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Historias detrás de planos

© gustavo hiriart

El 27 de noviembre, la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República (Udelar) celebró su centenario como facultad independiente: antes de su fundación era parte de la Facultad de Matemáticas. La conmemoración procuraba, principalmente, reunir a quienes pertenecen y han pertenecido a la casa de estudios, por lo que presentó su sede, el icónico edificio de Bulevar Artigas, engalanada y organizada como una exposición continua de los trabajos que allí se realizan. La celebración incluyó también actividades protocolares con la presencia de personalidades como el rector de la Udelar, el doctor Roberto Markarian, la decana de la Facultad de Ingeniería, la ingeniera María Simon, y representantes de los distintos órdenes y gremios.

Pero, más allá de lo que sucedió en esa concurridísima y lluviosa noche de viernes, lo que interesa comentar ahora es uno de los productos más importantes del centenario de la facultad: el libro Cien años. El interés está en el libro en sí, por su calidad y capacidad comunicativa (es, además, un objeto bello, como era de esperarse), pero también en que su lectura permite hilvanar una historia que trasciende el interés específico de una disciplina y sus avatares, ya que nos muestra el rol que la Facultad de Arquitectura, en sus 100 años, ha desempeñado en la cultura de Uruguay.

Por escrito

La elaboración de un libro que resuma, por decirlo de algún modo, la historia de una facultad puede ser una tarea imposible si se pretende alcanzar acuerdos que concilien las distintas visiones sobre el pasado; el lejano y, especialmente, el reciente. La metodología utilizada para realizar el libro Cien años intenta eludir, como dice el decano, el doctor arquitecto Gustavo Scheps, en el prólogo, “el discurso único, la exposición concluyente” por medio de un producto coral, polifónico, que asume que sus miradas y relatos son “fatalmente incompletos”.

La estructura que hizo posible elaborar el libro se apoya en una Comisión de los Cien Años, que definió un comité editorial formado por diez editores (uno por década), quienes a su vez escogieron a 100 autores (uno por año, obviamente). Cada década es presentada por un editor y a cada año le corresponde un relato que ocupa una página completa y una fotografía, en la página contigua, que ilustra el texto. Hasta aquí tenemos solamente un sistema, un procedimiento que no asegura la calidad del conjunto, sino que plantea las reglas del juego. El resultado, gracias a editores y a autores, es un libro amable y conmovedor por momentos, que, como adelantaba antes, sitúa a la facultad en los principales debates culturales de cada época.

La publicación del libro se enmarca en una política del actual decanato de “reposicionar la arquitectura y el diseño como dimensiones fundamentales de la cultura”, como le contaba el año pasado a la diaria Scheps (ver ladiaria.com.uy/articulo/2015/5/forma-y-espacio/); de la misma forma, en el prólogo de Cien años afirma que el libro intenta ser en sí mismo un “acontecimiento cultural”. Este libro tiene la capacidad de establecer ese nexo entre cultura y arquitectura a través del tiempo y, de alguna forma, propone el desafío de “asumir las responsabilidades de nuestro tiempo en el proceso de construcción histórica”, continúa Scheps.

100 relatos

Me propongo ahora repasar someramente algunos de los hitos principales, una selección personal y errática, que aparecen narrados en Cien años. Sólo cuando incorpore algún texto de forma literal citaré al autor; los autores restantes pueden ser consultados en el índice del libro.

1915 fue el año en el que la tensión entre arquitectos e ingenieros acabó por definir los perfiles y las especificidades de cada una de esas disciplinas; a partir de entonces, se crearon ambas facultades (otro ejemplo del tan manido binomio crisis-oportunidad), con la participación destacada del doctor Baltasar Brum. En esos primeros años de la facultad, la figura predominante fue, sin duda, la de Monsieur Joseph Carré, quien lentamente guio la transformación de la carrera: de una formación academicista (Beaux-Arts) a una formación más renovadora, apoyada más adelante en los profesores arquitectos Mauricio Cravotto y Julio Vilamajó.

En 1918 se creó el Centro de Estudiantes de Arquitectura (Ceda); el libro da cuenta de su constante y activa participación a lo largo del centenario, en muchos casos proponiendo y fomentando los principales debates sobre temas de arquitectura y sociedad. Así lo muestran los textos correspondientes a la creación de la Revista Ceda, editada por primera vez en 1932; la huelga estudiantil del año siguiente contra el golpe de Estado de Gabriel Terra; la realización del mundialmente famoso grupo de viaje, que tuvo su primera experiencia en 1947; la colocación de una enorme pancarta en la fachada de la facultad que rezaba: “Fuera el imperialismo yanqui de América Latina, viva la revolución cubana”, por la visita de Dwight Eisenhower a Montevideo en 1960 (hecho que terminó en una fuerte represión policial); la edición de una nueva revista en 1981, Trazo, que procuraba generar espacios de libertad en una facultad aún intervenida por la dictadura; la realización del Encontrazo un año después, nombre que en 1990 volvería a ser usado para el Primer Encuentro de Estudiantes de Arquitectura, realizado en Montevideo, que inauguró una tradición de encuentros anuales en toda América del Sur.

Volviendo al orden cronológico, en 1918 se realizó por vez primera el Gran Premio (antecedente lejano de los citados grupos de viaje), que consistía en enviar un estudiante a un largo viaje de estudios. La página del año 1920 relata la experiencia de Vilamajó y la relación con sus dibujos, algunos de los cuales aún pueden verse en el Museo Nacional de Artes Visuales hasta el 21 de febrero.

El relato del centenario pondera el decanato renovador de Leopoldo Carlos Agorio en 1928, ya que, como escribe la arquitecta Cecilia Hernández Aguirre, “su discurso refleja la idea del tránsito de una enseñanza en el plano abstracto, sin contenido de valores sociales, estéticos ni técnicos, propios de la composición Beaux-Art, a la aceptación de la técnica, la industria y los cambios en los modos de vida como motor de un arte nuevo”. Estos planteos alimentaron la discusión de los años siguientes, que tuvo un particular énfasis en los aspectos sociales de la disciplina.

Entre 1934 y 1936, Joaquín Torres García brindó una gran cantidad de conferencias en la facultad que vinculaban arte y morfología. Más allá de la importancia puntual de estos cursos dictados por Torres, es de destacar la influencia que tuvo el afamado pintor en arquitectos como Rafael Lorente Escudero, Ernesto Leborgne y Mario Payssé Reyes.

En 1936 comenzó a funcionar en la Facultad de Arquitectura el Instituto de Teoría y Urbanismo (ITU), dirigido por Cravotto, un año después de que una de sus principales figuras, el arquitecto Carlos Gómez Gavazzo, pusiera en relación la desorganización urbana de Montevideo con la falta de formación técnica específica en urbanismo, y un año antes de que el ITU publicara el primer número de su revista. Esta vinculación entre institutos, gremios y publicaciones propias signa la historia de la facultad, y se mantiene hasta nuestros días. Además del ITU, el pensamiento urbano tuvo en los Seminarios Montevideo y en la Maestría de Ordenamiento Territorial sus principales plataformas de reflexión.

Si pensamos en la Facultad de Arquitectura, pensamos inmediatamente en su edificio actual, obra de Román Fresnedo Siri y Mario Muccinelli, inaugurado en 1948. Actualmente saludable, fue preciso que transitara por varios procesos de recuperación edilicia y de su equipamiento, y, luego de pequeñas adiciones sobre la calle Mario Cassinoni, se proyecta una gran ampliación sobre ese sector. Además, en 2011 la facultad se hizo cargo del Museo Casa Vilamajó y adquirió su casa vecina para albergar al Centro de Posgrados, la Casa Centenario.

“El Plan de Estudios de 1952, parteaguas entre dos épocas, fue asumido como mito fundacional de un proceso que, teniendo un ancla en lo disciplinar, se proyectaba en un escenario político de signo progresista…”, resume el arquitecto Nery González. El viraje hacia una facultad más involucrada en los temas políticos (y posicionada ideológicamente en un contexto de Guerra Fría) estableció el marco para las discusiones sobre el perfil de formación del arquitecto de los siguientes 20 años, temas que volvieron a aparecer en la discusión de los planes de 2002 y 2014. El nuevo escenario a partir del Plan 52 trajo aparejado el alejamiento de importantes profesores (y excelentes arquitectos), como Cravotto, Octavio de los Campos e Ildefonso Aroztegui.

Resulta natural pensar en la época de la intervención de la Universidad, de 1973 a 1985, como una etapa oscura; sin embargo, el libro recoge testimonios de resistencia, algunos entrañables, otros jocosos, que resaltan la convivencia y, sobre todo, la creatividad. Los relatos cuentan sobre la búsqueda de espacios de libertad, el diseño de la libertad, ya sea en el ámbito privado de los estudios como en la militancia por la defensa de la ciudad, el Grupo de Estudios Urbanos, la edición de una nueva revista de los estudiantes (la mencionada Trazo) y el primer encuentro de estudiantes (también nombrado más arriba, el Encontrazo).

Finalizando la cronología, quedan muchos momentos por nombrar -en especial, del pasado reciente: las participaciones en la Bienal de Venecia, el premio Archiprix, la reciente creación del doctorado y todo lo relacionado con el intenso año del centenario-, algunos de éstos ya abordados con anterioridad en la diaria. Pero este espacio es acotado y este texto es una excusa; para todo lo demás está el libro.

FADU

A las 00.00 del 28 de noviembre, la facultad cambió su nombre por Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU). Hoy, la FADU recibe a 1.200 estudiantes por año en sus cinco carreras: Arquitectura, Diseño Industrial, Diseño de Comunicación Visual, Diseño de Paisaje y Diseño Integrado. Scheps cierra el libro (y este texto) con este fragmento: “Nuestra Facultad consolida un espacio completo y sinérgico, abocado a la investigación y formación en torno al proyecto y la transformación del hábitat. Para profundizar la incidencia social y cultural de nuestras disciplinas […] buscamos adecuar y re-imaginar, con rigor y exigencia, creatividad y honestidad intelectual, sus valores, su identidad y su especificidad”.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

http://ladiaria.com.uy/articulo/2016/1/historias-detras-de-planos/

La diaria, edición 29/01/16

La diaria, edición 29/01/16

De todos

Bascans, Sprechmann, Vigliecca y Villaamil - Complejo Bulevar © gustavo hiriart

Bascans, Sprechmann, Vigliecca y Villaamil – Complejo Bulevar © gustavo hiriart

Más de una vez me ha sucedido que, al contarle a un extranjero que vivo en una cooperativa de viviendas, en su mirada aparece un gran signo de interrogación, mientras probablemente en su mente se dibuja alguna imagen de comunidad hippie de los años 70. Conviene preguntarse por qué algo tan normal para un uruguayo suena tan extraño afuera; y preguntarse también si siempre fue tan normal, o en qué momento y cómo se volvió parte de nuestra cultura habitacional.

Éstos son algunos de los temas que aborda la exposición Cooperativas de vivienda en Uruguay: medio siglo de experiencias, presentada inicialmente en el Muséu da Casa Brasileira de la ciudad de San Pablo, que se podrá visitar en Montevideo este fin de semana del Patrimonio (10 y 11 de octubre) en la Casona Mauá de la Ciudad Vieja, y luego, del 16 al 20 de noviembre, en el hall de la Facultad de Arquitectura (Farq) de la Universidad de la República, como parte de los festejos de su centenario.

El trabajo que da origen a la muestra es una investigación en curso de la Unidad Permanente de Vivienda de la Farq, producida entre ésta y la facultad paulistana Escola da Cidade. La curaduría estuvo a cargo de los arquitectos Alina del Castillo y Raúl Vallés por la facultad uruguaya, y Luis Octávio de Faria e Silva y Ruben Otero por la brasileña.

La exposición, que muestra una primera etapa de la investigación, hace foco en 21 casos de estudio localizados en Montevideo. Esa selección deja fuera, por falta de documentación, algunos ejemplos importantes, lo que se explica por el intento de desmantelamiento del sistema cooperativo a manos de la dictadura y el exilio de algunos de sus principales actores. De todos modos, el grupo que se muestra permite ver claramente la calidad, tanto individual como colectiva, de los proyectos elegidos, y extrapolar la relevancia del cooperativismo de vivienda como sistema, en tanto solución habitacional y propuesta urbana, tecnológica y social.

Si bien aún no fue posible presenciar la exposición en Uruguay, en la librería de la Farq ya se puede conseguir el catálogo que, además de acompañar la muestra, es en sí mismo un libro interesante y bien documentado (actualmente se prepara la segunda edición corregida). Los proyectos seleccionados se presentan uno por uno (precedidos por seis textos, más el prólogo elaborado por el decano de la facultad). Es destacable el trabajo de redibujo que nos acerca, en algunos casos por primera vez, información gráfica de las obras. También vale mencionar el conjunto de fotografías de Andrea Sellanes, que son el hilo conductor del catálogo y describen la participación de los usuarios en la construcción, en especial la de las mujeres.

La carreta y los bueyes

Tal como lo relata en el catálogo el arquitecto Miguel Cecilio, protagonista del nacimiento y desarrollo del sistema cooperativo de viviendas, las primeras experiencias en este terreno fueron anteriores a la Ley Nacional de Vivienda de 1968, que les dio marco y de la que Cecilio fue uno de los redactores.

A principios de la década del 60, la sociedad uruguaya se encontraba sumida en una profunda crisis, con altos niveles de desempleo y una altísima inflación. Por primera vez un organismo público, la Comisión de Inversiones y Desarrollo Económico (CIDE), realizó un estudio para cuantificar el déficit habitacional, a la vez que propuso un plan para comenzar a corregirlo. Según Cecilio, “los resultados del plan de la CIDE no recibieron una inmediata aplicación, pero su difusión fue fecunda, pues generó una conciencia generalizada respecto de la magnitud del problema”. La producción pública de vivienda se concentraba en el Instituto Nacional de Viviendas Económicas (INVE) y el Banco Hipotecario del Uruguay (BHU), ambos fundidos, por recibir los retornos de sus préstamos en pesos fuertemente devaluados debido a la mencionada crisis.

En ese contexto, el INVE contaba con un convenio con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para la construcción de 1.000 viviendas, pero era incapaz de hacerlo efectivo al no poder constituir la contraparte local. El momento creativo surge cuando el Centro Cooperativista Uruguayo (CCU) le plantea al INVE “aunar una serie de contribuciones, por un lado el esfuerzo de las familias mediante el aporte de su mano de obra, y por otro el de las intendencias cooperando con un terreno”, como lo cuenta Cecilio. Establecida pues la contraparte, base económica de todo el sistema, desde el CCU se proyectaron las primeras tres cooperativas en el interior del país, que albergaron a 100 familias: Isla Mala, en Florida; Éxodo de Artigas, en Fray Bentos; y Cosvam, en Salto. Tanto en estos primeros proyectos como en muchos otros de los que aparecen en la exposición sobresale la figura del arquitecto Mario Spallanzani.

Estas primeras experiencias sirvieron de insumo para las definiciones de la Ley Nacional de Vivienda, que en su décimo capítulo le da marco al cooperativismo de vivienda. Crea la figura de la cooperativa de usuarios, en sus modalidades de ayuda mutua (el usuario aporta horas de trabajo en obra) y de ahorro previo (el usuario aporta un porcentaje del costo de la obra); las cooperativas matrices (unidades cooperativas asociadas) y los institutos de asistencia técnica (IAT, equipos interdisciplinarios que asesoran a las cooperativas). Además, la ley habilita a las cooperativas para que promuevan programas sociales, que provean servicios y promuevan tanto la integración del grupo que las conforma como la de éste con el barrio en el que se radica. En términos conceptuales, la norma de 1968 estableció el derecho a la vivienda digna y el mínimo habitacional aceptable, introdujo el concepto de planificación y creó el Fondo Nacional de Vivienda, la Dirección Nacional de Vivienda y la Unidad Reajustable.

La realización de aquellas tres cooperativas en el interior y la aprobación de la ley encendieron la mecha: el ingeniero Benjamín Nahoum afirma en su texto del libro que en 1975, tan sólo siete años después, “las estadísticas del BHU mostraban que uno de cada dos créditos que se solicitaban al Plan para construir viviendas, era para hacerlo por cooperativas”. Más allá de la enorme necesidad de vivienda y de la disponibilidad de mano de obra ociosa por los altos niveles de desocupación (lo que favoreció la construcción por ayuda mutua), Nahoum remarca la importancia del contexto cultural al explicar la rápida apropiación del modelo por parte de los usuarios: “Antes de 1968 existían cooperativas de las más diversas ramas; un sistema financiero de acceso a la vivienda que se basaba en el ahorro previo; la participación de los propios interesados, articulados de diversas maneras, en la producción de su hábitat, y la propiedad cooperativa de los medios de producción”.

Cuestiones disciplinares

Al inicio de este texto, al hablar del presunto extranjero, omití (no sin intención) la posibilidad de que se tratara de un arquitecto; ahí la cosa cambia. El interés que existe en el mundo de la arquitectura sobre el sistema cooperativo de vivienda uruguayo y sus mejores ejemplos puede resumirse en la presencia del Complejo Bulevar (conjunto que hace pocos días celebró sus 40 años) en la más grande exposición de arquitectura latinoamericana del Museo de Arte Moderno de Nueva York (ver ladiaria.com.uy/ADjr). De alguna manera la actual exposición, y especialmente la investigación de la UPV, vuelven a poner en la mira una producción fundamental en la historia de la arquitectura nacional, que, como suele ocurrir (ya fuera por falta de material o de interés), estaba injustamente desatendida.

Más allá de la importancia cuantitativa de las soluciones habitacionales (uso conscientemente ese frío término) y de las características de movimiento social del cooperativismo (que no me animaría a tratar aquí), me interesa remarcar ahora los desafíos que generó y continúa generando dentro de la disciplina arquitectónica.

El proceso de proyecto participativo e interdisciplinario requirió adaptación y flexibilidad de parte de los arquitectos, que, al tiempo que cedían grados de autoría (y autoridad), incorporaron, como nunca en obras de gran escala, la noción de habitante, con sus necesidades y deseos. La producción, en especial la que involucra a los usuarios en la construcción, se convirtió en tema fundamental del proyecto, en muchos casos adaptando o creando tecnologías y soluciones constructivas ad hoc, que incluyeron la prefabricación en obra o en plantas compartidas entre cooperativas matrices. También supuso un desafío el problema de la escala, que abarca la unidad y sus variantes (y sus posibilidades de crecimiento y adaptación), el diseño del espacio y los equipamientos colectivos (el conjunto Vicman en Malvín Norte es un excelente ejemplo de esto), la morfología y la relación con el tejido urbano en el que se inserta la obra (o la creación de ese tejido en casos de la periferia, como sucedió con Mesa 1, en La Cruz de Carrasco).

En relación con este último punto, se constata lo que plantea en su texto del catálogo la arquitecta Alina del Castillo: “La escala de estas intervenciones, combinada con la introducción de lógicas de ocupación del suelo ajenas a las de la manzana tradicional, generó interrupciones en el tejido urbano al modo de islotes”, retazos de ciudad con identidad propia que no siempre establecen una continuidad con su entorno inmediato (actualmente muchos de los conjuntos han sido enrejados, lo que refuerza esta sensación de barrio dentro del barrio). Algunos proyectos contemporáneos construidos en zonas más céntricas, como las nuevas cooperativas en el Barrio Sur contra el Cementerio Central, intentan romper, con mayor o menor acierto, con esa condición cerrada de algunos conjuntos más antiguos. Además, desde mediados de los años 90 se comenzó a utilizar la modalidad del reciclaje para cooperativas, en especial en la Ciudad Vieja, como forma de densificar (además de preservar) zonas de la ciudad que cuentan con servicios subutilizados.

La exposición Cooperativas de vivienda en Uruguay: medio siglo de experiencias nos permite conocer más sobre una realidad que, además de sus implicancias sociales y disciplinares, forma parte de nuestra identidad colectiva; un patrimonio físico y cultural que debemos cuidar y del que podemos extraer algunas claves para construir los próximos 50 años.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

http://ladiaria.com.uy/articulo/2015/10/de-todos/

La diaria, edición 08/10/15

La diaria, edición 08/10/15

Con el diario del martes – Exposición en el CCE

© centro cultural de españa

© centro cultural de españa

Desde el viernes 10 de Julio, y hasta el 5 de setiembre, se podrá ver en el Centro Cultural de España (CCE) la exposición de la XII Bienal Española de Arquitectura y Urbanismo (BEAU), edición presentada a fines de 2013 y que observa las realizaciones de los dos años precedentes. La muestra se enmarca en un año en el que el CCE se ha propuesto dar protagonismo a temas relacionados con el espacio urbano, y cuenta con el apoyo de la Facultad de Arquitectura de la UdelaR en su centenario.

El tema propuesto para esta edición es el de la Inflexión, y marca un punto de quiebre con ediciones anteriores, y por lo tanto con la mirada que los propios arquitectos españoles han tenido sobre su producción en las últimas décadas. Para entender mejor esta inflexión, basta con leer la presentación de la edición del 2011, que muestra el estado de negación con el que aún se vivía la ya instalada crisis económica y social: “…futuro a la vista, de la realidad española como potencia internacional, de una industria cultural y técnica de primer orden, reconocida y prestigiada…” En contraste, en el primer párrafo del importante catálogo que acompaña la muestra actual, aparecen expresiones tales como eficacia, mesura, necesidad, respeto, sostenibilidad, reutilización y responsabilidad.

El acta del jurado, que contó esta vez con una menor participación extranjera, refleja con claridad la preocupación por las “contradicciones de una actividad que ha producido en los últimos tiempos obras de altísima calidad arquitectónica junto a otras actuaciones desmesuradas y en ocasiones abandonadas o infrautilizadas”. Previo a la conocida burbuja inmobiliaria, desde la década del 90 (y en parte gracias a la inyección económica de la Unión Europea) la arquitectura española vivió constantes momentos de esplendor, impulsada por la obra pública y apoyada en la figura del concurso público. El notorio exceso de infraestructura cultural, muchas veces injustificada, no alcanza a opacar la cantidad de realizaciones que marcaron la arquitectura europea y mundial de las dos décadas anteriores.

Varios fueron los cambios introducidos por los directores de la XII BEAU, los arquitectos Fuensanta Nieto y Enrique Sobejano, en función de esta nueva mirada, a la vez crítica y constructiva, que marca según ellos “este momento como punto de inflexión, no de regresión, del cual extraer conclusiones válidas en base a las que afrontar con un necesario optimismo el futuro próximo.”

Las categorías de evaluación, por ejemplo, guían la selección hacia proyectos relacionados con la utilización y protección de recursos existentes (edilicios, de territorio y paisaje) o revitalización y transformación de centros urbanos. La que, por novedosa, más llama la atención es la relacionada a la Acción participativa y social, llevada adelante por colectivos de jóvenes arquitectos. Por el contrario, la que más se asocia a la etapa previa es la de Símbolos Cívicos, lo que también se refleja en los proyectos premiados. 

La estructura de premios también fue renovada, eliminando las escalas intermedias; en este caso se muestran los 15 proyectos premiados, y otros 27 finalistas, “obras muy notables no concebidas para competir entre sí, sino expuestas conjuntamente como representación del estado de la cuestión”, como explica el acta.

El formato de la exposición también resulta novedoso, y parece adecuado a los fines de esta edición de la BEAU: se trata de una instalación audiovisual, montada en cinco televisores (a cada uno le corresponde una categoría distinta), más una proyección en gran formato. Para cada uno de los proyectos seleccionados se realizaron piezas de video, las que se exhiben por momentos en pantalla completa, por momentos en mosaicos, permitiendo apreciar a la vez diferentes ángulos del mismo proyecto. Si bien las tomas son fijas, se utiliza también el recurso de la cámara rápida, registrando los cambios de luz y dotando de dinamismo a la propuesta visual. Inexplicablemente los textos dentro de los videos están solamente en inglés.

El hecho de presentar a todos los proyectos con el mismo lenguaje refuerza la unidad del conjunto, y por lo tanto del discurso propuesto. La elección del video (en vez de la tradicional muestra de fotografías y dibujos) acerca, por decirlo así, al visitante y al proyecto; desmitifica al objeto, haciéndolo parte de algo más cotidiano, menos perfecto. Ayuda, quizá, a evitar lo que Wilfried Wang explica en su texto en el catálogo como un “alejamiento entre el concepto y la realidad”.   

Resulta fácil hacer leña del árbol caído y regocijarse en la crítica al despilfarro o la banalidad; más difícil es encontrar las claves de una transformación real y duradera, que no signifique una simple pausa hasta que las condiciones económicas vuelvan a permitir la fiesta. El tiempo dirá si este punto de inflexión que plantea la XII BEAU representa un verdadero cambio de postura, o si por el contrario se trata de simplemente acomodar el cuerpo. Si es lo primero, seguro volveremos a maravillarnos con la arquitectura española.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

http://ladiaria.com.uy/articulo/2015/7/con-el-diario-del-martes/

La diaria, edición 28/07/15

La diaria, edición 28/07/15

Arquitectos Nacionales – Exposición en el Atrio Municipal

Luis García Pardo - Edificio El Pilar © gustavo hiriart

Luis García Pardo – Edificio El Pilar © gustavo hiriart

¿Qué pueden tener en común el Estadio Centenario, el Palacio de la Luz, el edificio El Pilar, que ocupa la proa de Av. Brasil y Br. España, o la sucursal 19 de Junio del Banco República (BROU)? Ya que fueron proyectados por cuatro diferentes arquitectos, y con más de 40 años entre la culminación del primero y el último, la respuesta a dicha pregunta quizá no sea evidente. La exposición itinerante Arquitectos Nacionales, de la Facultad de Arquitectura de la UdelaR, que puede visitarse hasta el 25 de Junio en el Atrio de la Intendencia de Montevideo, tal vez ayude a encontrar una respuesta.

La muestra reúne cuatro exposiciones individuales, producidas por el Instituto de Historia de la Arquitectura, sobre la obra de Juan Antonio Scasso (1892-1973), Román Fresnedo Siri (1903-1975), Luis García Pardo (1910-2006) e Ildefonso Aroztegui (1916-1988). Cada una de las exposiciones que hoy se juntan, la primera de ellas exhibida en el 2007 (Scasso) y la última inaugurada en 2014 (Aroztegui), cuentan además con un catálogo en formato de guía (bueno como ficha, pero un tanto incómodo como libro) elaborado también por la Facultad.

La excusa que promueve esta exposición es la celebración del centenario de la Facultad (del cual hablamos ya con su Decano, ver la diaria 15/5/2015), pero lo que motiva el conjunto de las muestras y sus respectivos catálogos es la voluntad de volver a entender a la arquitectura como parte fundamental de la cultura. O como dice en el prólogo del catálogo dedicado a Aroztegui: “Es imprescindible informar y formar acerca de la arquitectura para valorarla y disfrutarla, para mantener y mejorar el patrimonio que hemos recibido y habremos de legar; para recuperar la arquitectura como dimensión relevante de la cultura”.

El análisis de la obra de los cuatro arquitectos aparece muy documentado y bien ordenado en todos los casos, siendo que en tres de los trabajos se contó con importantes archivos provenientes de donaciones por parte de las familias de los profesionales. Lamentablemente el material fotográfico no es siempre de primer nivel, en especial cuando se trata de fotografías contemporáneas, lo que afecta más a los paneles expositivos que a las fotos pequeñas de los catálogos.

Si observamos las carreras de estos arquitectos formados en la tradición de la academia, veremos cómo, cada uno de diferente manera, incorporó el pensamiento renovador proveniente de las vanguardias artísticas europeas y el movimiento moderno. Basta apreciar la distancia que hay, como propuesta espacial y expresiva, entre el primer proyecto de Aroztegui para el BROU de 18 de Julio, con su columnata neoclásica, y el que finalmente se construyó a principios de la década del 70; o las primeras casas de García Pardo, con tejado y muros que alternan revoque y piedra, y sus proyectos de vivienda agrupada con estructuras complejas y muro cortina de vidrio, como el edificio Positano, ubicado en Ponce y Charrúa.

Aunque varios de estos proyectos puedan haber resultado impactantes (incluso chocantes) en su momento, quizá lo más interesante que encontramos en esta exposición es el aporte de estos arquitectos a la elaboración de una sensibilidad de época; de una cultura material que recorre las diferentes escalas que van desde el diseño de mobiliario (Fresnedo), equipamiento en el espacio público (Scasso), diseño de sistemas constructivos (García Pardo), la creación de espacialidades   radicales (Aroztegui) a el diseño urbano. Y por el otro lado, el importante conjunto de proyectos construidos evidencia la voluntad de una sociedad ávida de nuevas propuestas, la cual depositó su confianza en esta generación de profesionales, a la cual quedan muchos nombres por agregar.

No resulta tan importante conocer sus nombres, o saber quién fue el autor de tal o cual edificio, pero sí entender la relación entre la calidad de sus propuestas y el tipo de sociedad que ayudaron a construir. Puede ser más fácil de comprender observando los equipamientos colectivos, como el Estadio Centenario (Scasso), la Facultad de Arquitectura (Fresnedo), pero también se aprecia en proyectos privados como el edificio Gilpe (García Pardo), que sin resignar nada en su ámbito doméstico colabora en la construcción de ciudad de calidad. También se podría, tristemente, comprobar por el absurdo: es el caso del injustificable agregado a la fachada de la ya nombrada sucursal 19 de Junio del BROU, arruinando no sólo la fachada, sino la relación entre el espacio del gran hall y la Plaza de los 33, y por lo tanto empobreciendo, de paso, la avenida más importante de nuestra ciudad.

Como forma de poner en evidencia una serie de espacios de interés para la disciplina, y dentro del programa de festejos por los 100 años de la Facultad, además de albergar esta exposición el Atrio municipal se integra al proyecto llamado 100 Intervenciones x 100 Espacios. Paralelamente la Facultad trabaja en la elaboración del libro del Centenario, y el lanzamiento del número de la REVISTA #13, que abordará el mismo el mismo tema.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

http://ladiaria.com.uy/articulo/2015/6/nuestros-cimientos/

La diaria, edición 24/06/15

La diaria, edición 24/06/15

Una callada manera – Entrevista a Gustavo Scheps

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© sandro pereyra

La Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República está cumpliendo 100 años. Por ese motivo conversé con el actual decano, el arquitecto Gustavo Scheps (elegido en 2009 y reelecto en 2013). Dedicado a la tarea de volver a situar la arquitectura y el diseño en la esfera de la cultura, habló sobre el centenario de la facultad y cómo ésta crece, se piensa a sí misma y se prepara para dar a conocer lo que hace.

¿Qué significa para la Facultad de Arquitectura estar cumpliendo cien años?

El Centenario es un buen pretexto para de alguna manera reflexionar y hacer reflexionar sobre lo que es la arquitectura; sobre lo que hacemos y deberíamos hacer dentro de la facultad, y lo que debería ser nuestro aporte a la sociedad y la cultura. En realidad son 100 años como facultad independiente, y alrededor de 130 años de la presencia de la arquitectura en el país, como enseñanza dentro de la Facultad de Matemáticas.

Uno repasa y ve que tenemos una trayectoria contundente: es una facultad que tiene un perfil muy claro, muy fuerte, muy vinculado sobre todo al proyecto, que de algún modo entiende al proyecto como una cuestión compleja que abarca la multitud de escalas que construyen el hábitat. Su estructura, que se ha mantenido a lo largo de los 100 años, en base a Talleres Verticales (1) también le da a los arquitectos en este país un perfil identitario bastante reconocible.

De alguna forma entendés que hay una relación entre aquel arquitecto que se formaba hace 100 años y el que se forma ahora ¿Existe una linea, tal vez a través de los talleres verticales, que le da una cierta continuidad?

Yo creo que se puede hablar de continuidad. En verdad las continuidades las construye uno, desde cierta voluntad de construirlas. Yo diría que hay una matriz que se ha mantenido bastante constante, desde los inicios, en términos de cómo se produce la enseñanza. Es decir: se ha centrado en el taller, y se ha basado en talleres verticales, esto es: que ponen en contacto a todos los estudiantes de todos los años con docentes diferentes, que a su vez pueden cambiar de lugar dentro del taller. Eso genera una proximidad muy grande entre el estudiante y el docente. El rango jerárquico, por así decirlo, es bastante chato. En nuestra facultad es muy normal hablar con mucha comodidad con el catedrático o quien fuera, quizá más de lo que es habitual en otras disciplinas. Y eso genera también una manera muy fluida de relacionarse con los más jóvenes y con los mayores. Yo creo que esa matriz existe; incluso es interesante cómo esa matriz construye un discurso, en el cual, como decía al principio, esa vinculación entre las diversas escalas y problemas, se pone de manifiesto.

Está claro también, que el período más reciente, con una enorme masividad, pone en problemas este modelo, e incluso lo hace tambalear. Pero de algún modo existe. Es interesante pensar cómo el Plan 52 (2) fortaleció la estructura de talleres, cuando en realidad esta estructura es un formato de enseñanza que responde a las visiones académicas, que eran precisamente lo que el plan venía a cuestionar: le exigía a la facultad mayor compromiso con el medio y con la realidad, y adoptar un protagonismo en términos de cambio, pero se apoyaba, y creo que con enorme inteligencia en el taller, la herramienta paradigmática de la facultad, para redoblar la apuesta, y completar esa visión de las escalas que nombraba antes.

De hecho en la región los talleres verticales son una excepción…

Los talleres verticales son cada vez más excepcionales. Existen, en Argentina son muy comunes, pero en general han sido sustituidos por estructuras horizontales, es decir: cursos por año. Más allá de emitir juicios a cerca de esto, creo que el modelo deja una impronta en la formación, en la formación docente y en esta psicología social, por decirle de alguna forma, del arquitecto, de esa manera de vincularnos entre nosotros y con los otros.

Existe entonces esa matriz común, pero por otro lado también hay diferencias notorias, porque el medio ha cambiado. Y creo que parte de la responsabilidad de la facultad hoy día es entender qué es lo que hacemos los arquitectos, cómo lo hacemos, y presentarlo a la sociedad de manera agiornada para que nuestro aporte pueda ser verdaderamente significativo. Muchas veces la sociedad mantiene una visión perimida de la arquitectura; y muchas veces nosotros actuamos en función de esa visión perimida. Entonces hay como un círculo que se retroalimenta, dónde se esperan ciertas cosas de la arquitectura, la arquitectura las genera, pero en realidad no se expande, no se difunde, y este es parte del empeño que estamos haciendo para este centenario.

¿Y cómo se propone la facultad expandir, por usar tu término, las celebraciones por el centenario?

Hay un hilo conductor en el trabajo que estamos haciendo desde el decanato, que tiene que ver con reposicionar a la arquitectura y el diseño como dimensiones fundamentales de la cultura. Y esto no lo afirmamos con un espíritu corporativo, sino que entiendo que verdaderamente es parte de la responsabilidad de esta facultad reconstruirse como campo de conocimiento. Es mucho más el aporte que podríamos hacer, del que estamos haciendo, y es mucho más lo que nos deberían pedir.

Para alinear los festejos con esta filosofía, la idea es tratar de presentar lo que hace la facultad; además de hacer un reconocimiento de lo que ha sido la trayectoria, mucha y muy importante, sobre todo pretendemos mostrar lo que hace la facultad. En este sentido, se están previendo una serie de actividades, que naturalmente incluyen una fiesta en nuestra casa, pero también estamos buscando un contacto con los egresados, no sólo para hacerlos partícipes del centenario, sino para fortalecer lo que es el espíritu de una comunidad académica. En definitiva es parte de este proyecto de restitución de la arquitectura como una dimensión cultural, que debe asentarse en un auto-reconocimiento de quienes practicamos, estudiamos y enseñamos la arquitectura. El centenario es un pretexto para traer gente, disfrutarla, y para mostrarle a la sociedad y la cultura lo que hacemos en la facultad.

Se han hecho y se están haciendo convocatorias; por ejemplo en este momento el consejo aprobó la edición del libro del centenario, que queremos que sea una pieza amable, atractiva, que pueda ser un elemento común entre distintos arquitectos, y que también la gestación del libro sea un proceso interesante.

En relación a lo que se hace en la facultad ¿Cómo encuentra el año 100 a la facultad?

Lo encuentra en la mejor condición para celebrar el centenario. Esto es: creciendo y discutiéndonos. Porque es la verdad, la facultad durante más de 90 años solamente formó arquitectos. Hoy tenemos, además de arquitectura, muchas carreras: tenemos licenciatura de paisaje, de comunicación visual, de diseño industrial y diseño integrado en Salto. Y eso nos coloca en posición de ser la plataforma más potente que hay en el país para el estudio y la enseñanza del proyecto y la transformación del hábitat. De hecho, a la tradición de incorporar el pensamiento y el ordenamiento territorial y lo urbano en la formación del arquitecto (que es indisoluble) ahora también podemos decir que hemos incorporado el diseño de los objetos. Del objeto al territorio todo el proyecto y transformación del hábitat están en discusión la facultad.

¿Se ha pensado en cambiar el nombre de la facultad?

Ahora mismo en el consejo se está discutiendo el cambio de nombre. La idea es cambiar el nombre con la celebración del centenario, y la propuesta que hay es que al día siguiente de cumplir los 100 años la facultad cambie su nombre.

Y este es otro aspecto interesante, y es que la facultad se está discutiendo a sí misma: se está discutiendo con relación al plan de estudios de la carrera arquitectura, que está en proceso de implementación, y es un plan que trata de cambiar las cosas e ir a dimensiones más esenciales, más profundas; trata de ser menos anecdótico, menos acumulativo de contenido para pasar a ser más sustancial. Y por otro lado, esa discusión del plan, ha motivado que la facultad se mire a sí misma en todos los sentidos. La estructura docente está en discusión, tenemos que modernizarla de tal forma que permita un desarrollo de las carreras docentes, que rompa la estructura fragmentaria que ahora tenemos, que es contradictoria con la naturaleza del campo del conocimiento.

El tema del nombre está en una polémica intensa, y al mismo tiempo se discute todo. Se acepta que en la facultad se hacen ordenamiento territorial y urbanismo, pero nos preguntamos si eso debe incorporarse en el nombre o está implícito en la propia idea de la arquitectura. Y es muy interesante la polémica porque en realidad se está viendo qué refleja mejor lo que hacemos. Lo cual significa que estamos pensando a cerca de lo que hacemos, lo que no está nada mal.

¿Hay cambios también a nivel posgrados?

En nuestro país, la arquitectura como disciplina tiene un cierto rezago en cuanto a aceptar la importancia del posgrado. En este momento la facultad ha implementado el Sistema Integrado de Posgrados, una matriz en la cual todos los posgrados están puestos en contacto, lo cual permite un aprovechamiento de recursos humanos y materiales, permite que el estudiante pueda generar una carrera de posgrado personalizada, incluso tomando cursos fuera de la facultad. El doctorado se instaló en la facultad hace más de un año y cuenta ya con diez estudiantes, de manera que ahora tenemos completo el arco de los posgrados. Es una responsabilidad ineludible asegurar la posibilidad de formación al egresado y al docente; la transformación del conocimiento es muy grande y es una responsabilidad académica ofrecer la chance de que todos puedan seguirse formando.

Se inauguró una exposición en el Centro Cultural de España sobre las publicaciones de la facultad.

Hemos hecho un gran esfuerzo, no solamente por publicar centralmente, sino también por generar sinergia entre lo que se hace. Por ejemplo, las muestras itinerantes de arquitectos nacionales, que organiza el Instituto de Historia de la Arquitectura (IHA), se convierten paralelamente en una colección de catálogos, que no solo acompañan la muestra, sino que en sí mismos tienen valor documental.

Con las conferencias inaugurales de cada semestre, dictadas por invitados internacionales, generamos también la colección libros Conferencias. A esos mismos invitados los entrevistamos en la Casa Vilamajó, lo que también termina publicado: ya han sido editados dos libros de complicaciones de dichas entrevistas.Todo esto está superpuesto a lo que son las publicaciones de los diferentes institutos, como la revista Vivienda Popular editada por la Unidad Permanente de Vivienda, o Vitruvia, la nueva revista del IHA. Luego de 25 años sin ser publicada, estamos editando, a un número por año y ya está por salir el cuarto, la REVISTA de la facultad.

Al mismo tiempo estamos intentando redoblar la apuesta y generar un vínculo con el mercado editorial, porque realmente se están generando productos de muy buena calidad, pero tenemos la dificultad de que no llegan al público con la fuerza que deberían llegar.

En el prólogo de la primera edición de la nueva era de la REVISTA escribiste que esta revista “es en sí misma un espacio público”. Luego de tres números editados ¿en qué medida se verifica esa afirmación?

Creo que en buena medida la REVISTA no es la tradicional revista de escuela de arquitectura; se ha convertido deliberadamente en un espacio que trata de aportar al debate de ciertos temas. La presencia del pensamiento de la facultad está en la reflexión y en algunos ejemplos de la praxis, pero sobre todo trata de ser un elemento que apunte al debate.

Lo cierto es que todavía no estamos en el plano que aspirábamos, quizá con exceso de optimismo. Pero el camino es la persistencia, y reconocer los errores: tenemos problemas de distribución y de visibilidad; hay muy pocos medios que atienden lo que se hace en este campo. Pienso que el centenario es una oportunidad para darle más fuerza. Todo esto está en agenda, planificado para en los próximos dos años llegar a un espacio editorial real y un vínculo fuerte con los medios que nos permita llegar a todos.

Nombraste antes a la Casa Vilamajó…

La casa de quien fue un arquitecto muy influyente para el país está administrada por la Facultad de Arquitectura, y hemos generado allí un museo, que en primer lugar lo que muestra es la casa, un muy lindo ejemplo de arquitectura, un ejercicio de proyecto verdaderamente muy rico. Está abierto dos veces por semana, con guías de la facultad que acompañan las visitas. Además es un espacio de exposiciones y se ha convertido en una pieza importante de la estrategia general de re-vincular la arquitectura y la cultura. Por otro lado la facultad compró la casa de al lado y allí se va a instalar la Casa Centenario, que va a alojar el centro de posgrados.

Con origen en la Casa Vilamajó está lo que hemos llamado el Premio Vilamajó, un premio a la generación de conocimiento en arquitectura y diseño. Esto parte de la idea de que la arquitectura y el diseño son un campo de conocimiento que tiene sus propias lógicas en cuanto a proponer conocimiento original, mostrando a la cultura nuevas formas de entender el mundo. Esta dimensión de la arquitectura como generadora de conocimiento es dificultosamente aceptada en determinados ámbitos académicos, es decir: los criterios de validación de la creación del conocimiento y de su mérito responden a mecánicas que tienen que ver con la generación de conocimiento científico. Este conocimiento a través del proyecto que tiende al hacer, a la transformación, no responde adecuadamente a estos criterios de validación. Por tanto el premio se plantea como un espacio de reconocimiento y legitimación desde la arquitectura y el diseño de estas propuestas de creación de conocimiento original. Estamos ahora en la tercera edición, y la idea es nuevamente que lentamente vaya permeando en la cultura académica y no académica.

La facultad estuvo involucrada en la elaboración de la exposición del MoMA de Nueva York sobre arquitectura latinoamericana (3). Vos particularmente escribiste el prólogo al capítulo sobre Uruguay. Desde tu punto de vista ¿qué relevancia tiene esta exposición para nuestra arquitectura?

De más está decir que es importantísimo estar en una vidriera del mundo como es el MoMA. Además de eso, si bien yo no tuve aún la oportunidad de verla, me han comentado que la muestra del sector uruguayo es muy buena. Creo que es de esas cosas que nos hacen falta. Es decir: la arquitectura uruguaya a nivel internacional tiene un gran prestigio, pero que es inversamente proporcional al conocimiento que se tiene afuera sobre nuestra arquitectura. Por alguna razón existe la sensación de que la arquitectura uruguaya es buena pero no se la conoce.

Está en la esfera del mito…

Hay algo de eso. Hay ciertos nombres que verdaderamente han dejado señales, pero hay algo que es verdad, o al menos yo estoy convencido: la arquitectura uruguaya es muy buena! Es muy buena pero está fuera de los parámetros de legitimación del mainstream. Es decir: hay poca arquitectura de la que se publica y de la cual se habla, y sin embargo el interés de esta arquitectura está, por ejemplo, en la construcción de ciudad, y lo ha estado en momentos muy diferentes. Incluso actualmente hay ejercicios muy interesantes de pequeña construcción, callada, pero que cuando uno la visita realmente entiende que está viendo algo bueno. No tenemos edificios paradigmáticos, tipo el Guggenheim de Bilbao, que te colocan verdaderamente en el mapa, pero la gente que nos visita se lleva aquella idea.

Creo que lo que falta en buena medida es encontrar un discurso persuasivo, para afuera y para nosotros mismos, que describa públicamente nuestra arquitectura, que es más de hacer que de reflexionar. No quiero decir que los que hacen no reflexionan, pero no hay demasiado texto y argumento desarrollado, aparte del principal argumento en la arquitectura que es la arquitectura misma. 

En el texto del catálogo hablás de la nuestra como una “callada manera”, que imagino no haya ayudado a la difusión hacia afuera ¿y cómo juega hacia adentro?

En ese texto lo que digo es que precisamente estamos en la condición ideal para tratar de encontrar un relato original; de mirar intensamente, con la mayor curiosidad, lo que hemos hecho y lo que estamos haciendo, y tratar de entender ciertas lógicas que están ahí. Y poniéndolas de manifiesto intentar darnos cuenta de que son valores que le dan cierto perfil a lo que hacemos. Sin buscar un regionalismo, ni una mirada demasiado original, pero hay ciertas cuestiones que acá se han mantenido. Por ejemplo, yo he reflexionado en el manejo del espacio que hay en la arquitectura uruguaya, o al menos en gran parte.

Lo relacionás con la presencia de Julio Vilamajó…  

A Vilamajó yo lo estudié muy detenidamente y es notorio que su mayor aporte está en el manejo del espacio. Se nos ha confundido a menudo con el Vilamajó ecléctico, claro, porque estamos mirando la superficie. Pero en realidad su enorme aporte ha sido el tratamiento del espacio, y eso de algún modo se trasmitió a sus alumnos, y sus alumnos lo trasmitieron a su vez a sus alumnos… Es lindo pensar que alguno está diciendo cosas que vienen trasmitiéndose de tres o cuatro generaciones atrás, y que de alguna manera otro las llevará adelante. Ahora, esa es una impronta que en algún momento rápidamente se licúa, desaparece, si alguien no dice acá hay un valor que hay que atender y cuidar, se pierde. Por eso me parece importante tener un discurso que sea propio, y que de algún modo empiece a dar argumentos legitimantes de nuestra propia producción.

La cuestión del oficio, el cuidado por el hacer, han sido muy característicos. No digo que sean cosas exclusivas de acá, pero son cosas que están acá, y que si no las señalamos y las ponemos en el lugar que deben estar se van perdiendo.

El movimiento cooperativo, por ejemplo, tiene mucho de lo que estoy diciendo. Porque hay un cuidado en el espacio, hay un cuidado en el oficio y las técnicas; hay un enorme cuidado por la factura en las cooperativas, por cómo está hecho, donde el detalle constructivo es tan arquitectura como la plaza, en una visión de espacio integral con calidades espaciales inocultables, interiores o exteriores, como por ejemplo en el Complejo Bulevar. Incluso en sistemas de producción muy restringidos en cuanto a posibilidades, mano de obra y economía. Y sin embargo se generaban cosas que estaban más allá de una cuestión meramente utilitaria.

Vuelvo a la “callada manera”. Laura Alemán, en su texto en Vitruvia (4), habla de “invisibilidad” para referirse al patrimonio moderno. Hace pocos días hubo un gran revuelo por la posible demolición de la Casa Martinez en Pocitos, que trascendió las fronteras de la arquitectura.

La idea de invisibilidad está bien, porque en buena medida ver significa reconocer, significa asimilar lo que se percibe a determinada experiencia, y esa mezcla de cosas hace que lo que vemos sea significativo. La ausencia total de formación, a lo largo de toda la educación formal, de temas relacionados con la arquitectura y con el diseño, explica en buena medida el desapego con el patrimonio construido. En la medida que uno no asimila como parte de uno lo que está ahí afuera no lo reconoce ni lo respeta.

A mi me preocupa muchísimo ese tema, y uno de los programas que quiero impulsar implica un vínculo fuerte entre la facultad y la formación escolar, pero llevado a un plano que no sea el de sacralizar objetos ni memorizar quién hizo qué sino disfrutar de las calidades espaciales arquitectónicas de la manera más simple e inmediata: lo que hace que en un barrio una esquina sea preferida a otra, o el rinconcito que elige un chiquilín para jugar ahí. En definitiva tratar de entender y generar una empatía fuerte desde el principio con lo que nos rodea. Esa cuestión formativa o educativa es básica para que se genere un vínculo fuerte con lo patrimonial. Ocurre que no se valora porque simplemente no se lo reconoce como valioso. Esa manera de que las cosas empiecen a cobrar significado se construye muy lentamente y desde el principio en la cultura.

Por otro lado también hay que estar atentos, porque hay ciertas cosas que tienen urgencias, y de algún modo hay que proteger o alertar; pero sin lo anterior esto simplemente adquiere una dimensión que puede llegar a desgastarse.

     

Dada la coyuntura de las recientes elecciones municipales ¿en qué medida la facultad puede o debe plantear temas en la agenda gubernamental?

Volvemos a lo del principio, la forma en la que nos presentamos ante la sociedad y la cultura. La facultad, la arquitectura y el diseño pueden dar mucho más de lo que se supone. Nosotros somos capaces de construir miradas integradas; de generar propuestas vinculantes en distintos planos y escalas; podemos resolver situaciones y advertir oportunidades. Entonces creo que ahí tiene que estar la exigencia de afuera hacia adentro, pero sobre todo que la facultad tiene que levantar la vara y salir a ofrecer posibilidades. Hemos ensayado algunas cosas pero no han sido tan fructíferas como queremos, tampoco es fácil, pero es obligación nuestra levantar la vara y es obligación de la sociedad también levantar la vara con respecto a la arquitectura, y darse cuenta de que hay una oportunidad en este tipo de pensamiento. Yo quiero que a la facultad la exijan.

Notas:

1 – El Taller Vertical es una estructura que tiene todos los años de la carrera, de introductorio hasta los cursos de urbanismo.

2 – Plan de estudios que rigió desde 1952 hasta el 2002

3 – Latin America in Construction: Architecture 1955-1980. Ver la diaria 24/3/15

4 – Laura Alemán, Tan frágil. Muerte y vida de lo incomprendido, en Vitruvia #1, Octubre de 2014

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

http://ladiaria.com.uy/articulo/2015/5/forma-y-espacio/

La diaria, edición 15/05/15

La diaria, edición 15/05/15

Latin america in construction: architecture 1955-1980 – Exposición en el MoMA

Cuando en 1955 el MoMA de New York presentó la exposición Latin American Architecture since 1945, curada por Henry-Russell Hitchcock, lo que probablemente más atraía las miradas de la nueva metrópolis de la cultura eran los rasgos de originalidad y frescura que mostraba la arquitectura moderna, en países que iniciaban, algunos más otros menos, su desarrollo.  Aquella muestra, que solamente contaba con fotografías, proponía una lectura rápida del panorama Latinoamericano en un período relativamente pequeño.

Sesenta años más tarde, el mismo museo propone una mirada sobre la arquitectura de América Latina: Latin america in construction: architecture 1955-1980. Como se deduce por las fechas, la muestra actual se plantea como una continuación, al menos en una lectura temporal, de la exposición anterior. También se observa, sin salir aún del título, que el período de estudio es mayor.

Pero son más las diferencias que plantea esta exposición – que se inaugura el próximo 29 de marzo y va hasta el 19 de julio – y que prometen una mirada más intensiva sobre una realidad amplia y compleja. Comenzando por la curaduría: además de Barry Bergdoll, curador del Departamento de arquitectura y diseño del MoMA y Patricio del Real, curador asistente, fueron convocados los reconocidos profesores Jorge Francisco Liernur, de Argentina, y Carlos Eduardo Comas de Brasil.

Siguiendo con las diferencias, este caso contará con la exhibición de más de quinientos documentos originales, entre los que se encuentran dibujos, fotos de época y objetos varios. Además, se encomendó a la Universidad de Miami la realización de veinte maquetas de edificios seleccionados, y otros modelos de detalles a gran escala, éstos a cargo de la Universidad Católica de Chile.

Dos trabajos complementarios, uno audiovisual y otro fotográfico, fueron encargados especialmente para la muestra: el primero, una serie de clips elaborados por la cineasta Joey Forsyte, a partir de videos de época; el segundo, consta de un ensayo fotográfico contemporáneo, a cargo del fotógrafo de arquitectura Leonardo Finotti. Para este trabajo, que se integra a la exposición, y abre el catálogo de la misma, el fotógrafo brasileño visitó una decena de países Latinoamericanos.

Además del mencionado catálogo, para el cual el decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República, Doc. Arq. Gustavo Scheps, escribió el capítulo destinado a Uruguay, Latin America in construction contará con la edición de un libro que reúne una selección de textos. En paralelo a la muestra está programada una serie de mesas redondas bajo el título: Learning from/ in Latin America.

Luego de un preludio que presentará – en dos salas – la situación de las tres décadas anteriores a 1955, la exposición, que incluye proyectos de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, México, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela, hará foco en el proyecto de Lucio Costa para la ciudad de Brasilia, y en las ciudades universitarias de Caracas, de Carlos Raúl Villanueva y de México DF, diseño de Mario Pani y Enrique del Moral. La soluciones en vivienda colectiva son también tema central en Latin America in Construction.

De nuestro país, en la selección sobresalen obras del ingeniero Eladio Dieste, con sus iglesias en Durazno – con destaque en el portfolio fotográfico del catálogo – y Atlántida. La última, fotografiada por el mítico Julius Shulman, fotógrafo estadounidense, quien también fotografió el Seminario arquidiocesano de Montevideo, obra de Mario Payssé Reyes, lamentablemente muy desconfigurado en nuestros días.

Especial destaque tendrá también el Urnario de Cementerio del Norte, proyectado por el arquitecto Nelson Bayardo. Esta obra, poco conocida por el público no especializado, será mostrada en maqueta, dibujos y fotografías. El Complejo Bulevar, ejemplo notable de conjunto habitacional de gran escala, así como del cooperativismo de la década del 70, también tendrá un lugar importante tanto en la exposición como en el catálogo.

No parece casualidad que en este momento el MoMA preste especial atención a América Latina; esta será la cuarta exposición enfocada en nuestro continente, realizada en la ciudad de New York en el último año. Latin America in construction de alguna forma se suma a Beyond the supersquare (Bronx Museum), Urbes mutantes: Latin American photography 1944-2013 (International center of photography) y Under the same sun: art from Latin America Today (Guggenheim).

Cabe preguntarse, en un contexto en el que la crisis económica global parece estar cómodamente instalada, si estas miradas apuntan a comprender y, quizá reelaborar, soluciones surgidas en el “patio trasero” (que por cierto son, en muchos de los casos, también reelaboraciones de propuestas europeas de inicios del siglo XX), o si por el contrario reproducen miradas paternalistas del centro hacia la exótica periferia.

Por lo pronto, para responder esta pregunta habrá que embarcarse en un costoso viaje, o contentarse con los comentarios ajenos, y comprar los libros por internet.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

http://ladiaria.com.uy/articulo/2015/3/con-vista-desde-el-norte/

La diaria, edición 24/03/15

La diaria, edición 24/03/15