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Una callada manera – Entrevista a Gustavo Scheps

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© sandro pereyra

La Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República está cumpliendo 100 años. Por ese motivo conversé con el actual decano, el arquitecto Gustavo Scheps (elegido en 2009 y reelecto en 2013). Dedicado a la tarea de volver a situar la arquitectura y el diseño en la esfera de la cultura, habló sobre el centenario de la facultad y cómo ésta crece, se piensa a sí misma y se prepara para dar a conocer lo que hace.

¿Qué significa para la Facultad de Arquitectura estar cumpliendo cien años?

El Centenario es un buen pretexto para de alguna manera reflexionar y hacer reflexionar sobre lo que es la arquitectura; sobre lo que hacemos y deberíamos hacer dentro de la facultad, y lo que debería ser nuestro aporte a la sociedad y la cultura. En realidad son 100 años como facultad independiente, y alrededor de 130 años de la presencia de la arquitectura en el país, como enseñanza dentro de la Facultad de Matemáticas.

Uno repasa y ve que tenemos una trayectoria contundente: es una facultad que tiene un perfil muy claro, muy fuerte, muy vinculado sobre todo al proyecto, que de algún modo entiende al proyecto como una cuestión compleja que abarca la multitud de escalas que construyen el hábitat. Su estructura, que se ha mantenido a lo largo de los 100 años, en base a Talleres Verticales (1) también le da a los arquitectos en este país un perfil identitario bastante reconocible.

De alguna forma entendés que hay una relación entre aquel arquitecto que se formaba hace 100 años y el que se forma ahora ¿Existe una linea, tal vez a través de los talleres verticales, que le da una cierta continuidad?

Yo creo que se puede hablar de continuidad. En verdad las continuidades las construye uno, desde cierta voluntad de construirlas. Yo diría que hay una matriz que se ha mantenido bastante constante, desde los inicios, en términos de cómo se produce la enseñanza. Es decir: se ha centrado en el taller, y se ha basado en talleres verticales, esto es: que ponen en contacto a todos los estudiantes de todos los años con docentes diferentes, que a su vez pueden cambiar de lugar dentro del taller. Eso genera una proximidad muy grande entre el estudiante y el docente. El rango jerárquico, por así decirlo, es bastante chato. En nuestra facultad es muy normal hablar con mucha comodidad con el catedrático o quien fuera, quizá más de lo que es habitual en otras disciplinas. Y eso genera también una manera muy fluida de relacionarse con los más jóvenes y con los mayores. Yo creo que esa matriz existe; incluso es interesante cómo esa matriz construye un discurso, en el cual, como decía al principio, esa vinculación entre las diversas escalas y problemas, se pone de manifiesto.

Está claro también, que el período más reciente, con una enorme masividad, pone en problemas este modelo, e incluso lo hace tambalear. Pero de algún modo existe. Es interesante pensar cómo el Plan 52 (2) fortaleció la estructura de talleres, cuando en realidad esta estructura es un formato de enseñanza que responde a las visiones académicas, que eran precisamente lo que el plan venía a cuestionar: le exigía a la facultad mayor compromiso con el medio y con la realidad, y adoptar un protagonismo en términos de cambio, pero se apoyaba, y creo que con enorme inteligencia en el taller, la herramienta paradigmática de la facultad, para redoblar la apuesta, y completar esa visión de las escalas que nombraba antes.

De hecho en la región los talleres verticales son una excepción…

Los talleres verticales son cada vez más excepcionales. Existen, en Argentina son muy comunes, pero en general han sido sustituidos por estructuras horizontales, es decir: cursos por año. Más allá de emitir juicios a cerca de esto, creo que el modelo deja una impronta en la formación, en la formación docente y en esta psicología social, por decirle de alguna forma, del arquitecto, de esa manera de vincularnos entre nosotros y con los otros.

Existe entonces esa matriz común, pero por otro lado también hay diferencias notorias, porque el medio ha cambiado. Y creo que parte de la responsabilidad de la facultad hoy día es entender qué es lo que hacemos los arquitectos, cómo lo hacemos, y presentarlo a la sociedad de manera agiornada para que nuestro aporte pueda ser verdaderamente significativo. Muchas veces la sociedad mantiene una visión perimida de la arquitectura; y muchas veces nosotros actuamos en función de esa visión perimida. Entonces hay como un círculo que se retroalimenta, dónde se esperan ciertas cosas de la arquitectura, la arquitectura las genera, pero en realidad no se expande, no se difunde, y este es parte del empeño que estamos haciendo para este centenario.

¿Y cómo se propone la facultad expandir, por usar tu término, las celebraciones por el centenario?

Hay un hilo conductor en el trabajo que estamos haciendo desde el decanato, que tiene que ver con reposicionar a la arquitectura y el diseño como dimensiones fundamentales de la cultura. Y esto no lo afirmamos con un espíritu corporativo, sino que entiendo que verdaderamente es parte de la responsabilidad de esta facultad reconstruirse como campo de conocimiento. Es mucho más el aporte que podríamos hacer, del que estamos haciendo, y es mucho más lo que nos deberían pedir.

Para alinear los festejos con esta filosofía, la idea es tratar de presentar lo que hace la facultad; además de hacer un reconocimiento de lo que ha sido la trayectoria, mucha y muy importante, sobre todo pretendemos mostrar lo que hace la facultad. En este sentido, se están previendo una serie de actividades, que naturalmente incluyen una fiesta en nuestra casa, pero también estamos buscando un contacto con los egresados, no sólo para hacerlos partícipes del centenario, sino para fortalecer lo que es el espíritu de una comunidad académica. En definitiva es parte de este proyecto de restitución de la arquitectura como una dimensión cultural, que debe asentarse en un auto-reconocimiento de quienes practicamos, estudiamos y enseñamos la arquitectura. El centenario es un pretexto para traer gente, disfrutarla, y para mostrarle a la sociedad y la cultura lo que hacemos en la facultad.

Se han hecho y se están haciendo convocatorias; por ejemplo en este momento el consejo aprobó la edición del libro del centenario, que queremos que sea una pieza amable, atractiva, que pueda ser un elemento común entre distintos arquitectos, y que también la gestación del libro sea un proceso interesante.

En relación a lo que se hace en la facultad ¿Cómo encuentra el año 100 a la facultad?

Lo encuentra en la mejor condición para celebrar el centenario. Esto es: creciendo y discutiéndonos. Porque es la verdad, la facultad durante más de 90 años solamente formó arquitectos. Hoy tenemos, además de arquitectura, muchas carreras: tenemos licenciatura de paisaje, de comunicación visual, de diseño industrial y diseño integrado en Salto. Y eso nos coloca en posición de ser la plataforma más potente que hay en el país para el estudio y la enseñanza del proyecto y la transformación del hábitat. De hecho, a la tradición de incorporar el pensamiento y el ordenamiento territorial y lo urbano en la formación del arquitecto (que es indisoluble) ahora también podemos decir que hemos incorporado el diseño de los objetos. Del objeto al territorio todo el proyecto y transformación del hábitat están en discusión la facultad.

¿Se ha pensado en cambiar el nombre de la facultad?

Ahora mismo en el consejo se está discutiendo el cambio de nombre. La idea es cambiar el nombre con la celebración del centenario, y la propuesta que hay es que al día siguiente de cumplir los 100 años la facultad cambie su nombre.

Y este es otro aspecto interesante, y es que la facultad se está discutiendo a sí misma: se está discutiendo con relación al plan de estudios de la carrera arquitectura, que está en proceso de implementación, y es un plan que trata de cambiar las cosas e ir a dimensiones más esenciales, más profundas; trata de ser menos anecdótico, menos acumulativo de contenido para pasar a ser más sustancial. Y por otro lado, esa discusión del plan, ha motivado que la facultad se mire a sí misma en todos los sentidos. La estructura docente está en discusión, tenemos que modernizarla de tal forma que permita un desarrollo de las carreras docentes, que rompa la estructura fragmentaria que ahora tenemos, que es contradictoria con la naturaleza del campo del conocimiento.

El tema del nombre está en una polémica intensa, y al mismo tiempo se discute todo. Se acepta que en la facultad se hacen ordenamiento territorial y urbanismo, pero nos preguntamos si eso debe incorporarse en el nombre o está implícito en la propia idea de la arquitectura. Y es muy interesante la polémica porque en realidad se está viendo qué refleja mejor lo que hacemos. Lo cual significa que estamos pensando a cerca de lo que hacemos, lo que no está nada mal.

¿Hay cambios también a nivel posgrados?

En nuestro país, la arquitectura como disciplina tiene un cierto rezago en cuanto a aceptar la importancia del posgrado. En este momento la facultad ha implementado el Sistema Integrado de Posgrados, una matriz en la cual todos los posgrados están puestos en contacto, lo cual permite un aprovechamiento de recursos humanos y materiales, permite que el estudiante pueda generar una carrera de posgrado personalizada, incluso tomando cursos fuera de la facultad. El doctorado se instaló en la facultad hace más de un año y cuenta ya con diez estudiantes, de manera que ahora tenemos completo el arco de los posgrados. Es una responsabilidad ineludible asegurar la posibilidad de formación al egresado y al docente; la transformación del conocimiento es muy grande y es una responsabilidad académica ofrecer la chance de que todos puedan seguirse formando.

Se inauguró una exposición en el Centro Cultural de España sobre las publicaciones de la facultad.

Hemos hecho un gran esfuerzo, no solamente por publicar centralmente, sino también por generar sinergia entre lo que se hace. Por ejemplo, las muestras itinerantes de arquitectos nacionales, que organiza el Instituto de Historia de la Arquitectura (IHA), se convierten paralelamente en una colección de catálogos, que no solo acompañan la muestra, sino que en sí mismos tienen valor documental.

Con las conferencias inaugurales de cada semestre, dictadas por invitados internacionales, generamos también la colección libros Conferencias. A esos mismos invitados los entrevistamos en la Casa Vilamajó, lo que también termina publicado: ya han sido editados dos libros de complicaciones de dichas entrevistas.Todo esto está superpuesto a lo que son las publicaciones de los diferentes institutos, como la revista Vivienda Popular editada por la Unidad Permanente de Vivienda, o Vitruvia, la nueva revista del IHA. Luego de 25 años sin ser publicada, estamos editando, a un número por año y ya está por salir el cuarto, la REVISTA de la facultad.

Al mismo tiempo estamos intentando redoblar la apuesta y generar un vínculo con el mercado editorial, porque realmente se están generando productos de muy buena calidad, pero tenemos la dificultad de que no llegan al público con la fuerza que deberían llegar.

En el prólogo de la primera edición de la nueva era de la REVISTA escribiste que esta revista “es en sí misma un espacio público”. Luego de tres números editados ¿en qué medida se verifica esa afirmación?

Creo que en buena medida la REVISTA no es la tradicional revista de escuela de arquitectura; se ha convertido deliberadamente en un espacio que trata de aportar al debate de ciertos temas. La presencia del pensamiento de la facultad está en la reflexión y en algunos ejemplos de la praxis, pero sobre todo trata de ser un elemento que apunte al debate.

Lo cierto es que todavía no estamos en el plano que aspirábamos, quizá con exceso de optimismo. Pero el camino es la persistencia, y reconocer los errores: tenemos problemas de distribución y de visibilidad; hay muy pocos medios que atienden lo que se hace en este campo. Pienso que el centenario es una oportunidad para darle más fuerza. Todo esto está en agenda, planificado para en los próximos dos años llegar a un espacio editorial real y un vínculo fuerte con los medios que nos permita llegar a todos.

Nombraste antes a la Casa Vilamajó…

La casa de quien fue un arquitecto muy influyente para el país está administrada por la Facultad de Arquitectura, y hemos generado allí un museo, que en primer lugar lo que muestra es la casa, un muy lindo ejemplo de arquitectura, un ejercicio de proyecto verdaderamente muy rico. Está abierto dos veces por semana, con guías de la facultad que acompañan las visitas. Además es un espacio de exposiciones y se ha convertido en una pieza importante de la estrategia general de re-vincular la arquitectura y la cultura. Por otro lado la facultad compró la casa de al lado y allí se va a instalar la Casa Centenario, que va a alojar el centro de posgrados.

Con origen en la Casa Vilamajó está lo que hemos llamado el Premio Vilamajó, un premio a la generación de conocimiento en arquitectura y diseño. Esto parte de la idea de que la arquitectura y el diseño son un campo de conocimiento que tiene sus propias lógicas en cuanto a proponer conocimiento original, mostrando a la cultura nuevas formas de entender el mundo. Esta dimensión de la arquitectura como generadora de conocimiento es dificultosamente aceptada en determinados ámbitos académicos, es decir: los criterios de validación de la creación del conocimiento y de su mérito responden a mecánicas que tienen que ver con la generación de conocimiento científico. Este conocimiento a través del proyecto que tiende al hacer, a la transformación, no responde adecuadamente a estos criterios de validación. Por tanto el premio se plantea como un espacio de reconocimiento y legitimación desde la arquitectura y el diseño de estas propuestas de creación de conocimiento original. Estamos ahora en la tercera edición, y la idea es nuevamente que lentamente vaya permeando en la cultura académica y no académica.

La facultad estuvo involucrada en la elaboración de la exposición del MoMA de Nueva York sobre arquitectura latinoamericana (3). Vos particularmente escribiste el prólogo al capítulo sobre Uruguay. Desde tu punto de vista ¿qué relevancia tiene esta exposición para nuestra arquitectura?

De más está decir que es importantísimo estar en una vidriera del mundo como es el MoMA. Además de eso, si bien yo no tuve aún la oportunidad de verla, me han comentado que la muestra del sector uruguayo es muy buena. Creo que es de esas cosas que nos hacen falta. Es decir: la arquitectura uruguaya a nivel internacional tiene un gran prestigio, pero que es inversamente proporcional al conocimiento que se tiene afuera sobre nuestra arquitectura. Por alguna razón existe la sensación de que la arquitectura uruguaya es buena pero no se la conoce.

Está en la esfera del mito…

Hay algo de eso. Hay ciertos nombres que verdaderamente han dejado señales, pero hay algo que es verdad, o al menos yo estoy convencido: la arquitectura uruguaya es muy buena! Es muy buena pero está fuera de los parámetros de legitimación del mainstream. Es decir: hay poca arquitectura de la que se publica y de la cual se habla, y sin embargo el interés de esta arquitectura está, por ejemplo, en la construcción de ciudad, y lo ha estado en momentos muy diferentes. Incluso actualmente hay ejercicios muy interesantes de pequeña construcción, callada, pero que cuando uno la visita realmente entiende que está viendo algo bueno. No tenemos edificios paradigmáticos, tipo el Guggenheim de Bilbao, que te colocan verdaderamente en el mapa, pero la gente que nos visita se lleva aquella idea.

Creo que lo que falta en buena medida es encontrar un discurso persuasivo, para afuera y para nosotros mismos, que describa públicamente nuestra arquitectura, que es más de hacer que de reflexionar. No quiero decir que los que hacen no reflexionan, pero no hay demasiado texto y argumento desarrollado, aparte del principal argumento en la arquitectura que es la arquitectura misma. 

En el texto del catálogo hablás de la nuestra como una “callada manera”, que imagino no haya ayudado a la difusión hacia afuera ¿y cómo juega hacia adentro?

En ese texto lo que digo es que precisamente estamos en la condición ideal para tratar de encontrar un relato original; de mirar intensamente, con la mayor curiosidad, lo que hemos hecho y lo que estamos haciendo, y tratar de entender ciertas lógicas que están ahí. Y poniéndolas de manifiesto intentar darnos cuenta de que son valores que le dan cierto perfil a lo que hacemos. Sin buscar un regionalismo, ni una mirada demasiado original, pero hay ciertas cuestiones que acá se han mantenido. Por ejemplo, yo he reflexionado en el manejo del espacio que hay en la arquitectura uruguaya, o al menos en gran parte.

Lo relacionás con la presencia de Julio Vilamajó…  

A Vilamajó yo lo estudié muy detenidamente y es notorio que su mayor aporte está en el manejo del espacio. Se nos ha confundido a menudo con el Vilamajó ecléctico, claro, porque estamos mirando la superficie. Pero en realidad su enorme aporte ha sido el tratamiento del espacio, y eso de algún modo se trasmitió a sus alumnos, y sus alumnos lo trasmitieron a su vez a sus alumnos… Es lindo pensar que alguno está diciendo cosas que vienen trasmitiéndose de tres o cuatro generaciones atrás, y que de alguna manera otro las llevará adelante. Ahora, esa es una impronta que en algún momento rápidamente se licúa, desaparece, si alguien no dice acá hay un valor que hay que atender y cuidar, se pierde. Por eso me parece importante tener un discurso que sea propio, y que de algún modo empiece a dar argumentos legitimantes de nuestra propia producción.

La cuestión del oficio, el cuidado por el hacer, han sido muy característicos. No digo que sean cosas exclusivas de acá, pero son cosas que están acá, y que si no las señalamos y las ponemos en el lugar que deben estar se van perdiendo.

El movimiento cooperativo, por ejemplo, tiene mucho de lo que estoy diciendo. Porque hay un cuidado en el espacio, hay un cuidado en el oficio y las técnicas; hay un enorme cuidado por la factura en las cooperativas, por cómo está hecho, donde el detalle constructivo es tan arquitectura como la plaza, en una visión de espacio integral con calidades espaciales inocultables, interiores o exteriores, como por ejemplo en el Complejo Bulevar. Incluso en sistemas de producción muy restringidos en cuanto a posibilidades, mano de obra y economía. Y sin embargo se generaban cosas que estaban más allá de una cuestión meramente utilitaria.

Vuelvo a la “callada manera”. Laura Alemán, en su texto en Vitruvia (4), habla de “invisibilidad” para referirse al patrimonio moderno. Hace pocos días hubo un gran revuelo por la posible demolición de la Casa Martinez en Pocitos, que trascendió las fronteras de la arquitectura.

La idea de invisibilidad está bien, porque en buena medida ver significa reconocer, significa asimilar lo que se percibe a determinada experiencia, y esa mezcla de cosas hace que lo que vemos sea significativo. La ausencia total de formación, a lo largo de toda la educación formal, de temas relacionados con la arquitectura y con el diseño, explica en buena medida el desapego con el patrimonio construido. En la medida que uno no asimila como parte de uno lo que está ahí afuera no lo reconoce ni lo respeta.

A mi me preocupa muchísimo ese tema, y uno de los programas que quiero impulsar implica un vínculo fuerte entre la facultad y la formación escolar, pero llevado a un plano que no sea el de sacralizar objetos ni memorizar quién hizo qué sino disfrutar de las calidades espaciales arquitectónicas de la manera más simple e inmediata: lo que hace que en un barrio una esquina sea preferida a otra, o el rinconcito que elige un chiquilín para jugar ahí. En definitiva tratar de entender y generar una empatía fuerte desde el principio con lo que nos rodea. Esa cuestión formativa o educativa es básica para que se genere un vínculo fuerte con lo patrimonial. Ocurre que no se valora porque simplemente no se lo reconoce como valioso. Esa manera de que las cosas empiecen a cobrar significado se construye muy lentamente y desde el principio en la cultura.

Por otro lado también hay que estar atentos, porque hay ciertas cosas que tienen urgencias, y de algún modo hay que proteger o alertar; pero sin lo anterior esto simplemente adquiere una dimensión que puede llegar a desgastarse.

     

Dada la coyuntura de las recientes elecciones municipales ¿en qué medida la facultad puede o debe plantear temas en la agenda gubernamental?

Volvemos a lo del principio, la forma en la que nos presentamos ante la sociedad y la cultura. La facultad, la arquitectura y el diseño pueden dar mucho más de lo que se supone. Nosotros somos capaces de construir miradas integradas; de generar propuestas vinculantes en distintos planos y escalas; podemos resolver situaciones y advertir oportunidades. Entonces creo que ahí tiene que estar la exigencia de afuera hacia adentro, pero sobre todo que la facultad tiene que levantar la vara y salir a ofrecer posibilidades. Hemos ensayado algunas cosas pero no han sido tan fructíferas como queremos, tampoco es fácil, pero es obligación nuestra levantar la vara y es obligación de la sociedad también levantar la vara con respecto a la arquitectura, y darse cuenta de que hay una oportunidad en este tipo de pensamiento. Yo quiero que a la facultad la exijan.

Notas:

1 – El Taller Vertical es una estructura que tiene todos los años de la carrera, de introductorio hasta los cursos de urbanismo.

2 – Plan de estudios que rigió desde 1952 hasta el 2002

3 – Latin America in Construction: Architecture 1955-1980. Ver la diaria 24/3/15

4 – Laura Alemán, Tan frágil. Muerte y vida de lo incomprendido, en Vitruvia #1, Octubre de 2014

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

http://ladiaria.com.uy/articulo/2015/5/forma-y-espacio/

La diaria, edición 15/05/15

La diaria, edición 15/05/15

Escape plan – Aigai Spa

It took Brazilian lawyer and entrepreneur Fernanda Pinazo more than two years to find the right place to build her new spa centre. She wanted her business to offer an urban experience, but also to be an oasis for her guests, a calm haven away from Sao Paulo’s busy centre. Picking the perfect spot was critical. Her search led her to a generous – 750sq m – corner plot in Alto de Pinheiros, a relatively quiet residential neighbourhood of Sao Paulo, green with lush trees. At the same time, Pinazo travelled the world, handpicking wellness techniques and treatments to bring back to Brazil and help shape her new spa concept, Aigai. With the plot and concept settled, she was ready to put together the architect’s brief for Aigai’s all-important main home.

After discussions with several practices in the city, it was the proposal of Chile-born, Sao Paulo-based architect Mário Figueroa that won Pinazo over. Demolishing an existing structure on site, the team started with a clean slate. The building was conceived as a structure made of different layers, helping put the necessary distance between the noisy city and the spa’s peaceful core. The main façade is set back, and a zigzagging ramp stretches over a pond towards a hand-painted tile-covered recess defining the complex’s main door. Next to it, a curved green concrete wall surrounded by gardens and covered in twenty different species of plants shields visually the interior from the street and insulates the building from city sounds. The same concrete wall is left exposed inside, its aesthetic playing an important role in the overall architectural feel.

Once through the main entrance, visitors are led to the reception area. This looks out to the first of the building’s twelve courtyards, and guides guests towards the changing rooms, where they will prepare before continuing into one of the spa’s three main relaxation areas. The biggest one is the Relax Lounge. It is partially covered by a white decorative pergola, featuring an Arab-style wood lattice mashrabiya motif. This same pattern will be replicated on doors and walls through the building and is part of Aigai’s visual identity. Figueroa drew inspiration both from the arabesque decorations of the Alhambra Palace in Granada and the minimalist work of Tadao Ando, so the project is a masterful showcase of carefully balanced contrasts.

The second relaxation space is called the Feel. It is a small patio with a vertical garden and a water feature, covered by a sliding glass ceiling; this space was designed to bring the visitor in direct contact with nature. The third and final relaxation area is the Dream; a bijoux library room, with an armchair looking towards a small courtyard that acts as a lightwell. These rooms are places for the guests to rest and unwind, stylishly furnished with pieces by Patricia Urquiola. The option to order food from a specially designed menu devised by the resident chef is also available.

Each treatment room (there is a total of six on the ground floor) has its own outdoor terrace, as well as a variety of equipment for various wellness therapies, such as the Abhyanga Indian oil or the Shiatsu Japanese pressure point massage. The patios make the sky, the trees, the textured concrete and the green walls ever present throughout the building. In combination with the carefully selected designer furniture in the spa, they form an important part of Aigai’s luxury wellness ethos. The building’s service and support areas – such as the garage, offices, the kitchen and a staff room – are located in the basement level.

The first floor – read from the outside as a wood-clad box sitting on the spa’s ground level concrete volume – contains My Spa, a section of the building, which can be hired by a single guest or a group. It has its own separate entrance and offers the two-step Hammam ritual: hot air treatment, followed by exfoliation and a bath. This area also has its own swimming pool, sheltered discreetly by a sliding ceiling in the same mashrabiya pattern.

A building designed to bring the surrounding nature in, while respecting its guests’ privacy, all within one of the world’s busiest metropoles, the new Aigai spa in Sao Paulo is a perfect blend of minimalism and ornament.

 

author: gustavo hiriart

originally published in Wallpaper* #194, London, UK

Leonardo Finotti, fotógrafo de Arquitectura

“Sea lo que fuere lo que ella ofrezca a la vista sea  cual fuere la manera empleada, una foto es siempre invisible: no es a ella a quien vemos”

Roland Barthes, en La cámara Lúcida

A pesar lo dicho por Barthes, la fotografía como arte ha ido consolidando su terreno, hasta convertirse hoy en uno de los principales medios de expresión en museos de arte contemporáneo, bienales y galerías de arte. Sin embargo, particularmente en la fotografía de arquitectura parece cumplirse esta otra frase que refiere al famoso cuadro de Magritte, también del semiólogo francés: “en la fotografía una pipa es siempre una pipa”(1). Al parecer la fuerza del referente fotografiado puede ser tan potente que el ojo (el cerebro en verdad) se saltea, por así decirlo, la foto como elemento expresivo; ve la pipa, no ve la imagen. 

Buscando aparecer, algunos fotógrafos de arquitectura han optado por contar una historia paralela, por competir con la pipa (si se me permite abusar del recurso, última mención). Se escenifican, en estos casos, verdaderas puestas teatrales, que usan al objeto fotografiado como telón de fondo. La apariencia efímera toma el lugar del espacio, y este tipo de fotografías nos recuerdan anuncios que promueven un cierto estilo de vida, en vez de expresar las características materiales (entendiendo la luz como un material más) y geométricas de un cierto edificio, de un determinado espacio. 

Es fácil percibir que vivimos tiempos de arquitectura superficial (valen aquí sus dos acepciones), tiempos en los que casi todo se basa en imágenes, que aparecen un instante y son rápidamente olvidadas. Este estado del arte sería a priori auspicioso para la fotografía: nunca hasta ahora hubo tanta exposición mediática de los fotógrafos de arquitectura y sus trabajos. Las nuevas tecnologías además, como el uso de drones para fotografía aérea, favorecen el espectáculo. 

Viajando a contracorriente, el fotógrafo de arquitectura Leonardo Finotti (Brasil, 1977) optó por la realidad, y así la fidelidad puede ser considerada como uno de los principales criterios de su trabajo. Sin embargo no puede tomarse esta posición sin enfrentar un riesgo: la obviedad. Y ya que la fotografía de arquitectura es a la vez un servicio, la línea entre documental y arte puede ser particularmente fina, y nuestro fotógrafo eligió caminar sobre la linea.

El hecho, en verdad, es que la realidad es múltiple y contradictoria, y lo que Leonardo Finotti nos brinda en sus fotografías es una visión (o versión) extremadamente depurada, que nos deja cerca de la esencia del proyecto fotografiado. Por tanto, su trabajo es un vehículo privilegiado para entender las intenciones abstractas de la arquitectura que fotografía, una percepción limpia y veraz, una imagen literalmente ideal.

Por cierto, su caja de herramientas no es nueva: se basa como siempre en un buen encuadre y una correcta exposición, y sin embargo su visión no tiene paralelo. Arriesgo que la clave de dicha visión se encuentra en su cabal comprensión de la geometría. Leonardo Finotti tiene la habilidad de colocarnos en el punto exacto donde le proyecto habla mejor sobre sí mismo, y ese lapso de entendimiento es como una pausa en el tiempo. Sus imágenes extremadamente estáticas repercuten en el espectador del mismo modo, un momento que transmite la idea de eternidad, asociada a construcciones que generalmente sobreviven a sus usuarios y funciones. Propiciar la pausa y la comprensión, en tiempos donde lo efímero y fugaz inundan la cultura y el arte, propone también un camino cuesta arriba.

LAMA es un proyecto fotográfico en curso, que procura expandir / intensificar la relación entre Finotti y la arquitectura moderna de América Latina. Se trata de un trabajo que al momento abarca 9 países, 9 realidades diversas. La Arquitectura Moderna sirve de base, es un hilo común a través del cual Leonardo Finotti elabora una construcción personal de imágenes. LAMA, cuya sigla significa Latina American Modern Architecture, es también la palabra “barro” en portugués, y propone un comentario sobre la situación actual de esta arquitectura.

La Arquitectura Moderna refleja un momento de optimismo, una época de trabajo colectivo con un mismo objetivo: el progreso. El ser moderno es un ser en comunidad, que entiende el progreso como plataforma para el bienestar común. El espacio moderno es fluido, es espacio público, incluso en ámbitos privados.

Formalmente esta nueva arquitectura, originaria de Europa en la década del 20 del siglo pasado y en consonancia con las vanguardias figurativas, implicó una revolución en la concepción de los objetos. Liberada de la composición clásica y de todo lo que era considerado superfluo, la expresividad del lenguaje moderno reside en el espacio y las formas abstractas. El universo expresivo de cada obra refiere a sí mismo: cada proyecto establece sus normas de composición, y el usuario tiene un rol activo en este proceso. 

Entre tanto, a través de la rápida difusión de obras de referencia y el carácter mesiánico de algunos de sus más importantes representantes (imposible no pensar aquí en Le Corbusier), son obvias ciertas constantes en sus resultados. Tempranamente, América Latina adoptó esta nueva cultura arquitectónica, pero de forma inmediata comenzaron a surgir innovaciones y adaptaciones locales, que tuvieron su apogeo en el proyecto de Lucio Costa para Brasilia y sus principales edificios diseñados por Oscar Niemeyer.

El acercamiento de Leonardo Finotti a la fotografía de arquitectura moderna de Brasil comenzó de forma espontánea. Un importante proyecto sobre la obra de Niemeyer le dio un primer sentido a su trabajo, al convertirlo en búsqueda, en colección exhaustiva (al día de hoy el trabajo cuenta con más de 200 proyectos fotografiados). Otros proyectos, como el que se centra en las Casas proyectadas por Paulo Mendes da Rocha, le permitieron encontrar constantes en su fotografía y el desarrollo depurado de un lenguaje propio.

Lo que en un principio fue una relación de empatía, de valoración de calidad arquitectónica (Finotti es también arquitecto) al tiempo derivó en una necesidad. La arquitectura moderna es hoy día el mejor vehículo para expresar el encuentro entre el espacio, la forma, la materia y una visión muy personal.

Paulatinamente Leonardo Finotti empezó a aparecer en las fotografías… Su trabajo destaca a través de su visión ordenada, su estructuración espacial, su refinamiento obsesivo. Una búsqueda inicial por la objetividad (que deja ex profeso de lado a la originalidad) se transformó, por repetición, en subjetividad. Es la composición la que produce la escena, como una sutil maya invisible que ordena las formas y las lineas; es la proyección del discurso sobre el espacio la que emerge en las fotografías de LAMA. 

Actualmente el MoMA de Nueva York exhibe su mayor muestra de arquitectura Latinoamericana, Latin America in Construction: 1955 – 1980. Esta exposición celebra los 60 años de otra muestra, también del MoMA, que presentaba arquitectura de América Latina entre 1945 a 1955. Leonardo Finotti fue convocado por el museo para hacer un ensayo contemporáneo, que además de estar presente en la exposición, abre el catálogo de la misma con un portfolio personal.

Para finalizar, vale la mención de la apertura de LAMA.SP es un espacio colaborativo, ubicado en el centro de São Paulo. Desde esta plataforma Finotti establece vínculos con otros creadores, en directa relación con la Arquitectura Moderna paulista, ya que la sala se encuentra en piso 37 del emblemático edificio Mirante do Vale, del arquitecto Aron Kogan. Por ejemplo, el pasado marzo se presentó el artista suizo Mayo Bucher, con una instalación site-specific en la fachada del edificio, y obras de gran formato que reinterpretan las fotografías de Finotti, relacionando arte, arquitectura y ciudad.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en La tempestad #102, México DF, México

La tempestad #102, Abril 2015

La tempestad #102, Abril 2015

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Casa Zé en Palmela

La ciudad de Palmela, cercana lisboa, se destaca por sus paisajes naturales, y por la presencia de su castillo. Paratelier propone una pequeña y compacta casa, que aprovecha su posición para captar las vistas cercanas y lejanas. Las tablas que dieron forma al hormigón de sus muros fueron reutilizadas en el interior.

A 25 kilómetros al sur de Lisboa, la pequeña ciudad de Palmela aprovecha su situación geográfica excepcional: muy cercana a la capital portuguesa, aún mantiene sus características semi rurales, donde la dominante actividad vitivinícola convive con industrias de mediano porte. Construida en torno al Castillo de Palmela, el cual ocupa su parte más alta, ciudad y castillo dominan el valle y las vistas a la reserva Parque Natural Arrábida.

La plaza Boa Vista hace honor a su nombre: desde ella se puede observar tanto el valle Barris como el castillo medieval. En un estrecho terreno vacante que enfrenta a la plaza, Paratelier, estudio de arquitectura con oficinas en Lisboa y Roma, dirigido por Monica Ravazzolo y Leonardo Paiella, proyectó la Casa Zé. Este estudio de jóvenes arquitectos actúa frecuentemente en las áreas de arquitectura y diseño de paisaje, y de alguna forma el proyecto de esta casa aúna ambas disciplinas, ya que la construcción se integra en el paisaje del lugar, e integra asimismo las vistas del entorno en sus espacios.

Vista desde la plaza, la casa se presenta como un bloque monolítico, con apenas algunas aberturas discontinuas, que favorecen la imagen de objeto macizo. Esta contundencia se ablanda, por así decirlo, con la forma del techo a dos aguas, que informa icónicamente de su función de vivienda. Por más que el contraste con sus vecinos es notable, el proyecto procura asociarse a través de la coloración ocre y rojiza, de sus muros y techo respectivamente. Además, un pequeño patio lateral sirve también de conexión (o desconexión, mejor) con la casa de la esquina.

Todo proceso constructivo deja sus huellas; las construcciones con hormigón visto hacen del proceso su acabado final, al dejar las marcas del encofrado que le dio forma. La Casa Zé lleva este proceso aún más lejos, ya que las tablas utilizadas para encofrar los muros exteriores fueron reutilizadas, luego de haber sido limpiadas y enderezadas, casi en su totalidad en el interior. De esta manera, además de las ventajas del reaprovechamiento (económicas y de sustentabilidad) existe una correspondencia geométrica entre las marcas en el exterior y las juntas en el interior.

La imagen dura y abstracta del exterior de la casa no permite adivinar el interior cálido que se percibe apenas se entra, y el efecto sorpresa se potencia en el espacio de doble altura del recibidor, completamente forrado en madera, que invita inmediatamente a subir. El proyecto rompe  así la organización tradicional, ubicando los dormitorios en el primer nivel, abiertos al patio lateral, y las zonas de estar, comedor y cocina en el segundo nivel.

Conforme se sube, el contacto con el exterior es mayor, hasta llegar al área de relación, un espacio continuo que congrega las actividades sociales de la casa. Cada una de las aberturas que aparecen en este espacio fueron pensadas en su relación con la vista particular que se buscaba enfocar. De tal forma, la ventana que da para la plaza concentra la mirada, mientras que la que apunta hacia el valle propone una vista más amplia. Una tercera ventana permite la salida a la terraza posterior, desde la que se ve también el castillo.

Cualquier proyecto estructurado verticalmente depende de su escalera, y la escalera de la Casa Zé, construida enteramente en madera, acompasa su diseño con el criterio general de la vivienda: más cerrada en la planta baja, se abre escultóricamente en el nivel de los dormitorios hasta llegar libre a la planta superior. Observar esta mágica escalera nos deja la satisfacción de saber que aún quedan cosas por ser inventadas. 

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en Axxis #255, Bogotá, Colombia

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Arena do Morro

Cualquier diseño integra obligatoriamente diversas variables, condensa en un resultado diferentes requerimientos, supera restricciones y contradicciones a la vez que potencia posibilidades. Un proyecto de arquitectura es, además, un diseño a medida para un determinado lugar y contexto social. Un edificio, si es exitoso, debe resolver todo lo anterior, con la contradicción (¿o mejor llamarle desafío?) de que el propio edificio cambia con su presencia las condiciones originales. Finalmente, por si lo anterior fuera poco, los usuarios y sus demandas cambian con el tiempo, así como cambia también la sensibilidad con la que se observan y juzgan sus formas y materiales. El gran edificio será aquel que también logre adaptarse y mantenga su vigencia expresiva, evitando la obsolescencia programática y formal.

Este preámbulo, que podría aplicarse a cualquier caso, también nos deberá servir para analizar al Arena do Morro, gimnasio polideportivo diseñado por el estudio Herzog & de Meuron (H&dM), localizado en el barrio Mãe Luiza de la ciudad de Natal, en el estado brasileño de Rio Grande do Norte. El edificio forma parte de un proyecto urbano llamado Visão sobre Mãe Luiza (Visión sobre Mãe Luiza), cuya autoría también pertenece al consagrado estudio suizo. Ambos diseños fueron donados por H&dM, mientras que la construcción fue costeada por la Fundación Ameropa, perteneciente a una empresa, también suiza, del rubro de los granos y los fertilizantes. Ameropa y H&dM ya tenían una experiencia conjunta, cuando en 2001 los arquitectos construyeron en Binningen la sede central de la empresa.

Si tener un profundo conocimiento de las condiciones en que se realiza un trabajo es fundamental para alcanzar buenos resultados, avancemos con la descripción de la situación previamente existente en el lugar. Mãe Luiza es un barrio popular con características de periferia, pero localizado en un enclave muy especial, cercano al centro de la ciudad y enfrentado al Océano Atlántico. Al sur y al oeste está cercado por la reserva Parque das Dunas, un área de protección de arenales y bosque nativo, y al norte por barrios de alta gama. Un faro de mediados del siglo pasado es su principal atracción turística, y su verticalidad y blancura contrastan con el abigarrado colorido de las casas, en constante proceso de construcción.

Pero quizá lo más notable de este barrio sea la presencia y actividad de sus fuerzas sociales, así como su interacción en beneficio de sus habitantes. En 2006, el Centro Sócio-pastoral Nossa Senhora da Conceição realizó un seminario para pensar el futuro desarrollo de la zona; partiendo de las conclusiones de aquel encuentro, y con la colaboración del municipio, el estado, H&dM y el financiamiento de la fundación (que actúa en el área hace más de 20 años), se llegó en 2009 a la realización del proyecto global, y particularmente la construcción del gimnasio polideportivo inaugurado en 2014, en un lote adyacente a la escuela estatal Dinarte Mariz. Dentro del estudio suizo, el arquitecto Tomislav Dushanov fue el responsable por el proyecto.

El terreno, una faja paralela al mar, rectangular contra el edificio de la escuela y con una pronunciada punta en el extremo opuesto, contaba con una estructura existente de un antiguo proyecto para techar una cancha. El uso de esta estructura, además de anclar el proyecto a una preexistencia, permitió mantener una altura excepcional para el barrio. También habilitó la construcción de modelos del techo a escala 1:1, el cual requirió un ajuste en su estructura perimetral luego de testear su reacción a los fuertes vientos del lugar. Otros materiales también fueron probados en obra, como los bloques de hormigón, fabricados por un productor local, o el piso de monolítico, permitiendo el ajuste de sus coloraciones.   

Paralelamente a la construcción los líderes comunitarios crearon una comisión gestora que realizó seminarios para elaborar el proyecto político y pedagógico, así como la agenda de acciones a desarrollar en el gimnasio. Los habitantes de la zona pudieron visitar junto a las autoridades la obra en construcción. Fomentando la participación ciudadana se propuso un concurso para la creación del nombre del proyecto: Arena do Morro fue la propuesta de un joven de 16 años, y hace alusión (no exenta de ironía) a el estadio Arena das Dunas, construido para la copa de football realizada en Brasil el año pasado. 

Yendo al análisis del proyecto arquitectónico, la idea principal parece estar en la generación de un gran techo que cubra toda la extensión del terreno, para lo cual fue necesario prolongar la estructura existente. Este techo se resuelve de manera sencilla: se trata de chapas de metal, de color blanco, colocadas de forma escalonada en fajas paralelas a la calle, con un espacio de ventilación e iluminación entre cada una de ellas. Aunque la técnica constructiva es extremadamente simple, el resultado final, al cruzar la trama de la cubierta de estructura regular con el terreno de forma irregular, es profundamente sugerente. Más neutro contra la escuela, su expresividad máxima se alcanza en la esquina, donde el techo parece perder piezas, se deshilacha por así decirlo. En este punto, el de mayor dramatismo si se quiere, el proyecto propone el acceso principal al edificio, así como a un mirador ubicado en el primer nivel.

El resto de los planteos del proyecto se pueden resumir en dos acciones básicas: un pavimento continuo de hormigón, que se moldea según la topografía (en declive hacia el sur), a la vez que adapta su función: es piso, tribuna para 420 espectadores o se pliega para convertirse en escalera; y una serie de muros curvos elaborados con las piezas prefabricadas ya nombradas, que definen los límites del edificio contra la calle, y arman los recintos que sirven de salas de danza, talleres, y los vestuarios. La combinación en la posición de los bloques define el grado de apertura de los espacios que limitan.

Mientras que el piso, en su continuidad, establece una base de uso público, una plaza, las curvas de los muros acompañan al usuario en su ingreso, llevándolo desde el exterior hacia el interior, como una Cinta de Möbius. 

La interacción entre las trazas rectilíneas del techo blanco, abstracto y liviano, y la base pesada compuesta por el pavimento y los muros, potencia ambos extremos expresivos, haciendo más clara cada una de sus características, gracias al contraste entre ellas. Conviven en el edificio lo tectónico (entendido como lo articulado, que no muestra la transmisión de las cargas hacia la tierra, en este caso el techo) y lo estereotómico (entendido como la construcción asociada a la naturaleza, la cueva, aquí el piso y los muros). Para entender rápidamente este concepto es útil la comparación entre el Arena do Morro y el conocido proyecto de Jørn Utzon para la Ópera de Sidney, con su plinto pétreo y sus techos livianos como velas. 

La dualidad expresiva es tan potente, que por un momento nos parece que el basamento pesado de hormigón siempre estuvo allí, y que es el techo liviano la única construcción nueva. Esta capacidad de restringir la imagen del gimnasio al techo, esta sensación de novedad y permanencia, es una de los aciertos más importantes del proyecto en su relacionamiento con el entorno. El blanco representa lo nuevo, o mejor, solo lo nuevo puede ser blanco; y es también el color más ausente en el lugar (salvo por el faro), ya que pocas de las viviendas locales reciben terminaciones, y en el entorno cercano prima el color rojo del bloque de tierra o ladrillo. Por otro lado el hormigón representa lo público y duradero, lo inacabado también, puesto que se completa con el uso.

Tanto las formas como los materiales cargan con su historia, reflejan un determinado posicionamiento cultural (e ideológico), generan empatía o rechazo. No es casual que se haya optado por materiales sin un acabado refinado y técnicas de construcción sencillas, no sólo desde el punto de vista del presupuesto acotado o el mantenimiento futuro, sino también como una manera de comunicación básica y horizontal con los vecinos del barrio. Las formas curvas no son patrimonio de la arquitectura brasileña, pero es imposible no pensar en Oscar Niemeyer al ver la planta de este edificio, también los elementos perforados están vinculados a la arquitectura colonial del Brasil, y fueron retomados por su arquitectura moderna, en manos de Lucio Costa, por citar un ejemplo.

Se aprecia también un cuidado especial a la escala de la intervención, a su tamaño relativo al granulado del barrio, un tejido donde predominan las pequeñas casas individuales. La discontinuidad material, tanto del techo como de los muros de bloques perforados, achica perceptivamente el tamaño del edificio. La liviandad de la cubierta, sumado a su estética de montaje, le otorga un cierto aire transitorio o cambiante, lo que relativiza el impacto de su presencia: desde lejos podemos percibir al gimnasio como una gran carpa armada para la ocasión.

La neutralidad formal del edificio, su imagen de gran galpón (tanto mirado de afuera como percibiendo su espacio interior), es también un acierto, a la hora de pensar en sus funciones actuales y sus posibles adaptaciones programáticas. Gracias a su flexibilidad espacial y significación para el barrio, además de funciones deportivas el Arena do Morro ya ha albergado actividades diversas: entre otras, talleres y muestras audiovisuales, campañas de cultura y salud.

El proyecto urbano para la zona planteaba la realización de un eje transversal al mar, que pasaría entre el gimnasio y la escuela Dinarte Mariz, y acabaría en una plataforma que mira a la costa. Por otro lado proponía también una vía verde para la calle de acceso a la zona, la Alameda Padre Sabino. Paralelamente la Secretaría de Educación se comprometió a reformar el edificio de la escuela. Salvo la vía verde, cuyas obras comenzaron a fines del 2013, ninguna de las otras ideas han sido plasmadas. Actualmente existe también la propuesta para un nuevo parque municipal, que ocuparía 1.5 hectáreas entre el Arena do Morro y el mar y que busca incluir a Mãe Luiza en el circuito turístico de la ciudad; en este momento se preparan las bases para un concurso público, mientras se está en busca de financiación.

En junio de 2014, dos meses después de la inauguración del edificio, fuertes lluvias produjeron importantes deslizamientos de tierra, y decenas de casas desaparecieron en pocas horas, junto con un largo tramo de calle. Este episodio sirve para mostrar las carencias de infraestructura que aún existen en el lugar, y la fragilidad de las humildes viviendas locales. La sola presencia del gimnasio, por obvio que sea decirlo, no soluciona todos los problemas que enfrenta el barrio. Sin embargo, además de proveer actividades de deporte, recreación y cultura (lo que redunda en calidad de vida, mejor de la autoestima colectiva y la seguridad), la experiencia de la participación de las fuerzas sociales desde la definición de las necesidades hasta la gestión del gimnasio deja un aprendizaje profundo.

Si el lector llegó hasta aquí, verá que en el conjunto de este artículo se han abordado los temas planteados al inicio: las variables del diseño, el proyecto como un diseño específico, y el edificio como una entidad cuya vida dura más que las demandas que lo hacen necesario. El Arena do Morro, a partir de lo visto, reúne las condiciones de un gran edificio; puede ser también, si se me permite la imagen, una locomotora, que tire de unos vagones que poco a poco irán siendo llenados colectivamente. Un nuevo faro, que muestra una dirección deseable, y posible. 

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en Alemán en Archithese – Architektur und Soziologie, Zurich, Suiza

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