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Sobre los muros

Mural

Mural de Julio Alpuy © Alvaro Zinno

Con frecuencia me pregunto si la sensación de excepcionalidad recorre todas las nacionalidades o si, por el contrario, es exclusiva de países pequeños que ven en sus improbables gestas el carácter de lo singular. Al lado de mitos difíciles de explicar, como el del Maracaná –u otros menos relevantes, como el del invento del “Sun”– existen algunos motivos para el orgullo de los uruguayos con una genealogía un poco más clara. Conocer esos orígenes, valorar sus historias, permite entenderlos desde el presente y elegir lo que queremos preservar para el futuro.

No siempre es fácil alcanzar un acuerdo sobre esto último. Antes de la década de 1980 la noción de patrimonio arquitectónico y artístico era muy distinta de la actual. En los últimos años, y a partir de la repercusión que posibilitan las redes sociales, hemos asistido a discusiones sobre preservar tal o cual edificio, poner una estatua o mantener público un fragmento de la rambla. Algunas veces se ha llegado tarde a la discusión, que finalmente se dio igual, pero con el cadáver ya frío. Afortunadamente, no fue el caso del mural que Julio Alpuy pintó al fresco en el liceo Dámaso Antonio Larrañaga.

Nacido en Cerro Chato en 1919, Alpuy fue uno de los principales exponentes del Taller Torres García. En 1956, el artista fue convocado por el arquitecto José Scheps para pintar un mural en el liceo ubicado en la esquina de Jaime Cibils y la avenida Centenario. El muro elegido para la pintura –en la que el arquitecto llamó la “zona del conocimiento”– separaba la biblioteca del pasillo, flanqueado por dos puertas, y enfrentaba al patio. El mural, de ocho metros de largo por tres de altura, retrataba en lenguaje constructivista distintos oficios de la época. Con el edificio inaugurado, liceo y mural comenzaron su intensa vida.

Transcurridos más de 60 años, y luego del fallecimiento de Alpuy en 2009, las alarmas se encendieron para alertar sobre el estado de la pintura. Como lo muestra una de las fotos que acompañan esta nota, el mural había perdido su coloración en al menos un tercio de su área, mientras que el resto estaba, también, seriamente comprometido. Además de la decoloración por efecto de la incidencia del sol y de la humedad del ambiente, adaptaciones del entorno de la obra habían desfigurado la situación original. Joaquín Ragni, Óscar Prato y Gustavo Serra llevaron el tema del deterioro del mural a la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación, cuyas autoridades, Nelson Inda y José Cozzo, decidieron una intervención para restaurar la pintura y recalificar su entorno. Designaron al arquitecto y artista plástico Rafael Lorente Mourelle como supervisor y coordinador de las tareas arquitectónicas y del llamado público para la restauración de la obra.

Lorente hizo un proyecto de readecuación del espacio del mural y, en paralelo, redactó las bases para la selección de un equipo profesional de restauración. Los trabajos de construcción debían estar prontos antes de que comenzaran las tareas de precisión de recomposición del sustrato y la pintura de Alpuy. Más que agregar, la obra de arquitectura consistió en retirar elementos distorsivos, como dos jardineras adosadas a los laterales del mural, rejas y una puerta, cambiar aberturas por planos vidriados más neutros, agregar un cielorraso lumínico y elementos de protección de la radiación solar.

En marzo de este año cuatro propuestas se presentaron a la convocatoria para la restauración del mural, y resultó ganadora la de Claudia Frigerio y Cecilia Jorge. Los trabajos comenzaron entre mayo y junio, y se espera que estén finalizados para febrero de 2019.

Entrevistado por la diaria, Lorente Mourelle explicó que la recuperación de la unidad de la obra —el mural y el espacio— “es un trabajo de participación en diferentes niveles: político, administrativo y burocrático, las autoridades, profesores, alumnos y padres del liceo”. En este sentido, valoró especialmente el “apoyo incondicional de la directora del liceo, Sandra Giménez”, y la forma en la que profesores y alumnos se han apropiado del proceso de obra: “No es un trabajo solamente técnico o artístico, es integral y enriquece a esa pequeña sociedad en la que todos participan”.

“La obra se ha convertido en un taller”, agregó, “los alumnos están atentos al trabajo”. El Día del Patrimonio se hizo en el liceo una jornada de concientización con alumnos y profesores. También un curso de historia del arte elaboró material para repartir al resto de los compañeros. Al finalizar los trabajos, un panel informativo permitirá a la comunidad educativa y visitantes conocer las particularidades del mural y de su restauración.

Lorente Mourelle llama la atención sobre el hecho de que, aunque el Dámaso sea un lugar de concurrencia masiva, el mural nunca fue depredado, sino que “el deterioro es consecuencia del lugar donde está emplazado, por el asoleamiento excesivo, por circunstancias de la humedad ambiental y, probablemente, porque en esa época los artistas no tenían el conocimiento total de lo que implicaba pintar un mural”.

Arte constructivo

Joaquín Torres García regresa a Uruguay en 1934 y un año más tarde funda la Asociación de Arte Constructivo, en la que participan intelectuales, pintores, escultores y arquitectos. Da clases en la Facultad de Arquitectura y en 1941 dicta una serie de conferencias sobre decoración mural en la misma facultad. En 1942 funda el Taller Torres García –con una impronta distinta de la de la asociación– y lo denomina Escuela del Sur. “En el taller coexistían una visión del arte constructivo y una de la pintura figurativa de caballete. Torres había concebido al arte constructivo para salir del caballete, para el espacio urbano, para el edificio y la arquitectura moderna. Esas obras tenían un valor que superaba el del trabajo del artista individual, no sólo por la escala, sino porque era un diálogo entre artistas y arquitectos”, sostiene Lorente Mourelle.

En 1944 la Escuela del Sur pinta los murales del pabellón Martirené del hospital Saint Bois, aunque Torres habla de estas pinturas como decoración mural y no aún como muralismo, en el sentido de integración plena entre arte y arquitectura. Son recién sus alumnos, tras la muerte del pintor en 1949, quienes desarrollan en la práctica el pensamiento del Universalismo Constructivo torresgarciano. Julio Alpuy, quien había entrado como profesor en 1945, queda a cargo de las clases del taller.

En la década de 1950 son varios los arquitectos que integran en sus obras los trabajos de artistas del taller, como Ernesto Leborgne y Mario Payssé Reyes en sus viviendas propias o Rafael Lorente Escudero en obras para ANCAP y en su casa de playa. Alpuy colabora con los tres arquitectos, y durante su carrera hace también murales en la Asociación Cristiana de Jóvenes, en la ex embajada de Uruguay en Buenos Aires y en la Casa Domínguez. De vuelta sobre el mural del Dámaso, Lorente Mourelle, quien prepara una exposición sobre Alpuy en el Museo Nacional de Artes Visuales para fines de 2019, apunta que Leborgne era el arquitecto de la empresa que construyó el edificio, y habría indicado a José Scheps el nombre de Alpuy.

Arte y política

Aunque excepcional por su calidad y su actual proceso de restauración, el mural del liceo Dámaso Antonio Larrañaga no fue un caso aislado. En un artículo publicado en el número 4 de la revista Vitruvia, de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de la República, la profesora del Instituto de Historia de la Arquitectura arquitecta Laura Cesio hace un pormenorizado recuento de las políticas públicas que promovieron y generalizaron el uso de murales en edificios públicos y privados entre 1920 y 1970.

En conversación con la diaria, Cesio comentó que el trabajo que culminó en el artículo “El espacio del arte. Políticas públicas, arquitectura y muralismo (1920-1970)”, y que es parte de su investigación de maestría, se precipitó a partir de una conversación con los arquitectos Nelly Grandal y José Scheps sobre el mural de Alpuy. La punta de la madeja fue un comentario de Scheps sobre el porcentaje destinado por ley para obras de arte en los edificios públicos escolares.

Según se lee en el artículo, otros dos disparadores alimentaron la reflexión en torno a las “posibles relaciones entre políticas públicas, arte, arquitectura y enseñanza, y al marco legal que las pone en evidencia”: un relevamiento de murales de cerca de 200 obras (originalmente enfocado en liceos) y el hallazgo de un archivo de 140 fotografías en blanco y negro con murales nacionales, imágenes provenientes de la Exposición de Arte Mural de 1957 en la Facultad de Arquitectura.

El trabajo establece un lazo entre el muralismo latinoamericano y la Revolución Mexicana: “La idea de socializar el arte mediante obras que trataran la realidad mexicana, sus luchas, rechazando la pintura tradicional de caballete por asociarse al viejo orden, encontró en los murales un aliado”. El estudio se inicia en la década de 1920, en la que, “en coincidencia con la búsqueda de una identidad nacional en todas las dimensiones de la sociedad y la cultura […] comienzan a registrarse experiencias de pinturas murales vinculadas a espacios de carácter público. La voluntad era la de acercar el arte a la sociedad, a la vez que generar un sistema de valores propios que diera sentido a la construcción del ser nacional”.

La imagen de democracia consolidada, representada en la construcción del Palacio Legislativo, y la estatización de la industria, presente en las nuevas empresas públicas, serían acompañadas por “un proceso de nacionalización de la cultura que acompasara el modelo batllista y respondiera a los recursos propios, humanos y materiales”. La etapa más importante en la construcción de la infraestructura pública del país coincidió con la inquietud por un arte nacional y por un lugar para los artistas locales.

El texto también hace referencia a la figura de Torres García, como personaje central en la promoción del “arte en ámbitos que se integraran al hábitat humano, saliendo de sus espacios tradicionales y vinculándose a la arquitectura”, y se detiene en la importancia de la visita a Uruguay, en 1933, del muralista mexicano David Alfaro Siqueiros.

Probablemente lo más revelador del artículo de Cesio esté en la vinculación que describe entre los colectivos de artistas, en su etapa de consolidación profesional y gremial, y las políticas públicas de promoción del arte nacional en espacios arquitectónicos. Y lo más llamativo fue que esas políticas se plasmaran en leyes concretas, algunas de las cuales están vigentes actualmente.

En 1936 se creó la Agrupación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores (AIAPE), y en 1939 se aspiraba a “la designación de artistas nacionales para realizar el decorado de escuelas y liceos. Este reclamo fue recogido en la Ley 10.098, del 15 de diciembre de 1941, que en su artículo 8 establecía: ‘En la construcción de locales escolares podrá invertirse hasta el cinco por ciento en decoración artística, que será confiada a pintores y escultores nacionales’”. En 1947 el Poder Ejecutivo establece en una circular la generalización de esta medida para los Planes de Obras Públicas: “Las obras de arquitectura que realiza el Estado deben ser enriquecidas con aportes de los plásticos nacionales en una coordinación artística con los arquitectos que la proyectan, en forma que reflejen por su dignidad el progreso cultural del país.” Además de la generalización para otros programas no escolares, Cesio apunta el cambio semántico entre el “podrá invertirse” y el “deben ser enriquecidas”.

La demostración de que estas iniciativas, originadas en los colectivos artísticos y recogidas en leyes, promovieron una cultura del muralismo en Uruguay se verificó más en el ámbito privado –paradójicamente, no sujeto a las normas mencionadas– que en el público. El texto concluye que “la expresión de una cultura nacional que debía manifestarse en los edificios públicos como política institucionalizada de dimensión sociocultural de un arte para todos fue más un anhelo que una experiencia sostenida. En cambio, la concreción de murales en el medio privado fue formidable”.

De la misma forma que la presente nota se propuso ir de lo particular a lo general, es de esperar que las herramientas desarrolladas en la restauración del mural del liceo Dámaso Antonio Larrañaga sirvan de experiencia para futuras intervenciones en el patrimonio artístico y arquitectónico uruguayo. Por lo pronto, la restauración del mural de Alpuy es un doble motivo de orgullo, y despeja el camino para entender el origen de algunas de nuestras singularidades.

Elegidos (recuadro)

El Ministerio de Educación y Cultura, por intermedio de la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación, hizo la convocatoria para la restauración del mural en el liceo Dámaso Antonio Larrañaga. La propuesta de Claudia Frigerio y Cecilia Jorge obtuvo el primer lugar. Frigerio, quien dirige el proyecto, tiene una amplia trayectoria en restauraciones a nivel local, habiendo trabajado, entre otros, en el Palacio Santos, el Cabildo de Montevideo y la Cámara de Diputados. Además de Jorge, conservadora y restauradora argentina, se convocó a la especialista en restauración pictórica mexicana Alicia Soto Ayala. El nutrido equipo técnico se completó con Mariano Bertiz, Daniel López, Sebastián Silvera, Camila Costa y María de los Ángeles Moreno.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

https://ladiaria.com.uy/articulo/2018/12/sobre-los-muros-restauracion-de-mural-de-julio-alpuy-en-el-liceo-damaso-antonio-larranaga/

 

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Medio siglo, muchas vidas

A simple vista, resulta difícil saber cuántos años cumple el edificio que la Asociación de Empleados Bancarios del Uruguay (AEBU) construyó en la proa que forman las calles Camacuá y Reconquista, al borde sur de la Ciudad Vieja. Tampoco es fácil su clasificación: claramente no es antiguo, pero tampoco parece moderno si lo comparamos, por ejemplo, con el cercano Edificio Ciudadela. Y, aunque materialmente resiste bastante bien, sin dudas no es contemporáneo. Hay algo esquivo en su lenguaje, en su articulación de volúmenes y materialidad; algo inédito en su propuesta urbana y programática.

Parece que todo comenzó en una asamblea de la banca privada, tras haber recibido un suculento –e inesperado– aumento de sueldo. Así lo recuerda Milton El Purrete Antognazza (ver recuadro), sindicalista de AEBU desde fines de la década de 1950, en conversación con la diaria: “Hubo un compañero del banco que, frente a la euforia de todo eso, en la asamblea pidió la palabra y dijo que el primer aumento se lo donáramos a la asociación. Y era muchísimo dinero”. En épocas de inflación galopante, decidieron comprar dólares para salvaguardar ese capital inicial. En este episodio aparece la primera tensión en relación con el proceso que terminó con la construcción del edificio, entre la ética sindicalista (y revolucionaria del momento) y el pragmatismo necesario para llevar adelante el proyecto de la nueva casa sindical. “Había gente en AEBU que decía que eso no se podía hacer, que habíamos entrado en la especulación”, agrega el Purrete. Con ese dinero compraron las primeras casas (en su mayoría abandonadas y destruidas) que conformarían el terreno de la sede, en una zona muy deteriorada de Ciudad Vieja: “Era el bajo, la zona de los quilombos; los quilombos malos”.

En 1964, a instancias de Juan Barbaruk (que más adelante sería el primer administrador del edificio), la asociación decidió realizar un concurso nacional de arquitectura, articulado con la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República (Udelar). Con más de 80 propuestas presentadas, el premio lo obtuvo el equipo formado por Rafael Lorente Escudero, Rafael Lorente Mourelle y Juan José Lussich, quienes se hicieron cargo del proyecto ejecutivo y la dirección de obra, que culminó en 1968, hace ya 50 años. Además de la relevancia del concurso (uno de los más trascendentes de la década) y del jurado, en diálogo con la diaria el arquitecto Lorente Mourelle destaca la importancia del asesor del concurso, el arquitecto Mario Payssé Reyes. Según Lorente, “el asesor es una figura fundamental porque es quien ‘flecha la cancha’ para desarrollar la viabilidad del proyecto”.

Resulta interesante detenernos en la conformación del equipo ganador del concurso, integrado por proyectistas de dos generaciones distintas. Mientras que Lorente Escudero era ya un arquitecto de gran reconocimiento a nivel nacional (ver recuadro), Lorente Mourelle (hijo del anterior) y Lussich no estaban recibidos aún. Así lo explica Lorente Mourelle: “Era un diálogo intergeneracional entre dos extremos”. Y agrega: “la nuestra era una generación emergente, y como toda generación emergente se planteaba en oposición a la anterior, que era la de los años 50, la de la nueva facultad, el nuevo plan de estudio, que apostaba por una fuerte dosis social, y entendía a la arquitectura casi como una interpretación sociológica […] donde el proyecto tenía menor importancia. La arquitectura como tal había pasado a segundo plano. Todo es pendular […] Nosotros invertimos la ecuación. Empezamos con otro discurso, y mi padre fue muy permeable a él”.

Quizá ya se empiecen a vislumbrar algunas de las particularidades de este edificio que al principio del relato resultaban elusivas. Lorente Mourelle plantea que el concurso “fue una oportunidad para poder desarrollar un pensamiento diferente al ortodoxo mayoritario” y reflexiona sobre la idea de que “el edificio no es el fin en sí mismo, sino que es una herramienta de construcción de ciudad. El edificio está concebido en esos términos. La arquitectura construye ciudad […] En lugar de tener un objeto aislado, bellísimo, en tu obra se incorporan elementos de diálogo con el entorno”.

El contexto

En el mismo sentido apunta el arquitecto Marcelo Danza, decano de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Udelar: “A esa escala y en ese nivel de impacto, era la primera vez que esta generación veía una obra concretada, que la sentía como obra de la generación”. Danza sintetiza que el de AEBU, como edificio, “era, claramente, otra cosa”.

El contexto, en relación con el momento social que se vivía en la década de 1960, es particularmente relevante para Danza, sobre todo a la hora de entender el resultado del concurso: “Por un lado, había un consenso cultural bastante afirmado; por el otro, un fermento social y político”. Y sobre las tensiones en el campo de la arquitectura, destaca que había “una generación de arquitectos modernos establecidos, con prestigio, y unos locos jóvenes, que estaban en facultad y que eran muy permeables a lo que en ese momento estaba pasando en Europa”.

Junto al planteo de este quiebre generacional, en consonancia con la revisión europea del movimiento moderno, Lorente Mourelle y Lussich formaban parte del Núcleo Sol, una pequeña comunidad de jóvenes arquitectos con la que estudiaban y visitaban obras nacionales poco atendidas, de autores que no encajaban en el statu quo imperante. Además, resulta importante mencionar el vínculo que Lorente Escudero (y más adelante también su hijo) mantenía con el mundo del arte, en particular con el Taller Torres García, por su amistad con Ernesto Leborgne.

El programa del edificio se dividía en tres partes: el club deportivo, el auditorio y el área gremial. Las imágenes de la maqueta de madera del concurso muestran las principales decisiones del proyecto. Los sectores deportivo y cultural, que requerían las piezas de mayor volumen, se apoyaban contra la medianera (base del triángulo del terreno), mientras que el cuerpo sindical se apilaba en una torre baja que se escalonaba contra la esquina. En medio, como espacio articulador entre las distintas actividades y con la ciudad, se proponía una plaza de acceso, abierta al norte y protegida de los vientos, y el hall en doble altura como continuación del espacio público.

Esta amalgama programática es de por sí novedosa. Antognazza menciona el antecedente del Club Banco República, iniciativa de los empleados de la banca oficial, y cómo esta “competencia” perfiló la propuesta de actividades del nuevo edificio. Recuerda, además, que el dirigente Aníbal Collazo “tenía miedo de que toda la gente se fuera para allá, por el atractivo de la parte deportiva. Entonces acá teníamos que hacer una cosa mixta”. Por su parte, en relación con esta novedad Lorente Mourelle apunta que “hubo que generar una teoría del edificio sindical” y recuerda las conversaciones constantes con la Asociación.

Ya en obra, con las excavaciones surgió el primer problema: se encontraron con una parte de la antigua muralla de Montevideo. La sorpresa provocó la amenaza de Pérez Noble –la empresa constructora– de abandonar la obra, lo que se resolvió con más presupuesto, obtenido con un préstamo de la Caja Bancaria. Con la sensibilidad actual hacia el patrimonio, otras habrían sido las consecuencias.

La construcción del edificio atestigua una época del país en la que se contaba con industrias capaces de proveer toda la gama de materiales necesarios para una obra de este tipo: “Los pisos eran de Metzen y Sena; el gres de la fachada era de Alonso Pérez; el ladrillo era de la fábrica de Carrasco. Todos los materiales eran nacionales, no importamos nada. […] Hoy, con esa materialidad, no lo podrías hacer”, reflexiona el autor. Particularmente, el uso extensivo del ladrillo es llamativo en un edificio de este porte, y lo vincula simbólicamente con una tradición vernácula –probablemente más construida que real– donde aparecen desde las casas en Bella Vista de Lorente Escudero hasta los mejores ejemplos del sistema cooperativo de viviendas.

La concepción urbana, espacial y material del edificio recoge influencias de la arquitectura moderna nórdica, en particular de Alvar Aalto, de las mejores versiones de la posmodernidad arquitectónica, como los edificios universitarios de James Stirling, y de las ideas sobre la ciudad de Aldo Rossi.*

Además del contexto político, las singularidades del lugar –enfrentado al Río de la Plata, en la última línea de manzanas de la Ciudad Vieja– jugaron también un papel relevante. Sobre esto, dice Lorente Mourelle que “el lugar es complejo, tiene marcos climáticos muy especiales, que hacen al régimen de vientos, a las vistas, al sol, los desniveles, y, por otro lado, al barrio”, y entiende al edificio “como una interpretación de un lugar, un paisaje”.

A nivel de lenguaje, estas capas superpuestas de complejidades no parecen buscar una síntesis, sino que el edificio va articulando, con elegante plasticidad y principalmente a través de recorridos y espacios comunes, las tensiones propias de cada parte. Al respecto Danza agrega que “es un edificio con mucho estudio, que cuando lo recorrés ves que quien lo proyectó lo recorrió proyectándolo. Los cortes, la espacialidad […] toda una búsqueda para generar comunicaciones, transparencia, segregación con las alturas”. Y remata: “Las preocupaciones del momento fueron muy bien logradas”.

Inauguración

Probablemente otras eran las preocupaciones vistas desde la Asociación. Antognazza cuenta que cada decisión era discutida bajo un tamiz ideológico, desde el extremo del “estamos haciendo un palacio” hasta la puesta en consideración del ascensor o la importancia de las escaleras. Un caso aparte fue la discusión sobre el lambriz de madera, un lujo que se mantiene en buen estado hasta el día de hoy y que respondía a un estudio acústico.

Con el edificio terminado, en agosto de 1968 comenzó una espera que se demoró por varios años, ya que, según recuerda Antognazza, el presidente Jorge Pacheco Areco no les permitía inaugurar el edificio. Un cambio en las autoridades de AEBU desencadenó la apertura, luego de que ganara “la línea dura de Hugo Cores: vinieron e inauguraron”.

Después llegaría una época muy dura, con el sindicato desarticulado y las autoridades presas o en el exilio, una etapa con intentos frecuentes de desplazar a la Asociación del edificio. De acuerdo con Lorente Mourelle, “lo que defendió al edificio en esos años fue precisamente el poder realizar actividad deportiva y cultural con el barrio; eso fue fundamental. La presencia del gremio de bancarios en la Ciudad Vieja y que las familias fueran. Entonces, ¿cómo lo vas a cerrar?”.

Con el resquebrajamiento del poder cívico-militar, entrada la década de 1980 se fueron asomando los primeros signos de recuperación de libertad. Un mojón fundamental en esta historia, y que toca muy de cerca a AEBU, fue el viaje que a fines de diciembre de 1983 hicieron desde Madrid 154 niños, hijos de exiliados y presos políticos. Fue a partir de una iniciativa de las Juventudes Socialistas de España, con apoyo del flamante gobierno del Partido Socialista Obrero Español, y con la organización de los colectivos de exiliados, que se logró este viaje de fin de año, vivido como una hazaña, una cuña festejada a gritos con el “se va a acabar, se va a acabar la dictadura militar”. La caravana, que viajó desde el aeropuerto hasta la sede de AEBU, fue recibida y acompañada por una multitud desobediente. Actualmente, una Marca de la Resistencia rememora el momento.

El tiempo pasó, y el edificio ha mantenido sus tres principales funciones. Aunque por fuera se parece mucho a su versión original, por dentro fue sufriendo modificaciones que trastocaron algunas de sus características materiales y espaciales. A raíz de un planteo de la Comisión Especial Permanente de la Ciudad Vieja, y con el aporte del arquitecto Lorente Mourelle, se comenzó a hacer una serie de intervenciones de recuperación de los espacios alterados –como el retiro de un volumen que opacaba la transparencia del hall o la infame garita de seguridad– y de mantenimiento y recambio de piezas dañadas.

Curiosamente, parece que el autor tuviera más flexibilidad que una comisión que, al día de hoy, probablemente no permitiría la construcción de un edificio de estas características en la Ciudad Vieja. Al respecto, Lorente Mourelle comenta: “Cuando vos proyectás también tenés que pensar en el mañana. Vos sos simplemente un elemento de esa historia, un eslabón en una cadena. Si con tu arquitectura querés cerrar la historia, pasa lo que pasa con tantas arquitecturas que son imposibles de transformar y de reutilizar”. Y lo ejemplifica con el cambio de las aberturas por ventanas de aluminio: la comisión “no concebía que se pudiera proponer aberturas diferentes, aunque fuera [propuesto por] el mismo autor. Y yo fui el autor. Ellos me censuraron por un tema lingüístico, formal”.

Hoy a las 18.00, en la sala Camacuá, se cierra la semana de celebraciones por el cincuentenario con una mesa redonda integrada por Antognazza, Lorente Mourelle, Danza, la profesora Laura Alemán y la periodista Rosario Castellanos.

En momentos en que, a pocos metros de ahí, se discute la permanencia de la rambla toda como bien público, es bueno recordar y valorar el aporte a la ciudad que el edificio de AEBU continúa haciendo día a día con su propuesta urbana, su consistencia formal y constructiva y su vocación social.

El Purrete

Milton Antognazza, conocido por todos en AEBU como el Purrete, llegó a Montevideo en 1948 para trabajar en el banco San José. Poco tiempo después, se integró a la Asociación como militante de base, y más tarde llegó a ser secretario. Nos recibe en una de las salas de reuniones del sector gremial y aclara que no tiene mucho para contar. Una hora después se apaga el grabador, lleno de anécdotas jugosas. Recuerda la sede vieja, en la calle Buenos Aires; la asamblea en la que un compañero propuso la idea de donar el aumento de sueldo para la nueva sede; las eternas discusiones sobre las tensiones que generaba “darse el lujo” de construir un edificio de este tipo. Hablamos, también, del concurso, de la relación con los arquitectos, del conflicto con la empresa constructora cuando encontraron parte de la muralla en la excavación y de lo complicado que fue llegar a inaugurar el edificio en la época de Pacheco Areco.

Se detiene en cuentos de la época de la dictadura militar y narra –casi divertido– la relación con el comandante Hugo Márquez: “Un día nos llama […] y nos dice que hay varios clubes, entre ellos Peñarol, que quieren tener la sede, pero él quería que quedara en la Marina, porque le correspondía por la zona”. Entre cartas de respuesta y abogados lograron mantener el edificio bajo su control, con argumentos democráticos sobre los estatutos y las autoridades de la Asociación. Tiempo después, una mañana, “caen todos los milicos, porque querían usar la piscina”, cuenta. “Primero les dijimos que no, que tenían que pedir permiso. Al final, hicimos una carta en la que aceptábamos que vinieran. En el fondo, o aceptábamos o nos cerraban. Entonces venían a usar la piscina a las 7.00, con el agua medio fría”, dice con sorna.

Antes de terminar sus relatos, se emociona cuando cuenta del viaje que en 1983 hicieron 154 niños, que venían del exilio, para conocer Uruguay y visitar a sus familiares, algunos presos todavía. La caravana, seguida y acompañada por una multitud, terminó su recorrido en la sede de AEBU.

Los Lorente

El equipo que ganó el concurso de arquitectura para la sede de AEBU estaba conformado por tres autores; inusualmente, dos de ellos eran padre e hijo.

Rafael Lorente Escudero, el padre, fue un destacado arquitecto, con obras fundamentales en distintos períodos de la arquitectura nacional, cubriendo un amplio abanico lingüístico. Como arquitecto de ANCAP, proyectó edificios y estaciones de servicio en un lenguaje racionalista, con una cuidada interpretación de la arquitectura moderna alemana y holandesa. También fue autor del edificio central de ANCAP, en Avenida del Libertador. Proyectó, por un lado, el complejo de los cines Plaza y Central, y, por el otro, chalets de ladrillo y techo de quincho en el balneario Bella Vista. Al final de su carrera, se destacan el proyecto de la sede de AEBU y el edificio de viviendas y estación de servicio ubicado en Bulevar Artigas y Uruguayana.

Rafael Lorente Mourelle, el hijo, es un importante arquitecto y artista plástico. Luego de trabajar con su padre, fue arquitecto del Centro Cooperativista Uruguayo y, más tarde, se asoció con Fernando Giordano. Entre sus obras se destacan una serie de reciclajes –que además vinculan sus dos pasiones–: el Centro Cultural de España, la Embajada y Centro Cultural de México, y el Museo Gurvich. Además de la sede de AEBU, obtuvo junto con Conrado Pintos el primer premio en los concursos para el Departamento de Automotores del Banco de Seguros del Estado, en Bulevar Artigas; junto con Giordano y Jorge Gibert, el Liceo Francés, sobre la rambla Armenia, y también el Monumento a la Justicia, al costado de la plaza Libertad. Actualmente su trabajo fluctúa entre lo artístico, la curaduría y la edición de libros de arte.

 

* Este dato surge de la entrevista con Lorente Mourelle, aunque según apuntes de algunos docentes del Instituto de Historia de la Arquitectura (FADU-Udelar) es discutible que los proyectistas conocieran el trabajo de Rossi en el 64, además de que La arquitectura de la ciudad es de 1966.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

https://ladiaria.com.uy/articulo/2018/8/medio-siglo-muchas-vidas/

La diaria, edición 31/08/18

Los dos a la bienal

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Perspectiva de la propuesta presentada al concurso.

Dos modelos contrapuestos de cárceles nacionales son los protagonistas del envío uruguayo a la XVI Muestra Internacional de Arquitectura de la Bienal de Venecia. Prison to prison es el nombre de la propuesta ganadora del concurso organizado por la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU) de la Universidad de la República, con la participación del Ministerio de Educación y Cultura (MEC). Por este motivo, la diaria conversó con parte del equipo curatorial, integrado por Diego Morera (curador), Sergio Aldama, Federico Colom, Jimena Ríos y Mauricio Wood.

¿Por qué presentarse a la bienal?

Jimena Ríos (JR): Creo que tiene que ver con llevar a un evento mundial una visión propia de cierta situación. Dentro de una subjetividad, se trata de poder hablar de algo macro representando a Uruguay, a la vez que se piensa en un proyecto propio que habla de lo que está sucediendo.

Sergio Aldama (SA): Es una oportunidad de tratar temas que tienen que ver con intereses personales, a partir del tema general que plantea la bienal [espacio libre]. Ese interés personal nace de una cuestión casi generacional sobre el discurso de la arquitectura, que no necesariamente está planteado mediante el proyecto. En el discurso sobre cómo mirar un fenómeno de la arquitectura está la oportunidad de darle voz a algo que nos interesa a todos.

Diego Morera (DM): Para el contexto académico es importante que nosotros como jóvenes tomemos la palabra y empecemos a hablar de temas que nos parecen urgentes, y que planteemos una posición con respecto a la dimensión cultural de la arquitectura. Nos interesa intentar dialogar de igual a igual con los demás países, por eso queremos llevar una propuesta que sea provocadora.

En ese sentido, visto desde acá, ¿cuál dirían que es el rol de la presencia uruguaya en la bienal?

DM: Por tratarse del mayor evento de la arquitectura mundial, es una oportunidad única de posicionar a la arquitectura en la discusión de la cultura uruguaya, y no sólo del ámbito académico. Por eso la propuesta tiene que tratar un tema que de verdad toque a otros actores, sin perder la especificidad de la arquitectura: queremos hablar del tema como arquitectos y no jugar a ser sociólogos. Usamos una frase que Hans-Ulrich Obrist toma de un artista y primer ministro de Albania [Edi Rama], que habla de considerar a la cultura como infraestructura y no como mera superficie. Entonces, nos planteamos trabajar con la cultura desde ahí, cuestionando las cosas desde la raíz, como si fuesen infraestructura, y en nuestro caso, vinculando a la cultura con lo arquitectónico.

SA: Hay un aspecto que es importante contar, y es que Uruguay tiene su propio pabellón dentro del predio de la bienal.

DM: Hay que tener en cuenta que de América Latina sólo Brasil y Venezuela tienen uno.

¿Cuál es el tema planteado por las directoras de la bienal?

Federico Colom (FC): El tema es Freespace –espacio libre–, y ellas lo plantean esquemáticamente: hablan de la generosidad de los espacios y, sobre todo, de la dimensión del espacio público, pero no necesariamente de los lugares que están pensados para ser espacios públicos, sino de aquellos espacios de apropiación en los que se generan actividades. Hablan de algo muy sencillo y hasta por momentos inocente.

SA: La bienal plantea un freespace de un statu quo; un espacio público democrático, de igualdad. En ese espacio democrático no me queda claro si está incluida la diferencia, en el sentido de que el espacio público es un lugar al que vamos a encontrarnos para conectarnos como iguales y no tanto para trabajar y negociar nuestra diferencia. Para nosotros el freespace es un diálogo constante. Esa libertad y espacio libre son una construcción y no un espacio dado.

JR: Creo que hay que pensar en el contexto desde el que viene la propuesta, y en las posibilidades con las que cuentan. Es una visión europea que está cargada de un montón de cosas, y una visión uruguaya de eso estará cargada de otras. Por eso el tema del contexto es muy importante.

DM: Lo que tomamos de freespace es la arquitectura como posibilitadora de situaciones, que se preocupa más por lo humano y por la generosidad de la arquitectura con el usuario, en vez de una arquitectura preocupada por la imagen y por lo banal. Se trata de una vuelta a una proporción más esencial, a lo que la arquitectura tiene que hacer, que es servir a lo humano.

Vayamos a la propuesta. ¿Qué es Prison to prison?

DM: Partimos de un hecho particular: el edificio más grande que se construyó en Uruguay en 2017 fue una cárcel, y también fue el primer edificio construido en la modalidad de participación público-privada. Se trata del módulo 1 de Punta de Rieles, que fue hecho por un consorcio de tres empresas; albergará a 1.960 presos y constituirá la segunda cárcel en número de personas. Entendemos que esto es algo que habla de la sociedad uruguaya y también de nuestra disciplina, en la medida en que la cárcel es uno de los edificios más arquitectónicos, ya que define la vida del usuario las 24 horas del día, tal vez por varios años.

Partimos de ese hecho, que puede llegar a entenderse como trágico, y lo unimos con otro que entendemos como irónico: comparte medianera con una cárcel preexistente [módulo 6 de Punta de Rieles], que tiene un modelo innovador, implementado en 2010, que es único en la región y, tal vez, en el mundo. El modelo es el de cárcel pueblo, cuya lógica consiste en imitar el afuera en el adentro, y se organiza como un pueblo en el que los presos pueden circular libremente dentro del predio de la cárcel, con límites de horarios a lo largo del día; hay avenidas, un polo industrial, un área comercial con locales que ellos mismos gestionan, una heladería, una pizzería, etcétera. Partimos de ese contraste irónico de que haya dos cárceles con modelos totalmente distintos –que no son sólo modelos de gestión, sino también modelos arquitectónicos y de entender lo humano, el castigo, la vigilancia–, que comparten terreno y que, además, fueron realizados durante el mismo gobierno. A partir de ahí empezamos a mirar las dos arquitecturas, y así fue como surgió la propuesta.

A diferencia de la Cárcel Pueblo, la nueva cárcel tiene un impacto mucho mayor cuando se ve desde la calle, no sólo por su tamaño, sino también por su imagen: está completamente rodeada por un muro prefabricado de cuatro o cinco metros de altura, que bordea las 25 hectáreas del terreno. Se organiza en diez celdarios, constituidos por celdas prefabricadas con equipamientos antivandálicos, apiladas como si fuesen cajas. Desde nuestro punto de vista es un edificio que va a promover una existencia abstracta. Es la típica cárcel de las series de televisión, donde los movimientos están totalmente controlados y las circulaciones y la apertura de puertas se manejan por videovigilancia. Es un modelo importado, con la participación de arquitectos locales que repitieron este modelo y lo aplicaron al lugar sin ningún cuestionamiento. La idea no se limita a ver al objeto de estudio en sí, que es lo que hacemos ahora al trabajar con los dos modelos, sino que se trata también de hablar de otras cosas. En ese conjunto de cárceles, empezar a ver otras dialécticas que puedan ser llevadas a cualquier otra yuxtaposición de modelos contradictorios.

SA: Esta curaduría es como un puente. No puede haber un relato lineal, sino un diálogo; un tema que se pone arriba de la mesa y que, en realidad, se va armando por diferentes capas y esferas de trabajo.

Desde la óptica del freespace, pareciera que en la cárcel nueva lo que cuenta son los espacios cerrados, mientras que en la otra ocurre lo contrario. ¿En la Cárcel Pueblo el espacio público es el que estructura el edificio?

DM: Eso es lo anecdótico, de donde partimos. Decimos que encontramos un freespace en el lugar menos esperado, como la cárcel, porque es su opuesto; es el espacio de la no libertad. Más allá de que sigue siendo una cárcel, es un freespace; una cárcel en la que existe el espacio público. No es 100% espacio público, pero utiliza la lógica de un barrio. Ese es el espacio con el que queremos trabajar.

FC: Visto desde afuera, tiene más elementos de espacio público que de lo contrario.

SA: Yo diría que salta de un modelo de arquitectura a un modelo más urbano, porque tiene una condición de espacio público, de calles, de plazas, de barrios dentro de barrios, de equipamientos deportivos, de lugares comerciales y culturales. En realidad, no sólo es urbano, sino que es un modelo territorial, ya que rebasa las propias lógicas de la cárcel, porque muchos de los emprendimientos y productos que se hacen tienen contacto con la ciudad. O sea que hay flujo de entrada y salida de personas, de materiales, de productos.

En la propuesta mencionan que casi todas las cárceles uruguayas están ubicadas en las periferias. ¿Entienden que esa urbanización espontánea de la Cárcel Pueblo es una forma de revertir aquella expulsión hacia la periferia?

DM: Sí. Uruguay es el país más urbanizado del hemisferio occidental y no podemos creer en la reinserción de alguien enviándolo al medio de la nada, a un lugar abstracto, cuando la reinserción debería estar vinculada a lo urbano; es una estrategia que en Escandinavia se ha usado –imitar el afuera en el adentro– y es la que mejor funciona.

Antes de pasar a lo específico de la exposición, me gustaría que nos contaras cómo se relaciona esta propuesta con temas precedentes.

DM: –Con Mauricio –que también forma parte del equipo curaturial– hicimos nuestro proyecto de final de carrera entre 2016 y 2017. En ese formato de taller, uno elige qué programa arquitectónico desarrolla y también puede imaginar escenarios en los que insertar su proyecto. Motivados por cosas que vimos en el viaje, empezamos a pensar en trabajar con una cárcel urbana. Propusimos un sistema de cárceles que se insertaban en las zonas más pobladas de nuestra ciudad y desarrollamos un modelo como caso de estudio de una cárcel en 18 de Julio. Proponíamos entenderla como un edificio de vivienda más adentro de la ciudad, que insertaba el espacio público –como las galerías de 18 de Julio– con un café y un anfiteatro, para romper con el distanciamiento o el tabú que genera entrar a una cárcel. Con la idea de volverlo algo habitual, en todas las decisiones materiales y estratégicas se incorporaba la imitación del afuera en el adentro.

Lo terminamos en mayo de 2017 y ya nos habíamos presentado al llamado para participar en las residencias artísticas del Espacio de Arte Contemporáneo, con la idea de hablar de la cárcel urbana dentro de una ex cárcel urbana, como es ex la cárcel de Miguelete. Nos seleccionaron y estuvimos ahí tres meses. Contamos con dos celdas, una para trabajar y otra para ir exponiendo lo que hacíamos, y realizamos tres líneas de investigación: una colección de maquetas de cárceles; una maratón de diálogos, en la que hicimos cerca de 20 entrevistas con distintos actores políticos –sociólogos, criminólogos, gente del sistema penal, etcétera–; y finalmente empezamos a trabajar en la Cárcel Pueblo. Fue entonces que descubrimos que al lado estaban construyendo una nueva, y surgió la idea de empezar a investigar ese otro caso, siempre con el planteo de trabajar estos temas desde la arquitectura, porque entendemos que en nuestra disciplina es algo que por lo general no se ve, y sólo se suele mirar desde el punto de vista de la seguridad, o de lo sociológico y político.

¿Qué llevarán a la bienal?

JR: La exposición parte de la idea de que, al trabajar sobre lo carcelario, no queríamos llevar a Venecia una mímesis de la cárcel ni queríamos tener una visión estigmatizadora, negativa o de golpe bajo. Intentamos llevar algo más esperanzador y trabajar desde la ironía y el humor.

DM: –Algo que lo posicione como un tema tan digno como cualquier otro.

JR: –Pensamos en trabajar con tecnologías y proponer un guion inmersivo, que no fuera literal. Sumamos al equipo a dos artistas, Juan Pablo Colasso y Marcos Colasso, que trabajan con iluminación y sonido. La idea es generar una experiencia sensorial en el visitante que se enfrente a este espacio intervenido por luces y sonido, y que el transitar de una cárcel a otra lo lleve a un viaje de forma abstracta, o tal vez poética, con escenas audiovisuales de estos dos modelos. Es un tránsito; una experiencia que no dura más de diez minutos pero es un golpe audiovisual para el espectador, un impacto al que se enfrenta. El objetivo es motivarlo para seguir investigando y que ahí acceda al catálogo.

DM: –No queremos que sea una exposición unidireccional, a la que uno entra y ya sabe lo que va a recorrer, sino que el visitante pueda apropiarse de la experiencia, sentarse, quedarse el rato que quiera. Al entrar a la antesala verá la mayor parte de la información más arquitectónica; ahí estarán el catálogo, un póster, y una gran pieza donde se presentan las dos cárceles. También esperamos que a los visitantes esta experiencia les permita vincular los temas con otras temáticas personales.

¿Qué están haciendo ahora?

JR: –Ahora estamos en el desarrollo de los contenidos del proyecto. Por un lado, trabajamos en lo vinculado a la exposición y el catálogo; por otro, en un proyecto de extensión que la Universidad de la República desarrolla dentro de la Cárcel Pueblo, en el marco del Programa de Integración Metropolitano.

DM: El proyecto de extensión lo presentamos el año pasado y salió ahora, con un equipo ampliado que también incluye gente de la Facultad de Psicología. En paralelo a la bienal, la idea es trabajar con estudiantes de la FADU dentro de la cárcel y, a su vez, trabajar el urbanismo de la cárcel con los presos, con la población de la zona y con la usina cultural.

JR: La usina Matices funciona dentro de la Cárcel Pueblo, y tiene una radio y una comparsa.

DM: Con ellos también trabajaremos para generar los audios de la exposición.

JR: También nos estamos ocupando del financiamiento, buscando patrocinadores.

¿El presupuesto no alcanza?

JR: Es que la arquitectura no tiene un papel muy importante dentro del MEC. Desde el MEC y desde la FADU se está haciendo un esfuerzo por revertir esto, pero por ahora estamos en una situación en la que Uruguay no cuenta con los fondos suficientes. En mi experiencia la plata nunca alcanza, y si bien el dinero que tenemos da para cubrir todo lo expositivo, no alcanza para los sueldos, ni para los viáticos –ya que todo el equipo tiene que viajar y trabajar allá–, ni para la infraestructura, como la pintura del pabellón, la mano de obra, etcétera.

FC: Si bien la experiencia inmersiva de luz y sonido es la adecuada para mostrar nuestra idea, también surgió de la restricción del presupuesto. En cierto sentido, fue lo que nos motivó a esta estrategia de casi no intervenir el pabellón en términos arquitectónicos –de no construir nada–, entre otras cosas porque después hay que volver a dejarlo como estaba. Tiendo a ver algo positivo en la falta de dinero: fue lo que terminó definiendo la propuesta.

¿Qué repercusiones creen que tendrá a nivel público y político este diálogo entre varios frentes?

DM: Queremos tratarlo con optimismo y posicionar la discusión sobre estos temas desde lo arquitectónico –que es algo innovador– y en el mayor ámbito que podamos para establecer estos diálogos que buscamos.

SA: Lo que seguro no esperamos es que estalle en los aspectos más negativos del tema, en lo más banal y mediático, sino que la conversación surja para poder desglosar un tema que es mucho más complejo que un fuerte titular de televisión o de diario.

 

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

https://ladiaria.com.uy/articulo/2018/4/los-dos-a-la-bienal/

tapa la diaria 13:4:2018

La diaria, edición 13/04/18

Desde el frente

Una mujer observa un paisaje plano y desértico desde los peldaños más altos de una escalera plegable. Se elevó para cambiar el punto de vista, ver desde más arriba, más lejos, ampliar su horizonte; una acción simple, económica en términos de utilización de recursos, con la que obtiene un resultado relativo enorme. Con esta imagen se presenta la actual edición de la Bienal de Arquitectura de Venecia, creada en 1980 como una sección de la bienal de arte de la misma ciudad, que es la principal exposición internacional relacionada con la profesión y este año se realiza del 28 de mayo al 27 de noviembre.

El tema de esta decimoquinta edición, “Reportando desde el frente”, propone recoger, en el simbólico campo de batalla de la arquitectura, las experiencias de quienes han logrado, con su experiencia en la construcción del entorno, ganar cierta perspectiva (como la mujer en la escalera). A los participantes -representaciones nacionales e individuos- se les pidieron reportes de actuaciones exitosas, casos ejemplares en los que la arquitectura haya “hecho la diferencia”, al decir del curador de la colosal muestra, el arquitecto Alejandro Aravena (Santiago de Chile, 1967).

2016 parece ser un gran año para él: además de curar la Bienal, en enero recibió el Premio Pritzker (una especie de Nobel para los arquitectos, del que Aravena fuera jurado hasta el año anterior). Pero este no es su primer gran año: en 2008, la misma Bienal le otorgó el Premio a la Joven Promesa, y la revista Icon, especializada en arquitectura y diseño, lo colocó en su portada. Un año más tarde, la revista Monocle lo incluyó en una lista de 20 “nuevos héroes globales”. Autodefinido como idealista y pragmático a la vez, este ex docente de Harvard dirige desde 2001 el estudio chileno Elemental, enfocado en proyectos de “interés público e impacto social”, según explica su sitio en internet, que se ha destacado internacionalmente por algunos proyectos de vivienda agrupada. Para cerrar este párrafo biográfico, vale agregar su charla TED de 2014, video viral en el mundo de los arquitectos.

El lector se podrá preguntar por qué tanto detalle acerca de la figura del curador. Ocurre que hay, en forma indudable, una fuerte impronta de Aravena en su Bienal, desde el planteo inicial para los expositores hasta los premios otorgados -sobre los que volveremos más adelante-, pasando por la exposición a su cargo. El arquitecto chileno representa (y el premio Pritzker confirma esto) un cambio en el discurso de legitimación de la arquitectura: el pasaje de un supuesto sistema de estrellas globales a uno de héroes locales, que afrontan problemas y limitaciones materiales.

No es difícil entender -en tiempos de continuas crisis económicas y ambientales, y de “corrección política” generalizada- por qué este discurso pasó de alternativo a hegemónico. Aravena encarna ese relato y lo simplifica con eslóganes cargados de buenas intenciones, en una prédica de eficacia innegable. Como dice el argentino Fredy Massad, ahora parece que la arquitectura social hubiera nacido “de la mano de este nuevo mesías, que se ha encargado de hacerla trendy y deseable”.

La exposición que da la bienvenida a los visitantes de la Bienal, diseñada por el equipo curatorial, busca dar el ejemplo: en su montaje se utilizaron 10.000 metros cuadrados de placas de yeso y 14 kilómetros de montantes de acero, todos recuperados de lo que quedó de la bienal de arte realizada el año pasado. Apiladas, las placas generan muros laterales, sobre los que se exhibe la muestra, mientras que los perfiles galvanizados cuelgan del techo a modo de inquietante cielorraso. La potencia de este espacio impacta mucho más que la muestra que aloja. Por lo que he podido recabar, poco se habla de la calidad del espacio, casi nada de lo exhibido y mucho de la cantidad de material que se pudo reciclar (más de 90 toneladas), algo que suele ocurrir ante proyectos presentados con el destaque de que son “sustentables”: el foco está en lo cuantitativo.

Los premios

El jurado otorgó el León de Oro, máxima distinción de la Bienal, al Gabinete de Arquitectura (Paraguay), por la exposición Breaking the Siege (rompiendo el asedio). Curada por Solano Benítez, Gloria Cabral y Solanito Benítez, esa muestra consiste en una monumental bóveda perforada, construida íntegramente con ladrillos unidos con mortero (ver la foto). Esa filigrana de ladrillos, visualmente tan endeble como un castillo de naipes, es tal vez la imagen de lo opuesto: lo que allí se ve es la esencia de la forma, la estructura, lo necesario para existir. La instalación se complementa con una cuidada iluminación, que pone en evidencia los patrones que conforman la filigrana (en forma de equis), proyectando sus sombras sobre las paredes laterales. Lo más interesante de esta propuesta parece estar en el contraste entre una forma a priori noble y su construcción con medios sencillos (ladrillo, mano de obra no calificada) y, sobre todo, baratos.

El estudio liderado por Solano Benítez, carismático representante de lo glocal(global-local), cobró notoriedad en la última década por un uso imaginativo de un producto ordinario como el ladrillo. Las carencias materiales en su país lo llevaron a jerarquizar la técnica sobre otros factores, mediante un proceso de ensayo y error en obra, a fin de optimizar el uso de materiales y del presupuesto, alcanzando una expresividad propia y potente. Vale agregar que Benítez había sido premiado en 2008 por el banco suizo BSI (que es el principal patrocinador de esta bienal veneciana), mientras que Gloria Cabral fue elegida en 2014 para el programa Mentor & Protégé de la empresa Rolex. No es difícil ver aquí a lo establecido legitimando lo alternativo, absorbiéndolo en forma paternalista y convirtiéndolo en mainstream, algo que puede generalizarse acerca del conjunto de esta Bienal.
El León de Oro a la participación nacional le correspondió a la propuesta española, Unfinished (inacabado). Con la curaduría de Iñaqui Carnicero y Carlos Quintans, el conjunto compuesto por cuatro exposiciones propone una mirada sobre la producción reciente española, enfrentada a un prolongado escenario de crisis económica luego de que reventara la burbuja inmobiliaria. Más allá de la crítica implícita sobre el despilfarro, la muestra evita el lamento y propone herramientas que ayuden a encontrar caminos de posible de actuación en el ya no tan nuevo escenario. El diseño del conjunto, despojado y materialmente muy sencillo, se ajusta al mismo tipo de limitaciones que se les exigen a los proyectos convocados.

La exposición comienza con siete series fotográficas sobre edificios o espacios abandonados en medio de la obra, mostrando, además de su dimensión estética, su capacidad de sugerir nuevos lugares de actuación. La siguiente muestra es una selección de 55 proyectos, separados en nueve categorías, que responden con responsabilidad y coherencia a un contexto de recursos limitados. En otro espacio se proyectan 11 entrevistas con personalidades internacionales de la arquitectura, que se expresan sobre la situación española. Finalmente, el concurso Unfinished expone el trabajo de jóvenes arquitectos, muchos de los cuales aún no han tenido la posibilidad de construir debido a la recesión económica.

Semanas antes de que comenzara la Bienal ya se sabía que recibiría un merecido premio a la trayectoria el arquitecto brasileño Paulo Mendes da Rocha. Nacido en Vitória en 1928 y distinguido con el Pritzker en 2006, Mendes da Rocha aún trabaja en su estudio en el centro de San Pablo, y es actualmente el principal referente de la denominada Escuela Paulista. Su obra, en la tradición de la Arquitectura Moderna, transmite una enorme confianza en la capacidad de transformación de la arquitectura y el urbanismo. Sus actuales proyectos mantienen la vitalidad admirable de los primeros, de fines de los años 50.

Se otorgó el León de Plata al nigeriano Kunlé Adeyemi, por su prototipo para escuelas flotantes. Paradójicamente, la única escuela fabricada a partir de este diseño se desplomó hace poco más de una semana en Lagos, luego de días de intensas lluvias. Hubo también menciones para la propuesta de Perú, una atractiva e interesante exposición sobre un proyecto de escuelas en la selva amazónica; y la de Japón, con alternativas de vivienda colectiva compacta para zonas densamente pobladas.

Resumiendo: premios para un equipo paraguayo, para la propuesta de la España en crisis, para un arquitecto brasileño y otro nigeriano; menciones para Perú y Japón. Así alineados los astros, es evidente que el foco está puesto en América Latina y sus propuestas, pero sería ingenuo pensar que el mérito es todo del curador chileno. Parece interesante agregar que, a diferencia de lo que suele ocurrir en los festivales de cine, donde el público aporta a la evaluación de lo exhibido, la Bienal de Venecia comienza con los premios ya otorgados y permanece abierta por seis meses, iluminando el camino legitimado de antemano.

Reboot

Sin haber tenido la oportunidad de visitar la Bienal y reportar desde el frente, agrego un rápido apunte sobre el enigmático envío uruguayo. Reboot (reinicio), la propuesta liderada por el profesor arquitecto Marcelo Danza para el pabellón de Uruguay, surgida de un concurso organizado por la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo, se apoya en dos acontecimientos de los años 70: la guerrilla urbana del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros y la tragedia de los Andes. El equipo responsable de la muestra sostiene que halló, en esas dos respuestas colectivas a situaciones extremas, sendas lecciones a partir de las cuales ve posible “contactar con otros registros posibles para lo arquitectónico”.

La exposición invita “al visitante a involucrarse con la muestra y a construir su propia estrategia de decodificación y entendimiento, generando sus propias relaciones de los eventos presentados entre sí y con la disciplina”. El pabellón, un espacio de planta rectangular de unos 100 metros cuadrados, está dividido en dos por una cortina translúcida. De un lado, un pequeño pozo cuadrado, con tierra y piedras al lado. Del otro, dos dibujos de gran dimensión sobre la pared y una frase, cuya traducción sería “Entenderemos lo que es la arquitectura cuando nuestra vida dependa de ello”.

Alcanzo a comprender que se encuentre interés en estrategias de supervivencia, e incluso que se puedan extraer de ellas lecciones arquitectónicas; lo que me resulta discutible es la pertinencia de esta propuesta esquiva en una Bienal que pedía soluciones a problemas probables. Remontarse al mito para entender “lo que es la arquitectura” es como pensar los problemas de la selección nacional de fútbol estudiando la final de Maracaná.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

http://ladiaria.com.uy/articulo/2016/6/desde-el-frente/

La diaria, edición 17/06/16

La diaria, edición 17/06/16

Historias detrás de planos

© gustavo hiriart

El 27 de noviembre, la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República (Udelar) celebró su centenario como facultad independiente: antes de su fundación era parte de la Facultad de Matemáticas. La conmemoración procuraba, principalmente, reunir a quienes pertenecen y han pertenecido a la casa de estudios, por lo que presentó su sede, el icónico edificio de Bulevar Artigas, engalanada y organizada como una exposición continua de los trabajos que allí se realizan. La celebración incluyó también actividades protocolares con la presencia de personalidades como el rector de la Udelar, el doctor Roberto Markarian, la decana de la Facultad de Ingeniería, la ingeniera María Simon, y representantes de los distintos órdenes y gremios.

Pero, más allá de lo que sucedió en esa concurridísima y lluviosa noche de viernes, lo que interesa comentar ahora es uno de los productos más importantes del centenario de la facultad: el libro Cien años. El interés está en el libro en sí, por su calidad y capacidad comunicativa (es, además, un objeto bello, como era de esperarse), pero también en que su lectura permite hilvanar una historia que trasciende el interés específico de una disciplina y sus avatares, ya que nos muestra el rol que la Facultad de Arquitectura, en sus 100 años, ha desempeñado en la cultura de Uruguay.

Por escrito

La elaboración de un libro que resuma, por decirlo de algún modo, la historia de una facultad puede ser una tarea imposible si se pretende alcanzar acuerdos que concilien las distintas visiones sobre el pasado; el lejano y, especialmente, el reciente. La metodología utilizada para realizar el libro Cien años intenta eludir, como dice el decano, el doctor arquitecto Gustavo Scheps, en el prólogo, “el discurso único, la exposición concluyente” por medio de un producto coral, polifónico, que asume que sus miradas y relatos son “fatalmente incompletos”.

La estructura que hizo posible elaborar el libro se apoya en una Comisión de los Cien Años, que definió un comité editorial formado por diez editores (uno por década), quienes a su vez escogieron a 100 autores (uno por año, obviamente). Cada década es presentada por un editor y a cada año le corresponde un relato que ocupa una página completa y una fotografía, en la página contigua, que ilustra el texto. Hasta aquí tenemos solamente un sistema, un procedimiento que no asegura la calidad del conjunto, sino que plantea las reglas del juego. El resultado, gracias a editores y a autores, es un libro amable y conmovedor por momentos, que, como adelantaba antes, sitúa a la facultad en los principales debates culturales de cada época.

La publicación del libro se enmarca en una política del actual decanato de “reposicionar la arquitectura y el diseño como dimensiones fundamentales de la cultura”, como le contaba el año pasado a la diaria Scheps (ver ladiaria.com.uy/articulo/2015/5/forma-y-espacio/); de la misma forma, en el prólogo de Cien años afirma que el libro intenta ser en sí mismo un “acontecimiento cultural”. Este libro tiene la capacidad de establecer ese nexo entre cultura y arquitectura a través del tiempo y, de alguna forma, propone el desafío de “asumir las responsabilidades de nuestro tiempo en el proceso de construcción histórica”, continúa Scheps.

100 relatos

Me propongo ahora repasar someramente algunos de los hitos principales, una selección personal y errática, que aparecen narrados en Cien años. Sólo cuando incorpore algún texto de forma literal citaré al autor; los autores restantes pueden ser consultados en el índice del libro.

1915 fue el año en el que la tensión entre arquitectos e ingenieros acabó por definir los perfiles y las especificidades de cada una de esas disciplinas; a partir de entonces, se crearon ambas facultades (otro ejemplo del tan manido binomio crisis-oportunidad), con la participación destacada del doctor Baltasar Brum. En esos primeros años de la facultad, la figura predominante fue, sin duda, la de Monsieur Joseph Carré, quien lentamente guio la transformación de la carrera: de una formación academicista (Beaux-Arts) a una formación más renovadora, apoyada más adelante en los profesores arquitectos Mauricio Cravotto y Julio Vilamajó.

En 1918 se creó el Centro de Estudiantes de Arquitectura (Ceda); el libro da cuenta de su constante y activa participación a lo largo del centenario, en muchos casos proponiendo y fomentando los principales debates sobre temas de arquitectura y sociedad. Así lo muestran los textos correspondientes a la creación de la Revista Ceda, editada por primera vez en 1932; la huelga estudiantil del año siguiente contra el golpe de Estado de Gabriel Terra; la realización del mundialmente famoso grupo de viaje, que tuvo su primera experiencia en 1947; la colocación de una enorme pancarta en la fachada de la facultad que rezaba: “Fuera el imperialismo yanqui de América Latina, viva la revolución cubana”, por la visita de Dwight Eisenhower a Montevideo en 1960 (hecho que terminó en una fuerte represión policial); la edición de una nueva revista en 1981, Trazo, que procuraba generar espacios de libertad en una facultad aún intervenida por la dictadura; la realización del Encontrazo un año después, nombre que en 1990 volvería a ser usado para el Primer Encuentro de Estudiantes de Arquitectura, realizado en Montevideo, que inauguró una tradición de encuentros anuales en toda América del Sur.

Volviendo al orden cronológico, en 1918 se realizó por vez primera el Gran Premio (antecedente lejano de los citados grupos de viaje), que consistía en enviar un estudiante a un largo viaje de estudios. La página del año 1920 relata la experiencia de Vilamajó y la relación con sus dibujos, algunos de los cuales aún pueden verse en el Museo Nacional de Artes Visuales hasta el 21 de febrero.

El relato del centenario pondera el decanato renovador de Leopoldo Carlos Agorio en 1928, ya que, como escribe la arquitecta Cecilia Hernández Aguirre, “su discurso refleja la idea del tránsito de una enseñanza en el plano abstracto, sin contenido de valores sociales, estéticos ni técnicos, propios de la composición Beaux-Art, a la aceptación de la técnica, la industria y los cambios en los modos de vida como motor de un arte nuevo”. Estos planteos alimentaron la discusión de los años siguientes, que tuvo un particular énfasis en los aspectos sociales de la disciplina.

Entre 1934 y 1936, Joaquín Torres García brindó una gran cantidad de conferencias en la facultad que vinculaban arte y morfología. Más allá de la importancia puntual de estos cursos dictados por Torres, es de destacar la influencia que tuvo el afamado pintor en arquitectos como Rafael Lorente Escudero, Ernesto Leborgne y Mario Payssé Reyes.

En 1936 comenzó a funcionar en la Facultad de Arquitectura el Instituto de Teoría y Urbanismo (ITU), dirigido por Cravotto, un año después de que una de sus principales figuras, el arquitecto Carlos Gómez Gavazzo, pusiera en relación la desorganización urbana de Montevideo con la falta de formación técnica específica en urbanismo, y un año antes de que el ITU publicara el primer número de su revista. Esta vinculación entre institutos, gremios y publicaciones propias signa la historia de la facultad, y se mantiene hasta nuestros días. Además del ITU, el pensamiento urbano tuvo en los Seminarios Montevideo y en la Maestría de Ordenamiento Territorial sus principales plataformas de reflexión.

Si pensamos en la Facultad de Arquitectura, pensamos inmediatamente en su edificio actual, obra de Román Fresnedo Siri y Mario Muccinelli, inaugurado en 1948. Actualmente saludable, fue preciso que transitara por varios procesos de recuperación edilicia y de su equipamiento, y, luego de pequeñas adiciones sobre la calle Mario Cassinoni, se proyecta una gran ampliación sobre ese sector. Además, en 2011 la facultad se hizo cargo del Museo Casa Vilamajó y adquirió su casa vecina para albergar al Centro de Posgrados, la Casa Centenario.

“El Plan de Estudios de 1952, parteaguas entre dos épocas, fue asumido como mito fundacional de un proceso que, teniendo un ancla en lo disciplinar, se proyectaba en un escenario político de signo progresista…”, resume el arquitecto Nery González. El viraje hacia una facultad más involucrada en los temas políticos (y posicionada ideológicamente en un contexto de Guerra Fría) estableció el marco para las discusiones sobre el perfil de formación del arquitecto de los siguientes 20 años, temas que volvieron a aparecer en la discusión de los planes de 2002 y 2014. El nuevo escenario a partir del Plan 52 trajo aparejado el alejamiento de importantes profesores (y excelentes arquitectos), como Cravotto, Octavio de los Campos e Ildefonso Aroztegui.

Resulta natural pensar en la época de la intervención de la Universidad, de 1973 a 1985, como una etapa oscura; sin embargo, el libro recoge testimonios de resistencia, algunos entrañables, otros jocosos, que resaltan la convivencia y, sobre todo, la creatividad. Los relatos cuentan sobre la búsqueda de espacios de libertad, el diseño de la libertad, ya sea en el ámbito privado de los estudios como en la militancia por la defensa de la ciudad, el Grupo de Estudios Urbanos, la edición de una nueva revista de los estudiantes (la mencionada Trazo) y el primer encuentro de estudiantes (también nombrado más arriba, el Encontrazo).

Finalizando la cronología, quedan muchos momentos por nombrar -en especial, del pasado reciente: las participaciones en la Bienal de Venecia, el premio Archiprix, la reciente creación del doctorado y todo lo relacionado con el intenso año del centenario-, algunos de éstos ya abordados con anterioridad en la diaria. Pero este espacio es acotado y este texto es una excusa; para todo lo demás está el libro.

FADU

A las 00.00 del 28 de noviembre, la facultad cambió su nombre por Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU). Hoy, la FADU recibe a 1.200 estudiantes por año en sus cinco carreras: Arquitectura, Diseño Industrial, Diseño de Comunicación Visual, Diseño de Paisaje y Diseño Integrado. Scheps cierra el libro (y este texto) con este fragmento: “Nuestra Facultad consolida un espacio completo y sinérgico, abocado a la investigación y formación en torno al proyecto y la transformación del hábitat. Para profundizar la incidencia social y cultural de nuestras disciplinas […] buscamos adecuar y re-imaginar, con rigor y exigencia, creatividad y honestidad intelectual, sus valores, su identidad y su especificidad”.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

http://ladiaria.com.uy/articulo/2016/1/historias-detras-de-planos/

La diaria, edición 29/01/16

La diaria, edición 29/01/16

Casa – La escuela vertical de Julio Vilamajó

Muchas veces hemos escuchado, y tantas otras repetido, que el edificio de nuestra facultad es en sí mismo fuente de enseñanza. Claro que todos los buenos edificios lo son, pero en este caso es además la convivencia, la experiencia frecuente, la que motiva (por no decir asegura) el aprendizaje. Más allá de lo que se hace en él, el edificio de Fresnedo nos enseña sobre el cómo se hace; es el carácter que le imprime a una función que podría realizarse de infinidad de maneras distintas. En este sentido, la palabra Escuela, que proviene del Griego y nos remite al tiempo libre, al ocio, arroja luz sobre esa relación entre el disfrute, como experiencia placentera, y el aprendizaje.

La casa que Julio Vilamajó construyó para su familia en 1930, y que desde 2000 forma parte de nuestra facultad (1), comparte y extiende aquella capacidad pedagógica. El foco de esta cualidad didáctica vuelve a estar, como en el caso de la Facultad, en la experiencia propuesta, y por tanto se concentra en el usuario. A partir de allí Vilamajó abre el abanico, y cual enciclopedia en tomos (verticales) comparte sus intereses espaciales (que incorporan el movimiento y el mirar como funciones) formales, materiales, decorativos… evoca paisajes y crea imaginarios. 

Entendiendo su capacidad comunicativa y emblemática, convertimos a la casa en un museo, y con orgullo no disimulado, la mostramos a los que nos visitan, les pedimos que nos hablen de ella (2). El arquitecto Paulo Mendes da Rocha, por nombrar un ejemplo entre tantos, nos dijo que la casa “es un discurso que se puede leer muchas veces”(3). Y es un discurso que provoca placer cada vez, pues vincula lugares que olvidamos que pueden estar cerca, como la inteligencia y la intuición, o la creación y la memoria.

1_La casa es administrada por la Facultad de Arquitectura de la UdelaR a partir de un acuerdo con el Ministerio de Educación y Cultura, propietario del bien patrimonial. En 2011, luego de finalizado un importante proceso de restauración, la casa se comienza a utilizar, albergando las entrevistas a arquitectos y diseñadores invitados, abriendo al público en 2012 como Museo Casa Vilamajó.

2_Los libros Entrevistas 1 y Entrevistas 2, publicados por la Facultad de Arquitectura, recogen las conversaciones entre invitados extranjeros y docentes de la facultad.

3_Entrevista con Soledad Patiño y Marcelo Gualano, en Entrevistas 1, FARQ

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en el libro Cien Años Facultad de Arquitectura, Montevideo, Uruguay

De todos

Bascans, Sprechmann, Vigliecca y Villaamil - Complejo Bulevar © gustavo hiriart

Bascans, Sprechmann, Vigliecca y Villaamil – Complejo Bulevar © gustavo hiriart

Más de una vez me ha sucedido que, al contarle a un extranjero que vivo en una cooperativa de viviendas, en su mirada aparece un gran signo de interrogación, mientras probablemente en su mente se dibuja alguna imagen de comunidad hippie de los años 70. Conviene preguntarse por qué algo tan normal para un uruguayo suena tan extraño afuera; y preguntarse también si siempre fue tan normal, o en qué momento y cómo se volvió parte de nuestra cultura habitacional.

Éstos son algunos de los temas que aborda la exposición Cooperativas de vivienda en Uruguay: medio siglo de experiencias, presentada inicialmente en el Muséu da Casa Brasileira de la ciudad de San Pablo, que se podrá visitar en Montevideo este fin de semana del Patrimonio (10 y 11 de octubre) en la Casona Mauá de la Ciudad Vieja, y luego, del 16 al 20 de noviembre, en el hall de la Facultad de Arquitectura (Farq) de la Universidad de la República, como parte de los festejos de su centenario.

El trabajo que da origen a la muestra es una investigación en curso de la Unidad Permanente de Vivienda de la Farq, producida entre ésta y la facultad paulistana Escola da Cidade. La curaduría estuvo a cargo de los arquitectos Alina del Castillo y Raúl Vallés por la facultad uruguaya, y Luis Octávio de Faria e Silva y Ruben Otero por la brasileña.

La exposición, que muestra una primera etapa de la investigación, hace foco en 21 casos de estudio localizados en Montevideo. Esa selección deja fuera, por falta de documentación, algunos ejemplos importantes, lo que se explica por el intento de desmantelamiento del sistema cooperativo a manos de la dictadura y el exilio de algunos de sus principales actores. De todos modos, el grupo que se muestra permite ver claramente la calidad, tanto individual como colectiva, de los proyectos elegidos, y extrapolar la relevancia del cooperativismo de vivienda como sistema, en tanto solución habitacional y propuesta urbana, tecnológica y social.

Si bien aún no fue posible presenciar la exposición en Uruguay, en la librería de la Farq ya se puede conseguir el catálogo que, además de acompañar la muestra, es en sí mismo un libro interesante y bien documentado (actualmente se prepara la segunda edición corregida). Los proyectos seleccionados se presentan uno por uno (precedidos por seis textos, más el prólogo elaborado por el decano de la facultad). Es destacable el trabajo de redibujo que nos acerca, en algunos casos por primera vez, información gráfica de las obras. También vale mencionar el conjunto de fotografías de Andrea Sellanes, que son el hilo conductor del catálogo y describen la participación de los usuarios en la construcción, en especial la de las mujeres.

La carreta y los bueyes

Tal como lo relata en el catálogo el arquitecto Miguel Cecilio, protagonista del nacimiento y desarrollo del sistema cooperativo de viviendas, las primeras experiencias en este terreno fueron anteriores a la Ley Nacional de Vivienda de 1968, que les dio marco y de la que Cecilio fue uno de los redactores.

A principios de la década del 60, la sociedad uruguaya se encontraba sumida en una profunda crisis, con altos niveles de desempleo y una altísima inflación. Por primera vez un organismo público, la Comisión de Inversiones y Desarrollo Económico (CIDE), realizó un estudio para cuantificar el déficit habitacional, a la vez que propuso un plan para comenzar a corregirlo. Según Cecilio, “los resultados del plan de la CIDE no recibieron una inmediata aplicación, pero su difusión fue fecunda, pues generó una conciencia generalizada respecto de la magnitud del problema”. La producción pública de vivienda se concentraba en el Instituto Nacional de Viviendas Económicas (INVE) y el Banco Hipotecario del Uruguay (BHU), ambos fundidos, por recibir los retornos de sus préstamos en pesos fuertemente devaluados debido a la mencionada crisis.

En ese contexto, el INVE contaba con un convenio con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para la construcción de 1.000 viviendas, pero era incapaz de hacerlo efectivo al no poder constituir la contraparte local. El momento creativo surge cuando el Centro Cooperativista Uruguayo (CCU) le plantea al INVE “aunar una serie de contribuciones, por un lado el esfuerzo de las familias mediante el aporte de su mano de obra, y por otro el de las intendencias cooperando con un terreno”, como lo cuenta Cecilio. Establecida pues la contraparte, base económica de todo el sistema, desde el CCU se proyectaron las primeras tres cooperativas en el interior del país, que albergaron a 100 familias: Isla Mala, en Florida; Éxodo de Artigas, en Fray Bentos; y Cosvam, en Salto. Tanto en estos primeros proyectos como en muchos otros de los que aparecen en la exposición sobresale la figura del arquitecto Mario Spallanzani.

Estas primeras experiencias sirvieron de insumo para las definiciones de la Ley Nacional de Vivienda, que en su décimo capítulo le da marco al cooperativismo de vivienda. Crea la figura de la cooperativa de usuarios, en sus modalidades de ayuda mutua (el usuario aporta horas de trabajo en obra) y de ahorro previo (el usuario aporta un porcentaje del costo de la obra); las cooperativas matrices (unidades cooperativas asociadas) y los institutos de asistencia técnica (IAT, equipos interdisciplinarios que asesoran a las cooperativas). Además, la ley habilita a las cooperativas para que promuevan programas sociales, que provean servicios y promuevan tanto la integración del grupo que las conforma como la de éste con el barrio en el que se radica. En términos conceptuales, la norma de 1968 estableció el derecho a la vivienda digna y el mínimo habitacional aceptable, introdujo el concepto de planificación y creó el Fondo Nacional de Vivienda, la Dirección Nacional de Vivienda y la Unidad Reajustable.

La realización de aquellas tres cooperativas en el interior y la aprobación de la ley encendieron la mecha: el ingeniero Benjamín Nahoum afirma en su texto del libro que en 1975, tan sólo siete años después, “las estadísticas del BHU mostraban que uno de cada dos créditos que se solicitaban al Plan para construir viviendas, era para hacerlo por cooperativas”. Más allá de la enorme necesidad de vivienda y de la disponibilidad de mano de obra ociosa por los altos niveles de desocupación (lo que favoreció la construcción por ayuda mutua), Nahoum remarca la importancia del contexto cultural al explicar la rápida apropiación del modelo por parte de los usuarios: “Antes de 1968 existían cooperativas de las más diversas ramas; un sistema financiero de acceso a la vivienda que se basaba en el ahorro previo; la participación de los propios interesados, articulados de diversas maneras, en la producción de su hábitat, y la propiedad cooperativa de los medios de producción”.

Cuestiones disciplinares

Al inicio de este texto, al hablar del presunto extranjero, omití (no sin intención) la posibilidad de que se tratara de un arquitecto; ahí la cosa cambia. El interés que existe en el mundo de la arquitectura sobre el sistema cooperativo de vivienda uruguayo y sus mejores ejemplos puede resumirse en la presencia del Complejo Bulevar (conjunto que hace pocos días celebró sus 40 años) en la más grande exposición de arquitectura latinoamericana del Museo de Arte Moderno de Nueva York (ver ladiaria.com.uy/ADjr). De alguna manera la actual exposición, y especialmente la investigación de la UPV, vuelven a poner en la mira una producción fundamental en la historia de la arquitectura nacional, que, como suele ocurrir (ya fuera por falta de material o de interés), estaba injustamente desatendida.

Más allá de la importancia cuantitativa de las soluciones habitacionales (uso conscientemente ese frío término) y de las características de movimiento social del cooperativismo (que no me animaría a tratar aquí), me interesa remarcar ahora los desafíos que generó y continúa generando dentro de la disciplina arquitectónica.

El proceso de proyecto participativo e interdisciplinario requirió adaptación y flexibilidad de parte de los arquitectos, que, al tiempo que cedían grados de autoría (y autoridad), incorporaron, como nunca en obras de gran escala, la noción de habitante, con sus necesidades y deseos. La producción, en especial la que involucra a los usuarios en la construcción, se convirtió en tema fundamental del proyecto, en muchos casos adaptando o creando tecnologías y soluciones constructivas ad hoc, que incluyeron la prefabricación en obra o en plantas compartidas entre cooperativas matrices. También supuso un desafío el problema de la escala, que abarca la unidad y sus variantes (y sus posibilidades de crecimiento y adaptación), el diseño del espacio y los equipamientos colectivos (el conjunto Vicman en Malvín Norte es un excelente ejemplo de esto), la morfología y la relación con el tejido urbano en el que se inserta la obra (o la creación de ese tejido en casos de la periferia, como sucedió con Mesa 1, en La Cruz de Carrasco).

En relación con este último punto, se constata lo que plantea en su texto del catálogo la arquitecta Alina del Castillo: “La escala de estas intervenciones, combinada con la introducción de lógicas de ocupación del suelo ajenas a las de la manzana tradicional, generó interrupciones en el tejido urbano al modo de islotes”, retazos de ciudad con identidad propia que no siempre establecen una continuidad con su entorno inmediato (actualmente muchos de los conjuntos han sido enrejados, lo que refuerza esta sensación de barrio dentro del barrio). Algunos proyectos contemporáneos construidos en zonas más céntricas, como las nuevas cooperativas en el Barrio Sur contra el Cementerio Central, intentan romper, con mayor o menor acierto, con esa condición cerrada de algunos conjuntos más antiguos. Además, desde mediados de los años 90 se comenzó a utilizar la modalidad del reciclaje para cooperativas, en especial en la Ciudad Vieja, como forma de densificar (además de preservar) zonas de la ciudad que cuentan con servicios subutilizados.

La exposición Cooperativas de vivienda en Uruguay: medio siglo de experiencias nos permite conocer más sobre una realidad que, además de sus implicancias sociales y disciplinares, forma parte de nuestra identidad colectiva; un patrimonio físico y cultural que debemos cuidar y del que podemos extraer algunas claves para construir los próximos 50 años.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

http://ladiaria.com.uy/articulo/2015/10/de-todos/

La diaria, edición 08/10/15

La diaria, edición 08/10/15