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De todos

Bascans, Sprechmann, Vigliecca y Villaamil - Complejo Bulevar © gustavo hiriart

Bascans, Sprechmann, Vigliecca y Villaamil – Complejo Bulevar © gustavo hiriart

Más de una vez me ha sucedido que, al contarle a un extranjero que vivo en una cooperativa de viviendas, en su mirada aparece un gran signo de interrogación, mientras probablemente en su mente se dibuja alguna imagen de comunidad hippie de los años 70. Conviene preguntarse por qué algo tan normal para un uruguayo suena tan extraño afuera; y preguntarse también si siempre fue tan normal, o en qué momento y cómo se volvió parte de nuestra cultura habitacional.

Éstos son algunos de los temas que aborda la exposición Cooperativas de vivienda en Uruguay: medio siglo de experiencias, presentada inicialmente en el Muséu da Casa Brasileira de la ciudad de San Pablo, que se podrá visitar en Montevideo este fin de semana del Patrimonio (10 y 11 de octubre) en la Casona Mauá de la Ciudad Vieja, y luego, del 16 al 20 de noviembre, en el hall de la Facultad de Arquitectura (Farq) de la Universidad de la República, como parte de los festejos de su centenario.

El trabajo que da origen a la muestra es una investigación en curso de la Unidad Permanente de Vivienda de la Farq, producida entre ésta y la facultad paulistana Escola da Cidade. La curaduría estuvo a cargo de los arquitectos Alina del Castillo y Raúl Vallés por la facultad uruguaya, y Luis Octávio de Faria e Silva y Ruben Otero por la brasileña.

La exposición, que muestra una primera etapa de la investigación, hace foco en 21 casos de estudio localizados en Montevideo. Esa selección deja fuera, por falta de documentación, algunos ejemplos importantes, lo que se explica por el intento de desmantelamiento del sistema cooperativo a manos de la dictadura y el exilio de algunos de sus principales actores. De todos modos, el grupo que se muestra permite ver claramente la calidad, tanto individual como colectiva, de los proyectos elegidos, y extrapolar la relevancia del cooperativismo de vivienda como sistema, en tanto solución habitacional y propuesta urbana, tecnológica y social.

Si bien aún no fue posible presenciar la exposición en Uruguay, en la librería de la Farq ya se puede conseguir el catálogo que, además de acompañar la muestra, es en sí mismo un libro interesante y bien documentado (actualmente se prepara la segunda edición corregida). Los proyectos seleccionados se presentan uno por uno (precedidos por seis textos, más el prólogo elaborado por el decano de la facultad). Es destacable el trabajo de redibujo que nos acerca, en algunos casos por primera vez, información gráfica de las obras. También vale mencionar el conjunto de fotografías de Andrea Sellanes, que son el hilo conductor del catálogo y describen la participación de los usuarios en la construcción, en especial la de las mujeres.

La carreta y los bueyes

Tal como lo relata en el catálogo el arquitecto Miguel Cecilio, protagonista del nacimiento y desarrollo del sistema cooperativo de viviendas, las primeras experiencias en este terreno fueron anteriores a la Ley Nacional de Vivienda de 1968, que les dio marco y de la que Cecilio fue uno de los redactores.

A principios de la década del 60, la sociedad uruguaya se encontraba sumida en una profunda crisis, con altos niveles de desempleo y una altísima inflación. Por primera vez un organismo público, la Comisión de Inversiones y Desarrollo Económico (CIDE), realizó un estudio para cuantificar el déficit habitacional, a la vez que propuso un plan para comenzar a corregirlo. Según Cecilio, “los resultados del plan de la CIDE no recibieron una inmediata aplicación, pero su difusión fue fecunda, pues generó una conciencia generalizada respecto de la magnitud del problema”. La producción pública de vivienda se concentraba en el Instituto Nacional de Viviendas Económicas (INVE) y el Banco Hipotecario del Uruguay (BHU), ambos fundidos, por recibir los retornos de sus préstamos en pesos fuertemente devaluados debido a la mencionada crisis.

En ese contexto, el INVE contaba con un convenio con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para la construcción de 1.000 viviendas, pero era incapaz de hacerlo efectivo al no poder constituir la contraparte local. El momento creativo surge cuando el Centro Cooperativista Uruguayo (CCU) le plantea al INVE “aunar una serie de contribuciones, por un lado el esfuerzo de las familias mediante el aporte de su mano de obra, y por otro el de las intendencias cooperando con un terreno”, como lo cuenta Cecilio. Establecida pues la contraparte, base económica de todo el sistema, desde el CCU se proyectaron las primeras tres cooperativas en el interior del país, que albergaron a 100 familias: Isla Mala, en Florida; Éxodo de Artigas, en Fray Bentos; y Cosvam, en Salto. Tanto en estos primeros proyectos como en muchos otros de los que aparecen en la exposición sobresale la figura del arquitecto Mario Spallanzani.

Estas primeras experiencias sirvieron de insumo para las definiciones de la Ley Nacional de Vivienda, que en su décimo capítulo le da marco al cooperativismo de vivienda. Crea la figura de la cooperativa de usuarios, en sus modalidades de ayuda mutua (el usuario aporta horas de trabajo en obra) y de ahorro previo (el usuario aporta un porcentaje del costo de la obra); las cooperativas matrices (unidades cooperativas asociadas) y los institutos de asistencia técnica (IAT, equipos interdisciplinarios que asesoran a las cooperativas). Además, la ley habilita a las cooperativas para que promuevan programas sociales, que provean servicios y promuevan tanto la integración del grupo que las conforma como la de éste con el barrio en el que se radica. En términos conceptuales, la norma de 1968 estableció el derecho a la vivienda digna y el mínimo habitacional aceptable, introdujo el concepto de planificación y creó el Fondo Nacional de Vivienda, la Dirección Nacional de Vivienda y la Unidad Reajustable.

La realización de aquellas tres cooperativas en el interior y la aprobación de la ley encendieron la mecha: el ingeniero Benjamín Nahoum afirma en su texto del libro que en 1975, tan sólo siete años después, “las estadísticas del BHU mostraban que uno de cada dos créditos que se solicitaban al Plan para construir viviendas, era para hacerlo por cooperativas”. Más allá de la enorme necesidad de vivienda y de la disponibilidad de mano de obra ociosa por los altos niveles de desocupación (lo que favoreció la construcción por ayuda mutua), Nahoum remarca la importancia del contexto cultural al explicar la rápida apropiación del modelo por parte de los usuarios: “Antes de 1968 existían cooperativas de las más diversas ramas; un sistema financiero de acceso a la vivienda que se basaba en el ahorro previo; la participación de los propios interesados, articulados de diversas maneras, en la producción de su hábitat, y la propiedad cooperativa de los medios de producción”.

Cuestiones disciplinares

Al inicio de este texto, al hablar del presunto extranjero, omití (no sin intención) la posibilidad de que se tratara de un arquitecto; ahí la cosa cambia. El interés que existe en el mundo de la arquitectura sobre el sistema cooperativo de vivienda uruguayo y sus mejores ejemplos puede resumirse en la presencia del Complejo Bulevar (conjunto que hace pocos días celebró sus 40 años) en la más grande exposición de arquitectura latinoamericana del Museo de Arte Moderno de Nueva York (ver ladiaria.com.uy/ADjr). De alguna manera la actual exposición, y especialmente la investigación de la UPV, vuelven a poner en la mira una producción fundamental en la historia de la arquitectura nacional, que, como suele ocurrir (ya fuera por falta de material o de interés), estaba injustamente desatendida.

Más allá de la importancia cuantitativa de las soluciones habitacionales (uso conscientemente ese frío término) y de las características de movimiento social del cooperativismo (que no me animaría a tratar aquí), me interesa remarcar ahora los desafíos que generó y continúa generando dentro de la disciplina arquitectónica.

El proceso de proyecto participativo e interdisciplinario requirió adaptación y flexibilidad de parte de los arquitectos, que, al tiempo que cedían grados de autoría (y autoridad), incorporaron, como nunca en obras de gran escala, la noción de habitante, con sus necesidades y deseos. La producción, en especial la que involucra a los usuarios en la construcción, se convirtió en tema fundamental del proyecto, en muchos casos adaptando o creando tecnologías y soluciones constructivas ad hoc, que incluyeron la prefabricación en obra o en plantas compartidas entre cooperativas matrices. También supuso un desafío el problema de la escala, que abarca la unidad y sus variantes (y sus posibilidades de crecimiento y adaptación), el diseño del espacio y los equipamientos colectivos (el conjunto Vicman en Malvín Norte es un excelente ejemplo de esto), la morfología y la relación con el tejido urbano en el que se inserta la obra (o la creación de ese tejido en casos de la periferia, como sucedió con Mesa 1, en La Cruz de Carrasco).

En relación con este último punto, se constata lo que plantea en su texto del catálogo la arquitecta Alina del Castillo: “La escala de estas intervenciones, combinada con la introducción de lógicas de ocupación del suelo ajenas a las de la manzana tradicional, generó interrupciones en el tejido urbano al modo de islotes”, retazos de ciudad con identidad propia que no siempre establecen una continuidad con su entorno inmediato (actualmente muchos de los conjuntos han sido enrejados, lo que refuerza esta sensación de barrio dentro del barrio). Algunos proyectos contemporáneos construidos en zonas más céntricas, como las nuevas cooperativas en el Barrio Sur contra el Cementerio Central, intentan romper, con mayor o menor acierto, con esa condición cerrada de algunos conjuntos más antiguos. Además, desde mediados de los años 90 se comenzó a utilizar la modalidad del reciclaje para cooperativas, en especial en la Ciudad Vieja, como forma de densificar (además de preservar) zonas de la ciudad que cuentan con servicios subutilizados.

La exposición Cooperativas de vivienda en Uruguay: medio siglo de experiencias nos permite conocer más sobre una realidad que, además de sus implicancias sociales y disciplinares, forma parte de nuestra identidad colectiva; un patrimonio físico y cultural que debemos cuidar y del que podemos extraer algunas claves para construir los próximos 50 años.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

http://ladiaria.com.uy/articulo/2015/10/de-todos/

La diaria, edición 08/10/15

La diaria, edición 08/10/15

Pieza urbana

En un barrio residencial de Montevideo, la pequeña Casa Buceo, de los arquitectos Gualano + Gualano, ocupa la mitad de la parcela mientras propone la otra mitad como espacio vacío. Sus formas puras y su materialidad dura le otorgan un carácter de pieza urbana

La casa Buceo toma su nombre del lugar en el que se localiza: El buceo es un barrio residencial alejado del centro de Montevideo; la cercanía a la costa del Rio de la Plata, el frondoso arbolado público y los jardines de sus casas definen el ambiente de la zona.

En un pequeño terreno en esquina, de apenas 135 m², el estudio liderado por los hermanos Gualano proyectó una casa que debía albergar aproximadamente el mismo metraje. La primera decisión entonces fue apilar el programa en dos niveles, liberando la mitad del terreno, el cual mira al norte en su lado mayor.

Retrayéndose hacia la medianera, el proyecto reserva este vacío al norte, y lo construye visualmente mediante un muro que acompaña la fachada. El patio resultante, además de captar el sol durante buena parte del día, no interrumpe el pasaje de radiación solar a los espacios interiores, especialmente bienvenida en los largos meses del invierno. 

El esquema de dos bandas de actuación, una construida, la otra libre de construcciones, es desafiado por la presencia del prisma de la terraza. Si bien bien ésta ocupa parte del vacío, lo hace con otro espacio también vacío, que además evita apoyarse, colgando del cuerpo principal.

El volumen virtual de la terraza elevada construye la esquina a la vez que demarca y protege el espacio de acceso, y una vez dentro cubre el espacio de estacionamiento. Esta componente urbana de la casa se entiende por la voluntad expresa de los autores de construir ciudad, de proyectar en la ciudad para los otros. Es así que la Casa Buceo se siente más urbana que sus vecinos, se entiende como una pequeña parte de un todo mayor.

La composición formal se puede resumir fácilmente en dos volúmenes, la terraza elevada y el prisma contra la medianera, más el plano que cierra la planta baja. El repertorio material también es acotado, destacándose las piezas en hormigón (rústico o pulido), los bloques también de cemento, madera y algunas piezas en metal blanco. La enredadera que cubre el muro es también concebida como un material en la composición.

Esta expresividad muy controlada, ya sea en lo material o en el campo de las formas, puede ser entendida como una apuesta a una estética de lo mínimo (no me refiero aquí a lo minimal), de lo básico y lo posible. Por un lado, estos materiales precisan poco mantenimiento, y su envejecimiento se asume como parte de su expresión final. Por el otro, se apela a técnicas constructivas sencillas, que ya están incorporadas en la tecnología y mano de obra del medio en el que se construye. 

La protección de la intimidad, asegurada por el largo muro y el portón de entrada, permite que una vez dentro los espacios sean completamente vidriados. La conformación en planta hace que todos los ambientes miren al patio, que actúa como paisaje interior. En planta baja la escalera define dos ámbitos separados, pero conectados visualmente, y su presencia se aliviana con el diseño de sus barandas y el uso del color blanco. En la planta alta la escalera vuelve a separar, esta vez el dormitorio de los niños, al fondo, y el del matrimonio, con su salida independiente a la terraza.

Para concluir, podemos decir que la Casa Buceo saca partido de sus restricciones espaciales, aprovechando al máximo el espacio exterior, a la vez que encuentra un repertorio formal y material propio y adecuado al medio en el que se inserta.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en Axxis #259, Bogotá, Colombia

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Refinamiento constructivo

Tecnología y tradición se combinan en esta casa de playa en el litoral del estado de São Paulo. Thiago Bernardes recoge y amplifica la experiencia de tres generaciones de arquitectos, colocando el confort en el centro del proyecto.

Hace más de cinco décadas que el nombre Bernardes resuena en el ambiente de la arquitectura brasileña. Primero Sérgio Bernardes, reconocido por sus potentes y radicales proyectos; luego su hijo Claudio, fundador del estudio Bernardes + Jacobsen; y finalmente Thiago, quien ocupó el lugar de su padre Claudio, tras la muerte de éste. Actualmente Thiago Bernardes posee su propio estudio, Bernardes Arquitetura, con oficinas en Rio de Janeiro y São Paulo, y en sus proyectos capitaliza la experiencia de tres generaciones, combinando tecnologías de punta con elementos expresivos tradicionales en la cultura del Brasil.

El conjunto de sus proyectos, particularmente sus casas, puede entenderse como un constante proceso de refinamiento constructivo, donde el confort es el principal objetivo. Trabajando para clientes exclusivos, en amplios terrenos y con holgados presupuestos, la obra de Bernardes Arquitetura se ciñe sin embargo a contados componentes y materiales, sin apelar a elementos simbólicos de lujo ni caer en los clichés de la moda del momento. 

La Casa RHG se ubica en São Pedro, Guarujá, en el litoral del estado de São Paulo, y ocupa un terreno elevado y de fuerte pendiente. La sierra de Guararu, de la cual forma parte São Pedro, es considerada un área de protección ambiental desde 2012, por su reserva de vegetación nativa de más de 2.500 hectáreas.

Para aprovechar las vistas hacia el mar, y como forma de permitir la continuidad del suelo y preservar así la vegetación, la casa se eleva sobre una estructura de columnas de hormigón, sobre la cual se apoya otra estructura de acero. En el nivel del acceso una plataforma define la planta de uso exterior, que incluye la piscina: apenas un pequeño pabellón, que alberga la sala de estar comedor y la cocina, sobresale del plano horizontal, cubierto por un techo liviano inclinado. Las barandas de vidrio, y las ventanas corredizas de madera, no interrumpen nunca la visión lejana del mar.

Dos escaleras, una exterior y una interior, conducen desde el acceso a la planta inferior, que contiene los dormitorios y el SPA; ambas desembocan en un atrio, con una perforación en el centro y rodeado por las circulaciones, que permite apreciar la particular estructura que soporta toda la casa y que sólo se percibe cabalmente desde este punto. Mientras en la planta alta el contacto con la naturaleza se plantea como paisaje lejano, la planta de dormitorios se relaciona directamente con los árboles, en primer plano. Como excepción, en la suite principal, una pequeña terraza invita nuevamente a contactarse con la impactante vista de la playa y el mar.

El proyecto de interiores, que también es de Bernardes Arquitetura, propone algunos detalles que subrayan las características de su arquitectura, entre tecnología y tradición. Por ejemplo, en el extremo de la sala de estar, la “Poltrona Jangada”, de Jean Gillon, que hace referencia a una balsa artesanal, convive con la futurista estufa colgada, producida por la empresa Focus y diseñada por Dominique Imbert.

Alcanzar la simplicidad requiere un arduo trabajo de síntesis y pulido, pero si se realiza bien el resultado da sus frutos: esta vivienda no solamente es extremadamente bella y confortable, sino que en el momento adecuado es sutil (sin tampoco esconder su presencia), habla bajo y deja que lo que cuente sea el lugar, la naturaleza cercana y la vista del mar. La abstracción, que muchas veces se confunde con frialdad, permite ver al proyecto en relación con su entorno, y como resultado ambos, casa y lugar, se potencian.   

Contraste y contención a la hora de diseñar se observan en toda la Casa RHG, en una interesante combinación de creatividad, tradición y refinamiento.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en Axxis #259, Bogotá, Colombia

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Con el diario del martes – Exposición en el CCE

© centro cultural de españa

© centro cultural de españa

Desde el viernes 10 de Julio, y hasta el 5 de setiembre, se podrá ver en el Centro Cultural de España (CCE) la exposición de la XII Bienal Española de Arquitectura y Urbanismo (BEAU), edición presentada a fines de 2013 y que observa las realizaciones de los dos años precedentes. La muestra se enmarca en un año en el que el CCE se ha propuesto dar protagonismo a temas relacionados con el espacio urbano, y cuenta con el apoyo de la Facultad de Arquitectura de la UdelaR en su centenario.

El tema propuesto para esta edición es el de la Inflexión, y marca un punto de quiebre con ediciones anteriores, y por lo tanto con la mirada que los propios arquitectos españoles han tenido sobre su producción en las últimas décadas. Para entender mejor esta inflexión, basta con leer la presentación de la edición del 2011, que muestra el estado de negación con el que aún se vivía la ya instalada crisis económica y social: “…futuro a la vista, de la realidad española como potencia internacional, de una industria cultural y técnica de primer orden, reconocida y prestigiada…” En contraste, en el primer párrafo del importante catálogo que acompaña la muestra actual, aparecen expresiones tales como eficacia, mesura, necesidad, respeto, sostenibilidad, reutilización y responsabilidad.

El acta del jurado, que contó esta vez con una menor participación extranjera, refleja con claridad la preocupación por las “contradicciones de una actividad que ha producido en los últimos tiempos obras de altísima calidad arquitectónica junto a otras actuaciones desmesuradas y en ocasiones abandonadas o infrautilizadas”. Previo a la conocida burbuja inmobiliaria, desde la década del 90 (y en parte gracias a la inyección económica de la Unión Europea) la arquitectura española vivió constantes momentos de esplendor, impulsada por la obra pública y apoyada en la figura del concurso público. El notorio exceso de infraestructura cultural, muchas veces injustificada, no alcanza a opacar la cantidad de realizaciones que marcaron la arquitectura europea y mundial de las dos décadas anteriores.

Varios fueron los cambios introducidos por los directores de la XII BEAU, los arquitectos Fuensanta Nieto y Enrique Sobejano, en función de esta nueva mirada, a la vez crítica y constructiva, que marca según ellos “este momento como punto de inflexión, no de regresión, del cual extraer conclusiones válidas en base a las que afrontar con un necesario optimismo el futuro próximo.”

Las categorías de evaluación, por ejemplo, guían la selección hacia proyectos relacionados con la utilización y protección de recursos existentes (edilicios, de territorio y paisaje) o revitalización y transformación de centros urbanos. La que, por novedosa, más llama la atención es la relacionada a la Acción participativa y social, llevada adelante por colectivos de jóvenes arquitectos. Por el contrario, la que más se asocia a la etapa previa es la de Símbolos Cívicos, lo que también se refleja en los proyectos premiados. 

La estructura de premios también fue renovada, eliminando las escalas intermedias; en este caso se muestran los 15 proyectos premiados, y otros 27 finalistas, “obras muy notables no concebidas para competir entre sí, sino expuestas conjuntamente como representación del estado de la cuestión”, como explica el acta.

El formato de la exposición también resulta novedoso, y parece adecuado a los fines de esta edición de la BEAU: se trata de una instalación audiovisual, montada en cinco televisores (a cada uno le corresponde una categoría distinta), más una proyección en gran formato. Para cada uno de los proyectos seleccionados se realizaron piezas de video, las que se exhiben por momentos en pantalla completa, por momentos en mosaicos, permitiendo apreciar a la vez diferentes ángulos del mismo proyecto. Si bien las tomas son fijas, se utiliza también el recurso de la cámara rápida, registrando los cambios de luz y dotando de dinamismo a la propuesta visual. Inexplicablemente los textos dentro de los videos están solamente en inglés.

El hecho de presentar a todos los proyectos con el mismo lenguaje refuerza la unidad del conjunto, y por lo tanto del discurso propuesto. La elección del video (en vez de la tradicional muestra de fotografías y dibujos) acerca, por decirlo así, al visitante y al proyecto; desmitifica al objeto, haciéndolo parte de algo más cotidiano, menos perfecto. Ayuda, quizá, a evitar lo que Wilfried Wang explica en su texto en el catálogo como un “alejamiento entre el concepto y la realidad”.   

Resulta fácil hacer leña del árbol caído y regocijarse en la crítica al despilfarro o la banalidad; más difícil es encontrar las claves de una transformación real y duradera, que no signifique una simple pausa hasta que las condiciones económicas vuelvan a permitir la fiesta. El tiempo dirá si este punto de inflexión que plantea la XII BEAU representa un verdadero cambio de postura, o si por el contrario se trata de simplemente acomodar el cuerpo. Si es lo primero, seguro volveremos a maravillarnos con la arquitectura española.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

http://ladiaria.com.uy/articulo/2015/7/con-el-diario-del-martes/

La diaria, edición 28/07/15

La diaria, edición 28/07/15

Arquitectos Nacionales – Exposición en el Atrio Municipal

Luis García Pardo - Edificio El Pilar © gustavo hiriart

Luis García Pardo – Edificio El Pilar © gustavo hiriart

¿Qué pueden tener en común el Estadio Centenario, el Palacio de la Luz, el edificio El Pilar, que ocupa la proa de Av. Brasil y Br. España, o la sucursal 19 de Junio del Banco República (BROU)? Ya que fueron proyectados por cuatro diferentes arquitectos, y con más de 40 años entre la culminación del primero y el último, la respuesta a dicha pregunta quizá no sea evidente. La exposición itinerante Arquitectos Nacionales, de la Facultad de Arquitectura de la UdelaR, que puede visitarse hasta el 25 de Junio en el Atrio de la Intendencia de Montevideo, tal vez ayude a encontrar una respuesta.

La muestra reúne cuatro exposiciones individuales, producidas por el Instituto de Historia de la Arquitectura, sobre la obra de Juan Antonio Scasso (1892-1973), Román Fresnedo Siri (1903-1975), Luis García Pardo (1910-2006) e Ildefonso Aroztegui (1916-1988). Cada una de las exposiciones que hoy se juntan, la primera de ellas exhibida en el 2007 (Scasso) y la última inaugurada en 2014 (Aroztegui), cuentan además con un catálogo en formato de guía (bueno como ficha, pero un tanto incómodo como libro) elaborado también por la Facultad.

La excusa que promueve esta exposición es la celebración del centenario de la Facultad (del cual hablamos ya con su Decano, ver la diaria 15/5/2015), pero lo que motiva el conjunto de las muestras y sus respectivos catálogos es la voluntad de volver a entender a la arquitectura como parte fundamental de la cultura. O como dice en el prólogo del catálogo dedicado a Aroztegui: “Es imprescindible informar y formar acerca de la arquitectura para valorarla y disfrutarla, para mantener y mejorar el patrimonio que hemos recibido y habremos de legar; para recuperar la arquitectura como dimensión relevante de la cultura”.

El análisis de la obra de los cuatro arquitectos aparece muy documentado y bien ordenado en todos los casos, siendo que en tres de los trabajos se contó con importantes archivos provenientes de donaciones por parte de las familias de los profesionales. Lamentablemente el material fotográfico no es siempre de primer nivel, en especial cuando se trata de fotografías contemporáneas, lo que afecta más a los paneles expositivos que a las fotos pequeñas de los catálogos.

Si observamos las carreras de estos arquitectos formados en la tradición de la academia, veremos cómo, cada uno de diferente manera, incorporó el pensamiento renovador proveniente de las vanguardias artísticas europeas y el movimiento moderno. Basta apreciar la distancia que hay, como propuesta espacial y expresiva, entre el primer proyecto de Aroztegui para el BROU de 18 de Julio, con su columnata neoclásica, y el que finalmente se construyó a principios de la década del 70; o las primeras casas de García Pardo, con tejado y muros que alternan revoque y piedra, y sus proyectos de vivienda agrupada con estructuras complejas y muro cortina de vidrio, como el edificio Positano, ubicado en Ponce y Charrúa.

Aunque varios de estos proyectos puedan haber resultado impactantes (incluso chocantes) en su momento, quizá lo más interesante que encontramos en esta exposición es el aporte de estos arquitectos a la elaboración de una sensibilidad de época; de una cultura material que recorre las diferentes escalas que van desde el diseño de mobiliario (Fresnedo), equipamiento en el espacio público (Scasso), diseño de sistemas constructivos (García Pardo), la creación de espacialidades   radicales (Aroztegui) a el diseño urbano. Y por el otro lado, el importante conjunto de proyectos construidos evidencia la voluntad de una sociedad ávida de nuevas propuestas, la cual depositó su confianza en esta generación de profesionales, a la cual quedan muchos nombres por agregar.

No resulta tan importante conocer sus nombres, o saber quién fue el autor de tal o cual edificio, pero sí entender la relación entre la calidad de sus propuestas y el tipo de sociedad que ayudaron a construir. Puede ser más fácil de comprender observando los equipamientos colectivos, como el Estadio Centenario (Scasso), la Facultad de Arquitectura (Fresnedo), pero también se aprecia en proyectos privados como el edificio Gilpe (García Pardo), que sin resignar nada en su ámbito doméstico colabora en la construcción de ciudad de calidad. También se podría, tristemente, comprobar por el absurdo: es el caso del injustificable agregado a la fachada de la ya nombrada sucursal 19 de Junio del BROU, arruinando no sólo la fachada, sino la relación entre el espacio del gran hall y la Plaza de los 33, y por lo tanto empobreciendo, de paso, la avenida más importante de nuestra ciudad.

Como forma de poner en evidencia una serie de espacios de interés para la disciplina, y dentro del programa de festejos por los 100 años de la Facultad, además de albergar esta exposición el Atrio municipal se integra al proyecto llamado 100 Intervenciones x 100 Espacios. Paralelamente la Facultad trabaja en la elaboración del libro del Centenario, y el lanzamiento del número de la REVISTA #13, que abordará el mismo el mismo tema.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

http://ladiaria.com.uy/articulo/2015/6/nuestros-cimientos/

La diaria, edición 24/06/15

La diaria, edición 24/06/15