purrete

Milton Antognazza, conocido por todos en AEBU como el Purrete, llegó a Montevideo en 1948 para trabajar en el banco San José. Poco tiempo después, se integró a la Asociación como militante de base, y más tarde llegó a ser secretario. Nos recibe en una de las salas de reuniones del sector gremial y aclara que no tiene mucho para contar. Una hora después se apaga el grabador, lleno de anécdotas jugosas. Recuerda la sede vieja, en la calle Buenos Aires; la asamblea en la que un compañero propuso la idea de donar el aumento de sueldo para la nueva sede; las eternas discusiones sobre las tensiones que generaba “darse el lujo” de construir un edificio de este tipo. Hablamos, también, del concurso, de la relación con los arquitectos, del conflicto con la empresa constructora cuando encontraron parte de la muralla en la excavación y de lo complicado que fue llegar a inaugurar el edificio en la época de Pacheco Areco.

Se detiene en cuentos de la época de la dictadura militar y narra –casi divertido– la relación con el comandante Hugo Márquez: “Un día nos llama […] y nos dice que hay varios clubes, entre ellos Peñarol, que quieren tener la sede, pero él quería que quedara en la Marina, porque le correspondía por la zona”. Entre cartas de respuesta y abogados lograron mantener el edificio bajo su control, con argumentos democráticos sobre los estatutos y las autoridades de la Asociación. Tiempo después, una mañana, “caen todos los milicos, porque querían usar la piscina”, cuenta. “Primero les dijimos que no, que tenían que pedir permiso. Al final, hicimos una carta en la que aceptábamos que vinieran. En el fondo, o aceptábamos o nos cerraban. Entonces venían a usar la piscina a las 7.00, con el agua medio fría”, dice con sorna.

Antes de terminar sus relatos, se emociona cuando cuenta del viaje que en 1983 hicieron 154 niños, que venían del exilio, para conocer Uruguay y visitar a sus familiares, algunos presos todavía. La caravana, seguida y acompañada por una multitud, terminó su recorrido en la sede de AEBU.

Los Lorente

El equipo que ganó el concurso de arquitectura para la sede de AEBU estaba conformado por tres autores; inusualmente, dos de ellos eran padre e hijo.

Rafael Lorente Escudero, el padre, fue un destacado arquitecto, con obras fundamentales en distintos períodos de la arquitectura nacional, cubriendo un amplio abanico lingüístico. Como arquitecto de ANCAP, proyectó edificios y estaciones de servicio en un lenguaje racionalista, con una cuidada interpretación de la arquitectura moderna alemana y holandesa. También fue autor del edificio central de ANCAP, en Avenida del Libertador. Proyectó, por un lado, el complejo de los cines Plaza y Central, y, por el otro, chalets de ladrillo y techo de quincho en el balneario Bella Vista. Al final de su carrera, se destacan el proyecto de la sede de AEBU y el edificio de viviendas y estación de servicio ubicado en Bulevar Artigas y Uruguayana.

Rafael Lorente Mourelle, el hijo, es un importante arquitecto y artista plástico. Luego de trabajar con su padre, fue arquitecto del Centro Cooperativista Uruguayo y, más tarde, se asoció con Fernando Giordano. Entre sus obras se destacan una serie de reciclajes –que además vinculan sus dos pasiones–: el Centro Cultural de España, la Embajada y Centro Cultural de México, y el Museo Gurvich. Además de la sede de AEBU, obtuvo junto con Conrado Pintos el primer premio en los concursos para el Departamento de Automotores del Banco de Seguros del Estado, en Bulevar Artigas; junto con Giordano y Jorge Gibert, el Liceo Francés, sobre la rambla Armenia, y también el Monumento a la Justicia, al costado de la plaza Libertad. Actualmente su trabajo fluctúa entre lo artístico, la curaduría y la edición de libros de arte.

 

* Este dato surge de la entrevista con Lorente Mourelle, aunque según apuntes de algunos docentes del Instituto de Historia de la Arquitectura (FADU-Udelar) es discutible que los proyectistas conocieran el trabajo de Rossi en el 64, además de que La arquitectura de la ciudad es de 1966.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

https://ladiaria.com.uy/articulo/2018/8/medio-siglo-muchas-vidas/

La diaria, edición 31/08/18

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Una callada manera – Entrevista a Gustavo Scheps

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© sandro pereyra

La Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República está cumpliendo 100 años. Por ese motivo conversé con el actual decano, el arquitecto Gustavo Scheps (elegido en 2009 y reelecto en 2013). Dedicado a la tarea de volver a situar la arquitectura y el diseño en la esfera de la cultura, habló sobre el centenario de la facultad y cómo ésta crece, se piensa a sí misma y se prepara para dar a conocer lo que hace.

¿Qué significa para la Facultad de Arquitectura estar cumpliendo cien años?

El Centenario es un buen pretexto para de alguna manera reflexionar y hacer reflexionar sobre lo que es la arquitectura; sobre lo que hacemos y deberíamos hacer dentro de la facultad, y lo que debería ser nuestro aporte a la sociedad y la cultura. En realidad son 100 años como facultad independiente, y alrededor de 130 años de la presencia de la arquitectura en el país, como enseñanza dentro de la Facultad de Matemáticas.

Uno repasa y ve que tenemos una trayectoria contundente: es una facultad que tiene un perfil muy claro, muy fuerte, muy vinculado sobre todo al proyecto, que de algún modo entiende al proyecto como una cuestión compleja que abarca la multitud de escalas que construyen el hábitat. Su estructura, que se ha mantenido a lo largo de los 100 años, en base a Talleres Verticales (1) también le da a los arquitectos en este país un perfil identitario bastante reconocible.

De alguna forma entendés que hay una relación entre aquel arquitecto que se formaba hace 100 años y el que se forma ahora ¿Existe una linea, tal vez a través de los talleres verticales, que le da una cierta continuidad?

Yo creo que se puede hablar de continuidad. En verdad las continuidades las construye uno, desde cierta voluntad de construirlas. Yo diría que hay una matriz que se ha mantenido bastante constante, desde los inicios, en términos de cómo se produce la enseñanza. Es decir: se ha centrado en el taller, y se ha basado en talleres verticales, esto es: que ponen en contacto a todos los estudiantes de todos los años con docentes diferentes, que a su vez pueden cambiar de lugar dentro del taller. Eso genera una proximidad muy grande entre el estudiante y el docente. El rango jerárquico, por así decirlo, es bastante chato. En nuestra facultad es muy normal hablar con mucha comodidad con el catedrático o quien fuera, quizá más de lo que es habitual en otras disciplinas. Y eso genera también una manera muy fluida de relacionarse con los más jóvenes y con los mayores. Yo creo que esa matriz existe; incluso es interesante cómo esa matriz construye un discurso, en el cual, como decía al principio, esa vinculación entre las diversas escalas y problemas, se pone de manifiesto.

Está claro también, que el período más reciente, con una enorme masividad, pone en problemas este modelo, e incluso lo hace tambalear. Pero de algún modo existe. Es interesante pensar cómo el Plan 52 (2) fortaleció la estructura de talleres, cuando en realidad esta estructura es un formato de enseñanza que responde a las visiones académicas, que eran precisamente lo que el plan venía a cuestionar: le exigía a la facultad mayor compromiso con el medio y con la realidad, y adoptar un protagonismo en términos de cambio, pero se apoyaba, y creo que con enorme inteligencia en el taller, la herramienta paradigmática de la facultad, para redoblar la apuesta, y completar esa visión de las escalas que nombraba antes.

De hecho en la región los talleres verticales son una excepción…

Los talleres verticales son cada vez más excepcionales. Existen, en Argentina son muy comunes, pero en general han sido sustituidos por estructuras horizontales, es decir: cursos por año. Más allá de emitir juicios a cerca de esto, creo que el modelo deja una impronta en la formación, en la formación docente y en esta psicología social, por decirle de alguna forma, del arquitecto, de esa manera de vincularnos entre nosotros y con los otros.

Existe entonces esa matriz común, pero por otro lado también hay diferencias notorias, porque el medio ha cambiado. Y creo que parte de la responsabilidad de la facultad hoy día es entender qué es lo que hacemos los arquitectos, cómo lo hacemos, y presentarlo a la sociedad de manera agiornada para que nuestro aporte pueda ser verdaderamente significativo. Muchas veces la sociedad mantiene una visión perimida de la arquitectura; y muchas veces nosotros actuamos en función de esa visión perimida. Entonces hay como un círculo que se retroalimenta, dónde se esperan ciertas cosas de la arquitectura, la arquitectura las genera, pero en realidad no se expande, no se difunde, y este es parte del empeño que estamos haciendo para este centenario.

¿Y cómo se propone la facultad expandir, por usar tu término, las celebraciones por el centenario?

Hay un hilo conductor en el trabajo que estamos haciendo desde el decanato, que tiene que ver con reposicionar a la arquitectura y el diseño como dimensiones fundamentales de la cultura. Y esto no lo afirmamos con un espíritu corporativo, sino que entiendo que verdaderamente es parte de la responsabilidad de esta facultad reconstruirse como campo de conocimiento. Es mucho más el aporte que podríamos hacer, del que estamos haciendo, y es mucho más lo que nos deberían pedir.

Para alinear los festejos con esta filosofía, la idea es tratar de presentar lo que hace la facultad; además de hacer un reconocimiento de lo que ha sido la trayectoria, mucha y muy importante, sobre todo pretendemos mostrar lo que hace la facultad. En este sentido, se están previendo una serie de actividades, que naturalmente incluyen una fiesta en nuestra casa, pero también estamos buscando un contacto con los egresados, no sólo para hacerlos partícipes del centenario, sino para fortalecer lo que es el espíritu de una comunidad académica. En definitiva es parte de este proyecto de restitución de la arquitectura como una dimensión cultural, que debe asentarse en un auto-reconocimiento de quienes practicamos, estudiamos y enseñamos la arquitectura. El centenario es un pretexto para traer gente, disfrutarla, y para mostrarle a la sociedad y la cultura lo que hacemos en la facultad.

Se han hecho y se están haciendo convocatorias; por ejemplo en este momento el consejo aprobó la edición del libro del centenario, que queremos que sea una pieza amable, atractiva, que pueda ser un elemento común entre distintos arquitectos, y que también la gestación del libro sea un proceso interesante.

En relación a lo que se hace en la facultad ¿Cómo encuentra el año 100 a la facultad?

Lo encuentra en la mejor condición para celebrar el centenario. Esto es: creciendo y discutiéndonos. Porque es la verdad, la facultad durante más de 90 años solamente formó arquitectos. Hoy tenemos, además de arquitectura, muchas carreras: tenemos licenciatura de paisaje, de comunicación visual, de diseño industrial y diseño integrado en Salto. Y eso nos coloca en posición de ser la plataforma más potente que hay en el país para el estudio y la enseñanza del proyecto y la transformación del hábitat. De hecho, a la tradición de incorporar el pensamiento y el ordenamiento territorial y lo urbano en la formación del arquitecto (que es indisoluble) ahora también podemos decir que hemos incorporado el diseño de los objetos. Del objeto al territorio todo el proyecto y transformación del hábitat están en discusión la facultad.

¿Se ha pensado en cambiar el nombre de la facultad?

Ahora mismo en el consejo se está discutiendo el cambio de nombre. La idea es cambiar el nombre con la celebración del centenario, y la propuesta que hay es que al día siguiente de cumplir los 100 años la facultad cambie su nombre.

Y este es otro aspecto interesante, y es que la facultad se está discutiendo a sí misma: se está discutiendo con relación al plan de estudios de la carrera arquitectura, que está en proceso de implementación, y es un plan que trata de cambiar las cosas e ir a dimensiones más esenciales, más profundas; trata de ser menos anecdótico, menos acumulativo de contenido para pasar a ser más sustancial. Y por otro lado, esa discusión del plan, ha motivado que la facultad se mire a sí misma en todos los sentidos. La estructura docente está en discusión, tenemos que modernizarla de tal forma que permita un desarrollo de las carreras docentes, que rompa la estructura fragmentaria que ahora tenemos, que es contradictoria con la naturaleza del campo del conocimiento.

El tema del nombre está en una polémica intensa, y al mismo tiempo se discute todo. Se acepta que en la facultad se hacen ordenamiento territorial y urbanismo, pero nos preguntamos si eso debe incorporarse en el nombre o está implícito en la propia idea de la arquitectura. Y es muy interesante la polémica porque en realidad se está viendo qué refleja mejor lo que hacemos. Lo cual significa que estamos pensando a cerca de lo que hacemos, lo que no está nada mal.

¿Hay cambios también a nivel posgrados?

En nuestro país, la arquitectura como disciplina tiene un cierto rezago en cuanto a aceptar la importancia del posgrado. En este momento la facultad ha implementado el Sistema Integrado de Posgrados, una matriz en la cual todos los posgrados están puestos en contacto, lo cual permite un aprovechamiento de recursos humanos y materiales, permite que el estudiante pueda generar una carrera de posgrado personalizada, incluso tomando cursos fuera de la facultad. El doctorado se instaló en la facultad hace más de un año y cuenta ya con diez estudiantes, de manera que ahora tenemos completo el arco de los posgrados. Es una responsabilidad ineludible asegurar la posibilidad de formación al egresado y al docente; la transformación del conocimiento es muy grande y es una responsabilidad académica ofrecer la chance de que todos puedan seguirse formando.

Se inauguró una exposición en el Centro Cultural de España sobre las publicaciones de la facultad.

Hemos hecho un gran esfuerzo, no solamente por publicar centralmente, sino también por generar sinergia entre lo que se hace. Por ejemplo, las muestras itinerantes de arquitectos nacionales, que organiza el Instituto de Historia de la Arquitectura (IHA), se convierten paralelamente en una colección de catálogos, que no solo acompañan la muestra, sino que en sí mismos tienen valor documental.

Con las conferencias inaugurales de cada semestre, dictadas por invitados internacionales, generamos también la colección libros Conferencias. A esos mismos invitados los entrevistamos en la Casa Vilamajó, lo que también termina publicado: ya han sido editados dos libros de complicaciones de dichas entrevistas.Todo esto está superpuesto a lo que son las publicaciones de los diferentes institutos, como la revista Vivienda Popular editada por la Unidad Permanente de Vivienda, o Vitruvia, la nueva revista del IHA. Luego de 25 años sin ser publicada, estamos editando, a un número por año y ya está por salir el cuarto, la REVISTA de la facultad.

Al mismo tiempo estamos intentando redoblar la apuesta y generar un vínculo con el mercado editorial, porque realmente se están generando productos de muy buena calidad, pero tenemos la dificultad de que no llegan al público con la fuerza que deberían llegar.

En el prólogo de la primera edición de la nueva era de la REVISTA escribiste que esta revista “es en sí misma un espacio público”. Luego de tres números editados ¿en qué medida se verifica esa afirmación?

Creo que en buena medida la REVISTA no es la tradicional revista de escuela de arquitectura; se ha convertido deliberadamente en un espacio que trata de aportar al debate de ciertos temas. La presencia del pensamiento de la facultad está en la reflexión y en algunos ejemplos de la praxis, pero sobre todo trata de ser un elemento que apunte al debate.

Lo cierto es que todavía no estamos en el plano que aspirábamos, quizá con exceso de optimismo. Pero el camino es la persistencia, y reconocer los errores: tenemos problemas de distribución y de visibilidad; hay muy pocos medios que atienden lo que se hace en este campo. Pienso que el centenario es una oportunidad para darle más fuerza. Todo esto está en agenda, planificado para en los próximos dos años llegar a un espacio editorial real y un vínculo fuerte con los medios que nos permita llegar a todos.

Nombraste antes a la Casa Vilamajó…

La casa de quien fue un arquitecto muy influyente para el país está administrada por la Facultad de Arquitectura, y hemos generado allí un museo, que en primer lugar lo que muestra es la casa, un muy lindo ejemplo de arquitectura, un ejercicio de proyecto verdaderamente muy rico. Está abierto dos veces por semana, con guías de la facultad que acompañan las visitas. Además es un espacio de exposiciones y se ha convertido en una pieza importante de la estrategia general de re-vincular la arquitectura y la cultura. Por otro lado la facultad compró la casa de al lado y allí se va a instalar la Casa Centenario, que va a alojar el centro de posgrados.

Con origen en la Casa Vilamajó está lo que hemos llamado el Premio Vilamajó, un premio a la generación de conocimiento en arquitectura y diseño. Esto parte de la idea de que la arquitectura y el diseño son un campo de conocimiento que tiene sus propias lógicas en cuanto a proponer conocimiento original, mostrando a la cultura nuevas formas de entender el mundo. Esta dimensión de la arquitectura como generadora de conocimiento es dificultosamente aceptada en determinados ámbitos académicos, es decir: los criterios de validación de la creación del conocimiento y de su mérito responden a mecánicas que tienen que ver con la generación de conocimiento científico. Este conocimiento a través del proyecto que tiende al hacer, a la transformación, no responde adecuadamente a estos criterios de validación. Por tanto el premio se plantea como un espacio de reconocimiento y legitimación desde la arquitectura y el diseño de estas propuestas de creación de conocimiento original. Estamos ahora en la tercera edición, y la idea es nuevamente que lentamente vaya permeando en la cultura académica y no académica.

La facultad estuvo involucrada en la elaboración de la exposición del MoMA de Nueva York sobre arquitectura latinoamericana (3). Vos particularmente escribiste el prólogo al capítulo sobre Uruguay. Desde tu punto de vista ¿qué relevancia tiene esta exposición para nuestra arquitectura?

De más está decir que es importantísimo estar en una vidriera del mundo como es el MoMA. Además de eso, si bien yo no tuve aún la oportunidad de verla, me han comentado que la muestra del sector uruguayo es muy buena. Creo que es de esas cosas que nos hacen falta. Es decir: la arquitectura uruguaya a nivel internacional tiene un gran prestigio, pero que es inversamente proporcional al conocimiento que se tiene afuera sobre nuestra arquitectura. Por alguna razón existe la sensación de que la arquitectura uruguaya es buena pero no se la conoce.

Está en la esfera del mito…

Hay algo de eso. Hay ciertos nombres que verdaderamente han dejado señales, pero hay algo que es verdad, o al menos yo estoy convencido: la arquitectura uruguaya es muy buena! Es muy buena pero está fuera de los parámetros de legitimación del mainstream. Es decir: hay poca arquitectura de la que se publica y de la cual se habla, y sin embargo el interés de esta arquitectura está, por ejemplo, en la construcción de ciudad, y lo ha estado en momentos muy diferentes. Incluso actualmente hay ejercicios muy interesantes de pequeña construcción, callada, pero que cuando uno la visita realmente entiende que está viendo algo bueno. No tenemos edificios paradigmáticos, tipo el Guggenheim de Bilbao, que te colocan verdaderamente en el mapa, pero la gente que nos visita se lleva aquella idea.

Creo que lo que falta en buena medida es encontrar un discurso persuasivo, para afuera y para nosotros mismos, que describa públicamente nuestra arquitectura, que es más de hacer que de reflexionar. No quiero decir que los que hacen no reflexionan, pero no hay demasiado texto y argumento desarrollado, aparte del principal argumento en la arquitectura que es la arquitectura misma. 

En el texto del catálogo hablás de la nuestra como una “callada manera”, que imagino no haya ayudado a la difusión hacia afuera ¿y cómo juega hacia adentro?

En ese texto lo que digo es que precisamente estamos en la condición ideal para tratar de encontrar un relato original; de mirar intensamente, con la mayor curiosidad, lo que hemos hecho y lo que estamos haciendo, y tratar de entender ciertas lógicas que están ahí. Y poniéndolas de manifiesto intentar darnos cuenta de que son valores que le dan cierto perfil a lo que hacemos. Sin buscar un regionalismo, ni una mirada demasiado original, pero hay ciertas cuestiones que acá se han mantenido. Por ejemplo, yo he reflexionado en el manejo del espacio que hay en la arquitectura uruguaya, o al menos en gran parte.

Lo relacionás con la presencia de Julio Vilamajó…  

A Vilamajó yo lo estudié muy detenidamente y es notorio que su mayor aporte está en el manejo del espacio. Se nos ha confundido a menudo con el Vilamajó ecléctico, claro, porque estamos mirando la superficie. Pero en realidad su enorme aporte ha sido el tratamiento del espacio, y eso de algún modo se trasmitió a sus alumnos, y sus alumnos lo trasmitieron a su vez a sus alumnos… Es lindo pensar que alguno está diciendo cosas que vienen trasmitiéndose de tres o cuatro generaciones atrás, y que de alguna manera otro las llevará adelante. Ahora, esa es una impronta que en algún momento rápidamente se licúa, desaparece, si alguien no dice acá hay un valor que hay que atender y cuidar, se pierde. Por eso me parece importante tener un discurso que sea propio, y que de algún modo empiece a dar argumentos legitimantes de nuestra propia producción.

La cuestión del oficio, el cuidado por el hacer, han sido muy característicos. No digo que sean cosas exclusivas de acá, pero son cosas que están acá, y que si no las señalamos y las ponemos en el lugar que deben estar se van perdiendo.

El movimiento cooperativo, por ejemplo, tiene mucho de lo que estoy diciendo. Porque hay un cuidado en el espacio, hay un cuidado en el oficio y las técnicas; hay un enorme cuidado por la factura en las cooperativas, por cómo está hecho, donde el detalle constructivo es tan arquitectura como la plaza, en una visión de espacio integral con calidades espaciales inocultables, interiores o exteriores, como por ejemplo en el Complejo Bulevar. Incluso en sistemas de producción muy restringidos en cuanto a posibilidades, mano de obra y economía. Y sin embargo se generaban cosas que estaban más allá de una cuestión meramente utilitaria.

Vuelvo a la “callada manera”. Laura Alemán, en su texto en Vitruvia (4), habla de “invisibilidad” para referirse al patrimonio moderno. Hace pocos días hubo un gran revuelo por la posible demolición de la Casa Martinez en Pocitos, que trascendió las fronteras de la arquitectura.

La idea de invisibilidad está bien, porque en buena medida ver significa reconocer, significa asimilar lo que se percibe a determinada experiencia, y esa mezcla de cosas hace que lo que vemos sea significativo. La ausencia total de formación, a lo largo de toda la educación formal, de temas relacionados con la arquitectura y con el diseño, explica en buena medida el desapego con el patrimonio construido. En la medida que uno no asimila como parte de uno lo que está ahí afuera no lo reconoce ni lo respeta.

A mi me preocupa muchísimo ese tema, y uno de los programas que quiero impulsar implica un vínculo fuerte entre la facultad y la formación escolar, pero llevado a un plano que no sea el de sacralizar objetos ni memorizar quién hizo qué sino disfrutar de las calidades espaciales arquitectónicas de la manera más simple e inmediata: lo que hace que en un barrio una esquina sea preferida a otra, o el rinconcito que elige un chiquilín para jugar ahí. En definitiva tratar de entender y generar una empatía fuerte desde el principio con lo que nos rodea. Esa cuestión formativa o educativa es básica para que se genere un vínculo fuerte con lo patrimonial. Ocurre que no se valora porque simplemente no se lo reconoce como valioso. Esa manera de que las cosas empiecen a cobrar significado se construye muy lentamente y desde el principio en la cultura.

Por otro lado también hay que estar atentos, porque hay ciertas cosas que tienen urgencias, y de algún modo hay que proteger o alertar; pero sin lo anterior esto simplemente adquiere una dimensión que puede llegar a desgastarse.

     

Dada la coyuntura de las recientes elecciones municipales ¿en qué medida la facultad puede o debe plantear temas en la agenda gubernamental?

Volvemos a lo del principio, la forma en la que nos presentamos ante la sociedad y la cultura. La facultad, la arquitectura y el diseño pueden dar mucho más de lo que se supone. Nosotros somos capaces de construir miradas integradas; de generar propuestas vinculantes en distintos planos y escalas; podemos resolver situaciones y advertir oportunidades. Entonces creo que ahí tiene que estar la exigencia de afuera hacia adentro, pero sobre todo que la facultad tiene que levantar la vara y salir a ofrecer posibilidades. Hemos ensayado algunas cosas pero no han sido tan fructíferas como queremos, tampoco es fácil, pero es obligación nuestra levantar la vara y es obligación de la sociedad también levantar la vara con respecto a la arquitectura, y darse cuenta de que hay una oportunidad en este tipo de pensamiento. Yo quiero que a la facultad la exijan.

Notas:

1 – El Taller Vertical es una estructura que tiene todos los años de la carrera, de introductorio hasta los cursos de urbanismo.

2 – Plan de estudios que rigió desde 1952 hasta el 2002

3 – Latin America in Construction: Architecture 1955-1980. Ver la diaria 24/3/15

4 – Laura Alemán, Tan frágil. Muerte y vida de lo incomprendido, en Vitruvia #1, Octubre de 2014

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

http://ladiaria.com.uy/articulo/2015/5/forma-y-espacio/

La diaria, edición 15/05/15

La diaria, edición 15/05/15