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Sobre los muros

Mural

Mural de Julio Alpuy © Alvaro Zinno

Con frecuencia me pregunto si la sensación de excepcionalidad recorre todas las nacionalidades o si, por el contrario, es exclusiva de países pequeños que ven en sus improbables gestas el carácter de lo singular. Al lado de mitos difíciles de explicar, como el del Maracaná –u otros menos relevantes, como el del invento del “Sun”– existen algunos motivos para el orgullo de los uruguayos con una genealogía un poco más clara. Conocer esos orígenes, valorar sus historias, permite entenderlos desde el presente y elegir lo que queremos preservar para el futuro.

No siempre es fácil alcanzar un acuerdo sobre esto último. Antes de la década de 1980 la noción de patrimonio arquitectónico y artístico era muy distinta de la actual. En los últimos años, y a partir de la repercusión que posibilitan las redes sociales, hemos asistido a discusiones sobre preservar tal o cual edificio, poner una estatua o mantener público un fragmento de la rambla. Algunas veces se ha llegado tarde a la discusión, que finalmente se dio igual, pero con el cadáver ya frío. Afortunadamente, no fue el caso del mural que Julio Alpuy pintó al fresco en el liceo Dámaso Antonio Larrañaga.

Nacido en Cerro Chato en 1919, Alpuy fue uno de los principales exponentes del Taller Torres García. En 1956, el artista fue convocado por el arquitecto José Scheps para pintar un mural en el liceo ubicado en la esquina de Jaime Cibils y la avenida Centenario. El muro elegido para la pintura –en la que el arquitecto llamó la “zona del conocimiento”– separaba la biblioteca del pasillo, flanqueado por dos puertas, y enfrentaba al patio. El mural, de ocho metros de largo por tres de altura, retrataba en lenguaje constructivista distintos oficios de la época. Con el edificio inaugurado, liceo y mural comenzaron su intensa vida.

Transcurridos más de 60 años, y luego del fallecimiento de Alpuy en 2009, las alarmas se encendieron para alertar sobre el estado de la pintura. Como lo muestra una de las fotos que acompañan esta nota, el mural había perdido su coloración en al menos un tercio de su área, mientras que el resto estaba, también, seriamente comprometido. Además de la decoloración por efecto de la incidencia del sol y de la humedad del ambiente, adaptaciones del entorno de la obra habían desfigurado la situación original. Joaquín Ragni, Óscar Prato y Gustavo Serra llevaron el tema del deterioro del mural a la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación, cuyas autoridades, Nelson Inda y José Cozzo, decidieron una intervención para restaurar la pintura y recalificar su entorno. Designaron al arquitecto y artista plástico Rafael Lorente Mourelle como supervisor y coordinador de las tareas arquitectónicas y del llamado público para la restauración de la obra.

Lorente hizo un proyecto de readecuación del espacio del mural y, en paralelo, redactó las bases para la selección de un equipo profesional de restauración. Los trabajos de construcción debían estar prontos antes de que comenzaran las tareas de precisión de recomposición del sustrato y la pintura de Alpuy. Más que agregar, la obra de arquitectura consistió en retirar elementos distorsivos, como dos jardineras adosadas a los laterales del mural, rejas y una puerta, cambiar aberturas por planos vidriados más neutros, agregar un cielorraso lumínico y elementos de protección de la radiación solar.

En marzo de este año cuatro propuestas se presentaron a la convocatoria para la restauración del mural, y resultó ganadora la de Claudia Frigerio y Cecilia Jorge. Los trabajos comenzaron entre mayo y junio, y se espera que estén finalizados para febrero de 2019.

Entrevistado por la diaria, Lorente Mourelle explicó que la recuperación de la unidad de la obra —el mural y el espacio— “es un trabajo de participación en diferentes niveles: político, administrativo y burocrático, las autoridades, profesores, alumnos y padres del liceo”. En este sentido, valoró especialmente el “apoyo incondicional de la directora del liceo, Sandra Giménez”, y la forma en la que profesores y alumnos se han apropiado del proceso de obra: “No es un trabajo solamente técnico o artístico, es integral y enriquece a esa pequeña sociedad en la que todos participan”.

“La obra se ha convertido en un taller”, agregó, “los alumnos están atentos al trabajo”. El Día del Patrimonio se hizo en el liceo una jornada de concientización con alumnos y profesores. También un curso de historia del arte elaboró material para repartir al resto de los compañeros. Al finalizar los trabajos, un panel informativo permitirá a la comunidad educativa y visitantes conocer las particularidades del mural y de su restauración.

Lorente Mourelle llama la atención sobre el hecho de que, aunque el Dámaso sea un lugar de concurrencia masiva, el mural nunca fue depredado, sino que “el deterioro es consecuencia del lugar donde está emplazado, por el asoleamiento excesivo, por circunstancias de la humedad ambiental y, probablemente, porque en esa época los artistas no tenían el conocimiento total de lo que implicaba pintar un mural”.

Arte constructivo

Joaquín Torres García regresa a Uruguay en 1934 y un año más tarde funda la Asociación de Arte Constructivo, en la que participan intelectuales, pintores, escultores y arquitectos. Da clases en la Facultad de Arquitectura y en 1941 dicta una serie de conferencias sobre decoración mural en la misma facultad. En 1942 funda el Taller Torres García –con una impronta distinta de la de la asociación– y lo denomina Escuela del Sur. “En el taller coexistían una visión del arte constructivo y una de la pintura figurativa de caballete. Torres había concebido al arte constructivo para salir del caballete, para el espacio urbano, para el edificio y la arquitectura moderna. Esas obras tenían un valor que superaba el del trabajo del artista individual, no sólo por la escala, sino porque era un diálogo entre artistas y arquitectos”, sostiene Lorente Mourelle.

En 1944 la Escuela del Sur pinta los murales del pabellón Martirené del hospital Saint Bois, aunque Torres habla de estas pinturas como decoración mural y no aún como muralismo, en el sentido de integración plena entre arte y arquitectura. Son recién sus alumnos, tras la muerte del pintor en 1949, quienes desarrollan en la práctica el pensamiento del Universalismo Constructivo torresgarciano. Julio Alpuy, quien había entrado como profesor en 1945, queda a cargo de las clases del taller.

En la década de 1950 son varios los arquitectos que integran en sus obras los trabajos de artistas del taller, como Ernesto Leborgne y Mario Payssé Reyes en sus viviendas propias o Rafael Lorente Escudero en obras para ANCAP y en su casa de playa. Alpuy colabora con los tres arquitectos, y durante su carrera hace también murales en la Asociación Cristiana de Jóvenes, en la ex embajada de Uruguay en Buenos Aires y en la Casa Domínguez. De vuelta sobre el mural del Dámaso, Lorente Mourelle, quien prepara una exposición sobre Alpuy en el Museo Nacional de Artes Visuales para fines de 2019, apunta que Leborgne era el arquitecto de la empresa que construyó el edificio, y habría indicado a José Scheps el nombre de Alpuy.

Arte y política

Aunque excepcional por su calidad y su actual proceso de restauración, el mural del liceo Dámaso Antonio Larrañaga no fue un caso aislado. En un artículo publicado en el número 4 de la revista Vitruvia, de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de la República, la profesora del Instituto de Historia de la Arquitectura arquitecta Laura Cesio hace un pormenorizado recuento de las políticas públicas que promovieron y generalizaron el uso de murales en edificios públicos y privados entre 1920 y 1970.

En conversación con la diaria, Cesio comentó que el trabajo que culminó en el artículo “El espacio del arte. Políticas públicas, arquitectura y muralismo (1920-1970)”, y que es parte de su investigación de maestría, se precipitó a partir de una conversación con los arquitectos Nelly Grandal y José Scheps sobre el mural de Alpuy. La punta de la madeja fue un comentario de Scheps sobre el porcentaje destinado por ley para obras de arte en los edificios públicos escolares.

Según se lee en el artículo, otros dos disparadores alimentaron la reflexión en torno a las “posibles relaciones entre políticas públicas, arte, arquitectura y enseñanza, y al marco legal que las pone en evidencia”: un relevamiento de murales de cerca de 200 obras (originalmente enfocado en liceos) y el hallazgo de un archivo de 140 fotografías en blanco y negro con murales nacionales, imágenes provenientes de la Exposición de Arte Mural de 1957 en la Facultad de Arquitectura.

El trabajo establece un lazo entre el muralismo latinoamericano y la Revolución Mexicana: “La idea de socializar el arte mediante obras que trataran la realidad mexicana, sus luchas, rechazando la pintura tradicional de caballete por asociarse al viejo orden, encontró en los murales un aliado”. El estudio se inicia en la década de 1920, en la que, “en coincidencia con la búsqueda de una identidad nacional en todas las dimensiones de la sociedad y la cultura […] comienzan a registrarse experiencias de pinturas murales vinculadas a espacios de carácter público. La voluntad era la de acercar el arte a la sociedad, a la vez que generar un sistema de valores propios que diera sentido a la construcción del ser nacional”.

La imagen de democracia consolidada, representada en la construcción del Palacio Legislativo, y la estatización de la industria, presente en las nuevas empresas públicas, serían acompañadas por “un proceso de nacionalización de la cultura que acompasara el modelo batllista y respondiera a los recursos propios, humanos y materiales”. La etapa más importante en la construcción de la infraestructura pública del país coincidió con la inquietud por un arte nacional y por un lugar para los artistas locales.

El texto también hace referencia a la figura de Torres García, como personaje central en la promoción del “arte en ámbitos que se integraran al hábitat humano, saliendo de sus espacios tradicionales y vinculándose a la arquitectura”, y se detiene en la importancia de la visita a Uruguay, en 1933, del muralista mexicano David Alfaro Siqueiros.

Probablemente lo más revelador del artículo de Cesio esté en la vinculación que describe entre los colectivos de artistas, en su etapa de consolidación profesional y gremial, y las políticas públicas de promoción del arte nacional en espacios arquitectónicos. Y lo más llamativo fue que esas políticas se plasmaran en leyes concretas, algunas de las cuales están vigentes actualmente.

En 1936 se creó la Agrupación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores (AIAPE), y en 1939 se aspiraba a “la designación de artistas nacionales para realizar el decorado de escuelas y liceos. Este reclamo fue recogido en la Ley 10.098, del 15 de diciembre de 1941, que en su artículo 8 establecía: ‘En la construcción de locales escolares podrá invertirse hasta el cinco por ciento en decoración artística, que será confiada a pintores y escultores nacionales’”. En 1947 el Poder Ejecutivo establece en una circular la generalización de esta medida para los Planes de Obras Públicas: “Las obras de arquitectura que realiza el Estado deben ser enriquecidas con aportes de los plásticos nacionales en una coordinación artística con los arquitectos que la proyectan, en forma que reflejen por su dignidad el progreso cultural del país.” Además de la generalización para otros programas no escolares, Cesio apunta el cambio semántico entre el “podrá invertirse” y el “deben ser enriquecidas”.

La demostración de que estas iniciativas, originadas en los colectivos artísticos y recogidas en leyes, promovieron una cultura del muralismo en Uruguay se verificó más en el ámbito privado –paradójicamente, no sujeto a las normas mencionadas– que en el público. El texto concluye que “la expresión de una cultura nacional que debía manifestarse en los edificios públicos como política institucionalizada de dimensión sociocultural de un arte para todos fue más un anhelo que una experiencia sostenida. En cambio, la concreción de murales en el medio privado fue formidable”.

De la misma forma que la presente nota se propuso ir de lo particular a lo general, es de esperar que las herramientas desarrolladas en la restauración del mural del liceo Dámaso Antonio Larrañaga sirvan de experiencia para futuras intervenciones en el patrimonio artístico y arquitectónico uruguayo. Por lo pronto, la restauración del mural de Alpuy es un doble motivo de orgullo, y despeja el camino para entender el origen de algunas de nuestras singularidades.

Elegidos (recuadro)

El Ministerio de Educación y Cultura, por intermedio de la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación, hizo la convocatoria para la restauración del mural en el liceo Dámaso Antonio Larrañaga. La propuesta de Claudia Frigerio y Cecilia Jorge obtuvo el primer lugar. Frigerio, quien dirige el proyecto, tiene una amplia trayectoria en restauraciones a nivel local, habiendo trabajado, entre otros, en el Palacio Santos, el Cabildo de Montevideo y la Cámara de Diputados. Además de Jorge, conservadora y restauradora argentina, se convocó a la especialista en restauración pictórica mexicana Alicia Soto Ayala. El nutrido equipo técnico se completó con Mariano Bertiz, Daniel López, Sebastián Silvera, Camila Costa y María de los Ángeles Moreno.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

https://ladiaria.com.uy/articulo/2018/12/sobre-los-muros-restauracion-de-mural-de-julio-alpuy-en-el-liceo-damaso-antonio-larranaga/

 

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Los dos a la bienal

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Perspectiva de la propuesta presentada al concurso.

Dos modelos contrapuestos de cárceles nacionales son los protagonistas del envío uruguayo a la XVI Muestra Internacional de Arquitectura de la Bienal de Venecia. Prison to prison es el nombre de la propuesta ganadora del concurso organizado por la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU) de la Universidad de la República, con la participación del Ministerio de Educación y Cultura (MEC). Por este motivo, la diaria conversó con parte del equipo curatorial, integrado por Diego Morera (curador), Sergio Aldama, Federico Colom, Jimena Ríos y Mauricio Wood.

¿Por qué presentarse a la bienal?

Jimena Ríos (JR): Creo que tiene que ver con llevar a un evento mundial una visión propia de cierta situación. Dentro de una subjetividad, se trata de poder hablar de algo macro representando a Uruguay, a la vez que se piensa en un proyecto propio que habla de lo que está sucediendo.

Sergio Aldama (SA): Es una oportunidad de tratar temas que tienen que ver con intereses personales, a partir del tema general que plantea la bienal [espacio libre]. Ese interés personal nace de una cuestión casi generacional sobre el discurso de la arquitectura, que no necesariamente está planteado mediante el proyecto. En el discurso sobre cómo mirar un fenómeno de la arquitectura está la oportunidad de darle voz a algo que nos interesa a todos.

Diego Morera (DM): Para el contexto académico es importante que nosotros como jóvenes tomemos la palabra y empecemos a hablar de temas que nos parecen urgentes, y que planteemos una posición con respecto a la dimensión cultural de la arquitectura. Nos interesa intentar dialogar de igual a igual con los demás países, por eso queremos llevar una propuesta que sea provocadora.

En ese sentido, visto desde acá, ¿cuál dirían que es el rol de la presencia uruguaya en la bienal?

DM: Por tratarse del mayor evento de la arquitectura mundial, es una oportunidad única de posicionar a la arquitectura en la discusión de la cultura uruguaya, y no sólo del ámbito académico. Por eso la propuesta tiene que tratar un tema que de verdad toque a otros actores, sin perder la especificidad de la arquitectura: queremos hablar del tema como arquitectos y no jugar a ser sociólogos. Usamos una frase que Hans-Ulrich Obrist toma de un artista y primer ministro de Albania [Edi Rama], que habla de considerar a la cultura como infraestructura y no como mera superficie. Entonces, nos planteamos trabajar con la cultura desde ahí, cuestionando las cosas desde la raíz, como si fuesen infraestructura, y en nuestro caso, vinculando a la cultura con lo arquitectónico.

SA: Hay un aspecto que es importante contar, y es que Uruguay tiene su propio pabellón dentro del predio de la bienal.

DM: Hay que tener en cuenta que de América Latina sólo Brasil y Venezuela tienen uno.

¿Cuál es el tema planteado por las directoras de la bienal?

Federico Colom (FC): El tema es Freespace –espacio libre–, y ellas lo plantean esquemáticamente: hablan de la generosidad de los espacios y, sobre todo, de la dimensión del espacio público, pero no necesariamente de los lugares que están pensados para ser espacios públicos, sino de aquellos espacios de apropiación en los que se generan actividades. Hablan de algo muy sencillo y hasta por momentos inocente.

SA: La bienal plantea un freespace de un statu quo; un espacio público democrático, de igualdad. En ese espacio democrático no me queda claro si está incluida la diferencia, en el sentido de que el espacio público es un lugar al que vamos a encontrarnos para conectarnos como iguales y no tanto para trabajar y negociar nuestra diferencia. Para nosotros el freespace es un diálogo constante. Esa libertad y espacio libre son una construcción y no un espacio dado.

JR: Creo que hay que pensar en el contexto desde el que viene la propuesta, y en las posibilidades con las que cuentan. Es una visión europea que está cargada de un montón de cosas, y una visión uruguaya de eso estará cargada de otras. Por eso el tema del contexto es muy importante.

DM: Lo que tomamos de freespace es la arquitectura como posibilitadora de situaciones, que se preocupa más por lo humano y por la generosidad de la arquitectura con el usuario, en vez de una arquitectura preocupada por la imagen y por lo banal. Se trata de una vuelta a una proporción más esencial, a lo que la arquitectura tiene que hacer, que es servir a lo humano.

Vayamos a la propuesta. ¿Qué es Prison to prison?

DM: Partimos de un hecho particular: el edificio más grande que se construyó en Uruguay en 2017 fue una cárcel, y también fue el primer edificio construido en la modalidad de participación público-privada. Se trata del módulo 1 de Punta de Rieles, que fue hecho por un consorcio de tres empresas; albergará a 1.960 presos y constituirá la segunda cárcel en número de personas. Entendemos que esto es algo que habla de la sociedad uruguaya y también de nuestra disciplina, en la medida en que la cárcel es uno de los edificios más arquitectónicos, ya que define la vida del usuario las 24 horas del día, tal vez por varios años.

Partimos de ese hecho, que puede llegar a entenderse como trágico, y lo unimos con otro que entendemos como irónico: comparte medianera con una cárcel preexistente [módulo 6 de Punta de Rieles], que tiene un modelo innovador, implementado en 2010, que es único en la región y, tal vez, en el mundo. El modelo es el de cárcel pueblo, cuya lógica consiste en imitar el afuera en el adentro, y se organiza como un pueblo en el que los presos pueden circular libremente dentro del predio de la cárcel, con límites de horarios a lo largo del día; hay avenidas, un polo industrial, un área comercial con locales que ellos mismos gestionan, una heladería, una pizzería, etcétera. Partimos de ese contraste irónico de que haya dos cárceles con modelos totalmente distintos –que no son sólo modelos de gestión, sino también modelos arquitectónicos y de entender lo humano, el castigo, la vigilancia–, que comparten terreno y que, además, fueron realizados durante el mismo gobierno. A partir de ahí empezamos a mirar las dos arquitecturas, y así fue como surgió la propuesta.

A diferencia de la Cárcel Pueblo, la nueva cárcel tiene un impacto mucho mayor cuando se ve desde la calle, no sólo por su tamaño, sino también por su imagen: está completamente rodeada por un muro prefabricado de cuatro o cinco metros de altura, que bordea las 25 hectáreas del terreno. Se organiza en diez celdarios, constituidos por celdas prefabricadas con equipamientos antivandálicos, apiladas como si fuesen cajas. Desde nuestro punto de vista es un edificio que va a promover una existencia abstracta. Es la típica cárcel de las series de televisión, donde los movimientos están totalmente controlados y las circulaciones y la apertura de puertas se manejan por videovigilancia. Es un modelo importado, con la participación de arquitectos locales que repitieron este modelo y lo aplicaron al lugar sin ningún cuestionamiento. La idea no se limita a ver al objeto de estudio en sí, que es lo que hacemos ahora al trabajar con los dos modelos, sino que se trata también de hablar de otras cosas. En ese conjunto de cárceles, empezar a ver otras dialécticas que puedan ser llevadas a cualquier otra yuxtaposición de modelos contradictorios.

SA: Esta curaduría es como un puente. No puede haber un relato lineal, sino un diálogo; un tema que se pone arriba de la mesa y que, en realidad, se va armando por diferentes capas y esferas de trabajo.

Desde la óptica del freespace, pareciera que en la cárcel nueva lo que cuenta son los espacios cerrados, mientras que en la otra ocurre lo contrario. ¿En la Cárcel Pueblo el espacio público es el que estructura el edificio?

DM: Eso es lo anecdótico, de donde partimos. Decimos que encontramos un freespace en el lugar menos esperado, como la cárcel, porque es su opuesto; es el espacio de la no libertad. Más allá de que sigue siendo una cárcel, es un freespace; una cárcel en la que existe el espacio público. No es 100% espacio público, pero utiliza la lógica de un barrio. Ese es el espacio con el que queremos trabajar.

FC: Visto desde afuera, tiene más elementos de espacio público que de lo contrario.

SA: Yo diría que salta de un modelo de arquitectura a un modelo más urbano, porque tiene una condición de espacio público, de calles, de plazas, de barrios dentro de barrios, de equipamientos deportivos, de lugares comerciales y culturales. En realidad, no sólo es urbano, sino que es un modelo territorial, ya que rebasa las propias lógicas de la cárcel, porque muchos de los emprendimientos y productos que se hacen tienen contacto con la ciudad. O sea que hay flujo de entrada y salida de personas, de materiales, de productos.

En la propuesta mencionan que casi todas las cárceles uruguayas están ubicadas en las periferias. ¿Entienden que esa urbanización espontánea de la Cárcel Pueblo es una forma de revertir aquella expulsión hacia la periferia?

DM: Sí. Uruguay es el país más urbanizado del hemisferio occidental y no podemos creer en la reinserción de alguien enviándolo al medio de la nada, a un lugar abstracto, cuando la reinserción debería estar vinculada a lo urbano; es una estrategia que en Escandinavia se ha usado –imitar el afuera en el adentro– y es la que mejor funciona.

Antes de pasar a lo específico de la exposición, me gustaría que nos contaras cómo se relaciona esta propuesta con temas precedentes.

DM: –Con Mauricio –que también forma parte del equipo curaturial– hicimos nuestro proyecto de final de carrera entre 2016 y 2017. En ese formato de taller, uno elige qué programa arquitectónico desarrolla y también puede imaginar escenarios en los que insertar su proyecto. Motivados por cosas que vimos en el viaje, empezamos a pensar en trabajar con una cárcel urbana. Propusimos un sistema de cárceles que se insertaban en las zonas más pobladas de nuestra ciudad y desarrollamos un modelo como caso de estudio de una cárcel en 18 de Julio. Proponíamos entenderla como un edificio de vivienda más adentro de la ciudad, que insertaba el espacio público –como las galerías de 18 de Julio– con un café y un anfiteatro, para romper con el distanciamiento o el tabú que genera entrar a una cárcel. Con la idea de volverlo algo habitual, en todas las decisiones materiales y estratégicas se incorporaba la imitación del afuera en el adentro.

Lo terminamos en mayo de 2017 y ya nos habíamos presentado al llamado para participar en las residencias artísticas del Espacio de Arte Contemporáneo, con la idea de hablar de la cárcel urbana dentro de una ex cárcel urbana, como es ex la cárcel de Miguelete. Nos seleccionaron y estuvimos ahí tres meses. Contamos con dos celdas, una para trabajar y otra para ir exponiendo lo que hacíamos, y realizamos tres líneas de investigación: una colección de maquetas de cárceles; una maratón de diálogos, en la que hicimos cerca de 20 entrevistas con distintos actores políticos –sociólogos, criminólogos, gente del sistema penal, etcétera–; y finalmente empezamos a trabajar en la Cárcel Pueblo. Fue entonces que descubrimos que al lado estaban construyendo una nueva, y surgió la idea de empezar a investigar ese otro caso, siempre con el planteo de trabajar estos temas desde la arquitectura, porque entendemos que en nuestra disciplina es algo que por lo general no se ve, y sólo se suele mirar desde el punto de vista de la seguridad, o de lo sociológico y político.

¿Qué llevarán a la bienal?

JR: La exposición parte de la idea de que, al trabajar sobre lo carcelario, no queríamos llevar a Venecia una mímesis de la cárcel ni queríamos tener una visión estigmatizadora, negativa o de golpe bajo. Intentamos llevar algo más esperanzador y trabajar desde la ironía y el humor.

DM: –Algo que lo posicione como un tema tan digno como cualquier otro.

JR: –Pensamos en trabajar con tecnologías y proponer un guion inmersivo, que no fuera literal. Sumamos al equipo a dos artistas, Juan Pablo Colasso y Marcos Colasso, que trabajan con iluminación y sonido. La idea es generar una experiencia sensorial en el visitante que se enfrente a este espacio intervenido por luces y sonido, y que el transitar de una cárcel a otra lo lleve a un viaje de forma abstracta, o tal vez poética, con escenas audiovisuales de estos dos modelos. Es un tránsito; una experiencia que no dura más de diez minutos pero es un golpe audiovisual para el espectador, un impacto al que se enfrenta. El objetivo es motivarlo para seguir investigando y que ahí acceda al catálogo.

DM: –No queremos que sea una exposición unidireccional, a la que uno entra y ya sabe lo que va a recorrer, sino que el visitante pueda apropiarse de la experiencia, sentarse, quedarse el rato que quiera. Al entrar a la antesala verá la mayor parte de la información más arquitectónica; ahí estarán el catálogo, un póster, y una gran pieza donde se presentan las dos cárceles. También esperamos que a los visitantes esta experiencia les permita vincular los temas con otras temáticas personales.

¿Qué están haciendo ahora?

JR: –Ahora estamos en el desarrollo de los contenidos del proyecto. Por un lado, trabajamos en lo vinculado a la exposición y el catálogo; por otro, en un proyecto de extensión que la Universidad de la República desarrolla dentro de la Cárcel Pueblo, en el marco del Programa de Integración Metropolitano.

DM: El proyecto de extensión lo presentamos el año pasado y salió ahora, con un equipo ampliado que también incluye gente de la Facultad de Psicología. En paralelo a la bienal, la idea es trabajar con estudiantes de la FADU dentro de la cárcel y, a su vez, trabajar el urbanismo de la cárcel con los presos, con la población de la zona y con la usina cultural.

JR: La usina Matices funciona dentro de la Cárcel Pueblo, y tiene una radio y una comparsa.

DM: Con ellos también trabajaremos para generar los audios de la exposición.

JR: También nos estamos ocupando del financiamiento, buscando patrocinadores.

¿El presupuesto no alcanza?

JR: Es que la arquitectura no tiene un papel muy importante dentro del MEC. Desde el MEC y desde la FADU se está haciendo un esfuerzo por revertir esto, pero por ahora estamos en una situación en la que Uruguay no cuenta con los fondos suficientes. En mi experiencia la plata nunca alcanza, y si bien el dinero que tenemos da para cubrir todo lo expositivo, no alcanza para los sueldos, ni para los viáticos –ya que todo el equipo tiene que viajar y trabajar allá–, ni para la infraestructura, como la pintura del pabellón, la mano de obra, etcétera.

FC: Si bien la experiencia inmersiva de luz y sonido es la adecuada para mostrar nuestra idea, también surgió de la restricción del presupuesto. En cierto sentido, fue lo que nos motivó a esta estrategia de casi no intervenir el pabellón en términos arquitectónicos –de no construir nada–, entre otras cosas porque después hay que volver a dejarlo como estaba. Tiendo a ver algo positivo en la falta de dinero: fue lo que terminó definiendo la propuesta.

¿Qué repercusiones creen que tendrá a nivel público y político este diálogo entre varios frentes?

DM: Queremos tratarlo con optimismo y posicionar la discusión sobre estos temas desde lo arquitectónico –que es algo innovador– y en el mayor ámbito que podamos para establecer estos diálogos que buscamos.

SA: Lo que seguro no esperamos es que estalle en los aspectos más negativos del tema, en lo más banal y mediático, sino que la conversación surja para poder desglosar un tema que es mucho más complejo que un fuerte titular de televisión o de diario.

 

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

https://ladiaria.com.uy/articulo/2018/4/los-dos-a-la-bienal/

tapa la diaria 13:4:2018

La diaria, edición 13/04/18

“Pelada” – exposición de fotografía por Leonardo Finotti

En Brasil siempre es tiempo de fútbol. La gran pasión nacional es capturada a través del lente de Leonardo Finotti desde un ángulo diferente. Esta mirada da origen a “Pelada” (juego entre el término que se utiliza para un partido de fútbol informal y la palabra desnuda en portugués), exposición que se muestra por vez primera en la galería de arte contemporáneo Luciana Caravello, en Rio de Janeiro.

Además de la mirada más óbvia sobre lo que se construye para la Copa, Finotti se interesa también en mirar en la dirección contraria: este trabajo pretende mostrar la relación entre las canchas de fútbol localizadas en la periferia de la ciudad de São Paulo y el contexto en el que aquellas se insertan.

A nivel expresivo, la obra de Leonardo Finotti se organiza principalmente en torna a la estructura espacial de cada proyecto, estructura que busca, compone o crea en sus imágenes. La favela, por otro lado, ocupa un espacio donde la estructura planificada es casi inexistente, donde la construcción espontánea genera una imagen aleatória, casi caótica.

Al fotografiar desde el aire la periferia de la ciudad de São Paulo, él descubre que las canchas de fútbol introducen una fuerte referencia espacial, una estructura en fin, algo que permanece y de alguna forma es sagrado. Estas canchas, en la mayor parte de los casos, son los únicos espacios públicos del barrio al que pertenecen, y actúan como verdaderas áreas de resistencia del dominio público, estableciendo una nueva imagen cívica de respeto por el espacio común. Nos muestran, sin publicidad ni patrocinadores, el verdadero poder de la relación entre el fútbol y la gente, entre el arte, la ciudad y la política.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en Summa+ #137, Buenos Aires, Argentina

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