Desde el frente

Una mujer observa un paisaje plano y desértico desde los peldaños más altos de una escalera plegable. Se elevó para cambiar el punto de vista, ver desde más arriba, más lejos, ampliar su horizonte; una acción simple, económica en términos de utilización de recursos, con la que obtiene un resultado relativo enorme. Con esta imagen se presenta la actual edición de la Bienal de Arquitectura de Venecia, creada en 1980 como una sección de la bienal de arte de la misma ciudad, que es la principal exposición internacional relacionada con la profesión y este año se realiza del 28 de mayo al 27 de noviembre.

El tema de esta decimoquinta edición, “Reportando desde el frente”, propone recoger, en el simbólico campo de batalla de la arquitectura, las experiencias de quienes han logrado, con su experiencia en la construcción del entorno, ganar cierta perspectiva (como la mujer en la escalera). A los participantes -representaciones nacionales e individuos- se les pidieron reportes de actuaciones exitosas, casos ejemplares en los que la arquitectura haya “hecho la diferencia”, al decir del curador de la colosal muestra, el arquitecto Alejandro Aravena (Santiago de Chile, 1967).

2016 parece ser un gran año para él: además de curar la Bienal, en enero recibió el Premio Pritzker (una especie de Nobel para los arquitectos, del que Aravena fuera jurado hasta el año anterior). Pero este no es su primer gran año: en 2008, la misma Bienal le otorgó el Premio a la Joven Promesa, y la revista Icon, especializada en arquitectura y diseño, lo colocó en su portada. Un año más tarde, la revista Monocle lo incluyó en una lista de 20 “nuevos héroes globales”. Autodefinido como idealista y pragmático a la vez, este ex docente de Harvard dirige desde 2001 el estudio chileno Elemental, enfocado en proyectos de “interés público e impacto social”, según explica su sitio en internet, que se ha destacado internacionalmente por algunos proyectos de vivienda agrupada. Para cerrar este párrafo biográfico, vale agregar su charla TED de 2014, video viral en el mundo de los arquitectos.

El lector se podrá preguntar por qué tanto detalle acerca de la figura del curador. Ocurre que hay, en forma indudable, una fuerte impronta de Aravena en su Bienal, desde el planteo inicial para los expositores hasta los premios otorgados -sobre los que volveremos más adelante-, pasando por la exposición a su cargo. El arquitecto chileno representa (y el premio Pritzker confirma esto) un cambio en el discurso de legitimación de la arquitectura: el pasaje de un supuesto sistema de estrellas globales a uno de héroes locales, que afrontan problemas y limitaciones materiales.

No es difícil entender -en tiempos de continuas crisis económicas y ambientales, y de “corrección política” generalizada- por qué este discurso pasó de alternativo a hegemónico. Aravena encarna ese relato y lo simplifica con eslóganes cargados de buenas intenciones, en una prédica de eficacia innegable. Como dice el argentino Fredy Massad, ahora parece que la arquitectura social hubiera nacido “de la mano de este nuevo mesías, que se ha encargado de hacerla trendy y deseable”.

La exposición que da la bienvenida a los visitantes de la Bienal, diseñada por el equipo curatorial, busca dar el ejemplo: en su montaje se utilizaron 10.000 metros cuadrados de placas de yeso y 14 kilómetros de montantes de acero, todos recuperados de lo que quedó de la bienal de arte realizada el año pasado. Apiladas, las placas generan muros laterales, sobre los que se exhibe la muestra, mientras que los perfiles galvanizados cuelgan del techo a modo de inquietante cielorraso. La potencia de este espacio impacta mucho más que la muestra que aloja. Por lo que he podido recabar, poco se habla de la calidad del espacio, casi nada de lo exhibido y mucho de la cantidad de material que se pudo reciclar (más de 90 toneladas), algo que suele ocurrir ante proyectos presentados con el destaque de que son “sustentables”: el foco está en lo cuantitativo.

Los premios

El jurado otorgó el León de Oro, máxima distinción de la Bienal, al Gabinete de Arquitectura (Paraguay), por la exposición Breaking the Siege (rompiendo el asedio). Curada por Solano Benítez, Gloria Cabral y Solanito Benítez, esa muestra consiste en una monumental bóveda perforada, construida íntegramente con ladrillos unidos con mortero (ver la foto). Esa filigrana de ladrillos, visualmente tan endeble como un castillo de naipes, es tal vez la imagen de lo opuesto: lo que allí se ve es la esencia de la forma, la estructura, lo necesario para existir. La instalación se complementa con una cuidada iluminación, que pone en evidencia los patrones que conforman la filigrana (en forma de equis), proyectando sus sombras sobre las paredes laterales. Lo más interesante de esta propuesta parece estar en el contraste entre una forma a priori noble y su construcción con medios sencillos (ladrillo, mano de obra no calificada) y, sobre todo, baratos.

El estudio liderado por Solano Benítez, carismático representante de lo glocal(global-local), cobró notoriedad en la última década por un uso imaginativo de un producto ordinario como el ladrillo. Las carencias materiales en su país lo llevaron a jerarquizar la técnica sobre otros factores, mediante un proceso de ensayo y error en obra, a fin de optimizar el uso de materiales y del presupuesto, alcanzando una expresividad propia y potente. Vale agregar que Benítez había sido premiado en 2008 por el banco suizo BSI (que es el principal patrocinador de esta bienal veneciana), mientras que Gloria Cabral fue elegida en 2014 para el programa Mentor & Protégé de la empresa Rolex. No es difícil ver aquí a lo establecido legitimando lo alternativo, absorbiéndolo en forma paternalista y convirtiéndolo en mainstream, algo que puede generalizarse acerca del conjunto de esta Bienal.
El León de Oro a la participación nacional le correspondió a la propuesta española, Unfinished (inacabado). Con la curaduría de Iñaqui Carnicero y Carlos Quintans, el conjunto compuesto por cuatro exposiciones propone una mirada sobre la producción reciente española, enfrentada a un prolongado escenario de crisis económica luego de que reventara la burbuja inmobiliaria. Más allá de la crítica implícita sobre el despilfarro, la muestra evita el lamento y propone herramientas que ayuden a encontrar caminos de posible de actuación en el ya no tan nuevo escenario. El diseño del conjunto, despojado y materialmente muy sencillo, se ajusta al mismo tipo de limitaciones que se les exigen a los proyectos convocados.

La exposición comienza con siete series fotográficas sobre edificios o espacios abandonados en medio de la obra, mostrando, además de su dimensión estética, su capacidad de sugerir nuevos lugares de actuación. La siguiente muestra es una selección de 55 proyectos, separados en nueve categorías, que responden con responsabilidad y coherencia a un contexto de recursos limitados. En otro espacio se proyectan 11 entrevistas con personalidades internacionales de la arquitectura, que se expresan sobre la situación española. Finalmente, el concurso Unfinished expone el trabajo de jóvenes arquitectos, muchos de los cuales aún no han tenido la posibilidad de construir debido a la recesión económica.

Semanas antes de que comenzara la Bienal ya se sabía que recibiría un merecido premio a la trayectoria el arquitecto brasileño Paulo Mendes da Rocha. Nacido en Vitória en 1928 y distinguido con el Pritzker en 2006, Mendes da Rocha aún trabaja en su estudio en el centro de San Pablo, y es actualmente el principal referente de la denominada Escuela Paulista. Su obra, en la tradición de la Arquitectura Moderna, transmite una enorme confianza en la capacidad de transformación de la arquitectura y el urbanismo. Sus actuales proyectos mantienen la vitalidad admirable de los primeros, de fines de los años 50.

Se otorgó el León de Plata al nigeriano Kunlé Adeyemi, por su prototipo para escuelas flotantes. Paradójicamente, la única escuela fabricada a partir de este diseño se desplomó hace poco más de una semana en Lagos, luego de días de intensas lluvias. Hubo también menciones para la propuesta de Perú, una atractiva e interesante exposición sobre un proyecto de escuelas en la selva amazónica; y la de Japón, con alternativas de vivienda colectiva compacta para zonas densamente pobladas.

Resumiendo: premios para un equipo paraguayo, para la propuesta de la España en crisis, para un arquitecto brasileño y otro nigeriano; menciones para Perú y Japón. Así alineados los astros, es evidente que el foco está puesto en América Latina y sus propuestas, pero sería ingenuo pensar que el mérito es todo del curador chileno. Parece interesante agregar que, a diferencia de lo que suele ocurrir en los festivales de cine, donde el público aporta a la evaluación de lo exhibido, la Bienal de Venecia comienza con los premios ya otorgados y permanece abierta por seis meses, iluminando el camino legitimado de antemano.

Reboot

Sin haber tenido la oportunidad de visitar la Bienal y reportar desde el frente, agrego un rápido apunte sobre el enigmático envío uruguayo. Reboot (reinicio), la propuesta liderada por el profesor arquitecto Marcelo Danza para el pabellón de Uruguay, surgida de un concurso organizado por la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo, se apoya en dos acontecimientos de los años 70: la guerrilla urbana del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros y la tragedia de los Andes. El equipo responsable de la muestra sostiene que halló, en esas dos respuestas colectivas a situaciones extremas, sendas lecciones a partir de las cuales ve posible “contactar con otros registros posibles para lo arquitectónico”.

La exposición invita “al visitante a involucrarse con la muestra y a construir su propia estrategia de decodificación y entendimiento, generando sus propias relaciones de los eventos presentados entre sí y con la disciplina”. El pabellón, un espacio de planta rectangular de unos 100 metros cuadrados, está dividido en dos por una cortina translúcida. De un lado, un pequeño pozo cuadrado, con tierra y piedras al lado. Del otro, dos dibujos de gran dimensión sobre la pared y una frase, cuya traducción sería “Entenderemos lo que es la arquitectura cuando nuestra vida dependa de ello”.

Alcanzo a comprender que se encuentre interés en estrategias de supervivencia, e incluso que se puedan extraer de ellas lecciones arquitectónicas; lo que me resulta discutible es la pertinencia de esta propuesta esquiva en una Bienal que pedía soluciones a problemas probables. Remontarse al mito para entender “lo que es la arquitectura” es como pensar los problemas de la selección nacional de fútbol estudiando la final de Maracaná.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

http://ladiaria.com.uy/articulo/2016/6/desde-el-frente/

La diaria, edición 17/06/16

La diaria, edición 17/06/16

Ensayo y error – Gabinete de Arquitectura

El  arquitecto Solano Benitez dirige su Gabinete de Arquitectura en la ciudad de Asunción del Paraguay. La situación geográfica de este pequeño país en el centro de América del Sur, explica por sí misma alguna de las características del trabajo del Gabinete, por lo que conviene profundizar en este aspecto. Paraguay se parece quizá a la imagen que, alguien que no vive en América, puede tener de dicho continente: es un país con una economía débil (o “en desarrollo”), hibridado culturalmente, con clima muy cálido y húmedo, en medio de selvas y caudalosos ríos. Además de esto, Paraguay, como diría el escritor Augusto Roa Bastos sobre su condición de aislamiento físico y político, es “una isla rodeada de tierra”.

Todas estas particularidades, algunas de ellas verdaderas restricciones materiales a la hora de proyectar, han potenciado el trabajo del Gabinete de Arquitectura y le han dotado de mayor sentido. La carencia de presupuesto, junto a las tradiciones constructivas locales, llevaron a jerarquizar la técnica (entendida como los modos de hacer) por sobre otros factores. Tomando el material ladrillo como dato de partida, un elemento producido en el lugar y extremadamente barato, el desafío que se plantearon fue puesto en el uso imaginativo de un producto ordinario, expandiendo sus posibilidades. Solano dice que vivimos una “crisis de falta de imaginación”, por lo que se ha propuesto hacer lo que no sabe, en un proceso de invención y ensayo constantes, que admite el error como modo de acercamiento a la mejor solución posible.   

Por todo esto, el Gabinete de Arquitectura es a la vez un un estudio, una empresa y un taller; o mejor: un espacio de diseño, construcción y enseñanza ligada a la investigación. El propio edificio que alberga el estudio es un obrador en constante mutación, una verdadera cantera de obra. El desarrollo de la obra por parte del Gabinete, el trabajo directo con los materiales y con los “maestros” que realizan la construcción, es fundamental en todo este proceso que va indistintamente del estudio a la obra, o viceversa. Además, Solano Benitez se rodea de jóvenes arquitectos, que incorporan sus ganas e inventiva, mientras olvidan, como ellos dicen, lo que hasta el momento habían aprendido.

Si bien la técnica está en el centro del pensamiento de Solano Benitez, sus proyectos no se perciben como tecnológicos, ya que el proceso constructivo es un medio para generar el espacio y la protección del mismo, en un medio ambiente donde el calor plantea condiciones extremas. Sumado a esto, el uso del ladrillo naturaliza, por así decir, la presencia física de sus edificios. El uso de espacios intermedios, de cáscaras que fragmentan el exterior incorporándolo al interior, son respuestas que provienen del espacio, la aclimatación y el uso, y acaban en la solución tecnológica específica. Estas soluciones aparecen en varios proyectos del Gabinete, destacándose en la Sede de Unilever, la Casa Esmeraldina, la Tumba para su padre o la Fundación Teletón.

Solano Benitez declara que le interesa la historia de la técnica, y agrega: “incluyendo también a la poseía como una técnica muy precisa, para satisfacer precisas necesidades del ser humano”. Y nuestro arquitecto se vale de la poesía en dos aspectos fundamentales de su trabajo: la construcción y el discurso. La poesía opera por síntesis: condensa en palabras o en formas, ideas o imágenes, y las entrega de manera contundente; las formas que produce el Gabinete de Arquitectura son contenidas, hechas con un único material, y el mensaje llega a través del espacio, la luz y la materia de forma simple y profunda, conduciendo el mensaje directamente al campo emotivo. No es simple el pensamiento que las produce, pero sí lo es el resultado, a través de una refinada depuración. Por otro lado, en el discurso Solano Benitez se confunde con su obra: utiliza la literatura, la filosofía, expande el campo de acción de sus proyectos en conferencias y seminarios en todo el mundo, emocionando audiencias con su lenguaje poético y didáctico.

Probablemente la característica principal en la obra del Gabinete de Arquitectura es la coherencia; el ensayo continuo sigue una linea firme y no permite desviaciones, y el resultado, por bueno que sea, es siempre un momento en un largo proceso. Y esa coherencia se consigue siguiendo una filosofía simple pero poco común: una concepción humana en el sentido más amplio del término. Solano Benitez lo resume con esta frase: “yo soy vos”. Las ideas de solidaridad, de comunión entre los individuos, de servicio, nutren de contenido esencial a sus propuestas, mientras que la innovación las pone en relación. O como también nos dice Solano: “la inteligencia es el vínculo común entre todos los seres humanos”. 

La arquitecta francesa Anne Lacaton ha dicho que el lujo es aquello que supera las expectativas iniciales. Usar las restricciones a su favor, no desperdiciar ningún recurso en el proceso, aprovechar un material noble y barato, extremar sus usos hasta límites impensados, hacerlo generando espacio para el alma y confort para el cuerpo, y hacerlo con belleza; todo esto es lujo en el mejor sentido del término, el que proponía Lacaton. Solano Benitez hace más interesante la vida en sus edificios, y en el camino ha también dotado de mayor interés a la arquitectura como disciplina, además de generar atención sobre la buena arquitectura contemporánea del Paraguay. 

Casa Esmeraldina

La Casa Esmeraldina tiene nombre de ciudad, ya que es una de las Ciudades Invisibles de Italo Calvino. En ella, Solano Benitez introduce elementos de espacio público (rampa, muro, plaza elevada) como forma de potenciar lo colectivo en un ambiente privado. El punto de partida lo da la solución técnica: un suelo muy pobre, la necesidad por tanto de concentrar cargas, y el uso de grandes luces estructurales que buscan apoyo en los muros medianeros. Pero el resultado es espacial; las cajas, conectadas por puentes y escaleras, permiten fluir el espacio y la mirada, y proponen la creación de itinerarios diferentes cada vez. El muro de fachada es a la vez un límite, pero también una invitación a descubrir un mundo interior.    

Centro de rehabilitación Teletón

La Fundación Teletón es una ONG dedicada a la rehabilitación infantil, y es financiada a través de donaciones que se realizan una vez al año. Esta periodicidad coincide con las distintas etapas de la obra, por lo que el proyecto se propone como una suma de pabellones e intervenciones con distinto carácter. La utilización de todo los materiales llevados a la obra, incluso las sobras, implica una postura ética ante el esfuerzo de la sociedad que ofrece su ayuda año a año. De las distintas etapas se destacan las bóvedas de ladrillo calado, hechas con piezas prefabricadas en el lugar, y el pabellón de piscinas, con su cubierta conformada por pirámides invertidas; ambos recrean, tanto dentro como fuera, sugerentes paisajes artificiales.

Casa L.A.

En un campo a 200km de la capital paraguaya se ubica la casa L.A. Enfrentando una pista de aterrizaje, la casa se estira en un volumen único. Dentro de la caja de ladrillo aparecen otros prismas que van regulando los espacios, desde lo colectivo hacia lo íntimo, utilizando el gran volumen de aire como forma de aislación; además, dos entrepisos aprovechan el espacio entre caja exterior e interior. Al este, un muro plegado autoportante, de tan sólo 4cm de espesor, recorre 36 metros y se eleva 6. Este muro genera la circulación a los dormitorios, y aparece también, como segunda capa en la fachada, mostrando desde fuera el juego de límites. 

Una versión en inglés de este texto fue publicada en la revista Mark #42:

https://gustavohiriart.com/2013/03/01/invention-and-trial-gabinete-de-arquitectura/

Historias detrás de planos

© gustavo hiriart

El 27 de noviembre, la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República (Udelar) celebró su centenario como facultad independiente: antes de su fundación era parte de la Facultad de Matemáticas. La conmemoración procuraba, principalmente, reunir a quienes pertenecen y han pertenecido a la casa de estudios, por lo que presentó su sede, el icónico edificio de Bulevar Artigas, engalanada y organizada como una exposición continua de los trabajos que allí se realizan. La celebración incluyó también actividades protocolares con la presencia de personalidades como el rector de la Udelar, el doctor Roberto Markarian, la decana de la Facultad de Ingeniería, la ingeniera María Simon, y representantes de los distintos órdenes y gremios.

Pero, más allá de lo que sucedió en esa concurridísima y lluviosa noche de viernes, lo que interesa comentar ahora es uno de los productos más importantes del centenario de la facultad: el libro Cien años. El interés está en el libro en sí, por su calidad y capacidad comunicativa (es, además, un objeto bello, como era de esperarse), pero también en que su lectura permite hilvanar una historia que trasciende el interés específico de una disciplina y sus avatares, ya que nos muestra el rol que la Facultad de Arquitectura, en sus 100 años, ha desempeñado en la cultura de Uruguay.

Por escrito

La elaboración de un libro que resuma, por decirlo de algún modo, la historia de una facultad puede ser una tarea imposible si se pretende alcanzar acuerdos que concilien las distintas visiones sobre el pasado; el lejano y, especialmente, el reciente. La metodología utilizada para realizar el libro Cien años intenta eludir, como dice el decano, el doctor arquitecto Gustavo Scheps, en el prólogo, “el discurso único, la exposición concluyente” por medio de un producto coral, polifónico, que asume que sus miradas y relatos son “fatalmente incompletos”.

La estructura que hizo posible elaborar el libro se apoya en una Comisión de los Cien Años, que definió un comité editorial formado por diez editores (uno por década), quienes a su vez escogieron a 100 autores (uno por año, obviamente). Cada década es presentada por un editor y a cada año le corresponde un relato que ocupa una página completa y una fotografía, en la página contigua, que ilustra el texto. Hasta aquí tenemos solamente un sistema, un procedimiento que no asegura la calidad del conjunto, sino que plantea las reglas del juego. El resultado, gracias a editores y a autores, es un libro amable y conmovedor por momentos, que, como adelantaba antes, sitúa a la facultad en los principales debates culturales de cada época.

La publicación del libro se enmarca en una política del actual decanato de “reposicionar la arquitectura y el diseño como dimensiones fundamentales de la cultura”, como le contaba el año pasado a la diaria Scheps (ver ladiaria.com.uy/articulo/2015/5/forma-y-espacio/); de la misma forma, en el prólogo de Cien años afirma que el libro intenta ser en sí mismo un “acontecimiento cultural”. Este libro tiene la capacidad de establecer ese nexo entre cultura y arquitectura a través del tiempo y, de alguna forma, propone el desafío de “asumir las responsabilidades de nuestro tiempo en el proceso de construcción histórica”, continúa Scheps.

100 relatos

Me propongo ahora repasar someramente algunos de los hitos principales, una selección personal y errática, que aparecen narrados en Cien años. Sólo cuando incorpore algún texto de forma literal citaré al autor; los autores restantes pueden ser consultados en el índice del libro.

1915 fue el año en el que la tensión entre arquitectos e ingenieros acabó por definir los perfiles y las especificidades de cada una de esas disciplinas; a partir de entonces, se crearon ambas facultades (otro ejemplo del tan manido binomio crisis-oportunidad), con la participación destacada del doctor Baltasar Brum. En esos primeros años de la facultad, la figura predominante fue, sin duda, la de Monsieur Joseph Carré, quien lentamente guio la transformación de la carrera: de una formación academicista (Beaux-Arts) a una formación más renovadora, apoyada más adelante en los profesores arquitectos Mauricio Cravotto y Julio Vilamajó.

En 1918 se creó el Centro de Estudiantes de Arquitectura (Ceda); el libro da cuenta de su constante y activa participación a lo largo del centenario, en muchos casos proponiendo y fomentando los principales debates sobre temas de arquitectura y sociedad. Así lo muestran los textos correspondientes a la creación de la Revista Ceda, editada por primera vez en 1932; la huelga estudiantil del año siguiente contra el golpe de Estado de Gabriel Terra; la realización del mundialmente famoso grupo de viaje, que tuvo su primera experiencia en 1947; la colocación de una enorme pancarta en la fachada de la facultad que rezaba: “Fuera el imperialismo yanqui de América Latina, viva la revolución cubana”, por la visita de Dwight Eisenhower a Montevideo en 1960 (hecho que terminó en una fuerte represión policial); la edición de una nueva revista en 1981, Trazo, que procuraba generar espacios de libertad en una facultad aún intervenida por la dictadura; la realización del Encontrazo un año después, nombre que en 1990 volvería a ser usado para el Primer Encuentro de Estudiantes de Arquitectura, realizado en Montevideo, que inauguró una tradición de encuentros anuales en toda América del Sur.

Volviendo al orden cronológico, en 1918 se realizó por vez primera el Gran Premio (antecedente lejano de los citados grupos de viaje), que consistía en enviar un estudiante a un largo viaje de estudios. La página del año 1920 relata la experiencia de Vilamajó y la relación con sus dibujos, algunos de los cuales aún pueden verse en el Museo Nacional de Artes Visuales hasta el 21 de febrero.

El relato del centenario pondera el decanato renovador de Leopoldo Carlos Agorio en 1928, ya que, como escribe la arquitecta Cecilia Hernández Aguirre, “su discurso refleja la idea del tránsito de una enseñanza en el plano abstracto, sin contenido de valores sociales, estéticos ni técnicos, propios de la composición Beaux-Art, a la aceptación de la técnica, la industria y los cambios en los modos de vida como motor de un arte nuevo”. Estos planteos alimentaron la discusión de los años siguientes, que tuvo un particular énfasis en los aspectos sociales de la disciplina.

Entre 1934 y 1936, Joaquín Torres García brindó una gran cantidad de conferencias en la facultad que vinculaban arte y morfología. Más allá de la importancia puntual de estos cursos dictados por Torres, es de destacar la influencia que tuvo el afamado pintor en arquitectos como Rafael Lorente Escudero, Ernesto Leborgne y Mario Payssé Reyes.

En 1936 comenzó a funcionar en la Facultad de Arquitectura el Instituto de Teoría y Urbanismo (ITU), dirigido por Cravotto, un año después de que una de sus principales figuras, el arquitecto Carlos Gómez Gavazzo, pusiera en relación la desorganización urbana de Montevideo con la falta de formación técnica específica en urbanismo, y un año antes de que el ITU publicara el primer número de su revista. Esta vinculación entre institutos, gremios y publicaciones propias signa la historia de la facultad, y se mantiene hasta nuestros días. Además del ITU, el pensamiento urbano tuvo en los Seminarios Montevideo y en la Maestría de Ordenamiento Territorial sus principales plataformas de reflexión.

Si pensamos en la Facultad de Arquitectura, pensamos inmediatamente en su edificio actual, obra de Román Fresnedo Siri y Mario Muccinelli, inaugurado en 1948. Actualmente saludable, fue preciso que transitara por varios procesos de recuperación edilicia y de su equipamiento, y, luego de pequeñas adiciones sobre la calle Mario Cassinoni, se proyecta una gran ampliación sobre ese sector. Además, en 2011 la facultad se hizo cargo del Museo Casa Vilamajó y adquirió su casa vecina para albergar al Centro de Posgrados, la Casa Centenario.

“El Plan de Estudios de 1952, parteaguas entre dos épocas, fue asumido como mito fundacional de un proceso que, teniendo un ancla en lo disciplinar, se proyectaba en un escenario político de signo progresista…”, resume el arquitecto Nery González. El viraje hacia una facultad más involucrada en los temas políticos (y posicionada ideológicamente en un contexto de Guerra Fría) estableció el marco para las discusiones sobre el perfil de formación del arquitecto de los siguientes 20 años, temas que volvieron a aparecer en la discusión de los planes de 2002 y 2014. El nuevo escenario a partir del Plan 52 trajo aparejado el alejamiento de importantes profesores (y excelentes arquitectos), como Cravotto, Octavio de los Campos e Ildefonso Aroztegui.

Resulta natural pensar en la época de la intervención de la Universidad, de 1973 a 1985, como una etapa oscura; sin embargo, el libro recoge testimonios de resistencia, algunos entrañables, otros jocosos, que resaltan la convivencia y, sobre todo, la creatividad. Los relatos cuentan sobre la búsqueda de espacios de libertad, el diseño de la libertad, ya sea en el ámbito privado de los estudios como en la militancia por la defensa de la ciudad, el Grupo de Estudios Urbanos, la edición de una nueva revista de los estudiantes (la mencionada Trazo) y el primer encuentro de estudiantes (también nombrado más arriba, el Encontrazo).

Finalizando la cronología, quedan muchos momentos por nombrar -en especial, del pasado reciente: las participaciones en la Bienal de Venecia, el premio Archiprix, la reciente creación del doctorado y todo lo relacionado con el intenso año del centenario-, algunos de éstos ya abordados con anterioridad en la diaria. Pero este espacio es acotado y este texto es una excusa; para todo lo demás está el libro.

FADU

A las 00.00 del 28 de noviembre, la facultad cambió su nombre por Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU). Hoy, la FADU recibe a 1.200 estudiantes por año en sus cinco carreras: Arquitectura, Diseño Industrial, Diseño de Comunicación Visual, Diseño de Paisaje y Diseño Integrado. Scheps cierra el libro (y este texto) con este fragmento: “Nuestra Facultad consolida un espacio completo y sinérgico, abocado a la investigación y formación en torno al proyecto y la transformación del hábitat. Para profundizar la incidencia social y cultural de nuestras disciplinas […] buscamos adecuar y re-imaginar, con rigor y exigencia, creatividad y honestidad intelectual, sus valores, su identidad y su especificidad”.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

http://ladiaria.com.uy/articulo/2016/1/historias-detras-de-planos/

La diaria, edición 29/01/16

La diaria, edición 29/01/16

Casa – La escuela vertical de Julio Vilamajó

Muchas veces hemos escuchado, y tantas otras repetido, que el edificio de nuestra facultad es en sí mismo fuente de enseñanza. Claro que todos los buenos edificios lo son, pero en este caso es además la convivencia, la experiencia frecuente, la que motiva (por no decir asegura) el aprendizaje. Más allá de lo que se hace en él, el edificio de Fresnedo nos enseña sobre el cómo se hace; es el carácter que le imprime a una función que podría realizarse de infinidad de maneras distintas. En este sentido, la palabra Escuela, que proviene del Griego y nos remite al tiempo libre, al ocio, arroja luz sobre esa relación entre el disfrute, como experiencia placentera, y el aprendizaje.

La casa que Julio Vilamajó construyó para su familia en 1930, y que desde 2000 forma parte de nuestra facultad (1), comparte y extiende aquella capacidad pedagógica. El foco de esta cualidad didáctica vuelve a estar, como en el caso de la Facultad, en la experiencia propuesta, y por tanto se concentra en el usuario. A partir de allí Vilamajó abre el abanico, y cual enciclopedia en tomos (verticales) comparte sus intereses espaciales (que incorporan el movimiento y el mirar como funciones) formales, materiales, decorativos… evoca paisajes y crea imaginarios. 

Entendiendo su capacidad comunicativa y emblemática, convertimos a la casa en un museo, y con orgullo no disimulado, la mostramos a los que nos visitan, les pedimos que nos hablen de ella (2). El arquitecto Paulo Mendes da Rocha, por nombrar un ejemplo entre tantos, nos dijo que la casa “es un discurso que se puede leer muchas veces”(3). Y es un discurso que provoca placer cada vez, pues vincula lugares que olvidamos que pueden estar cerca, como la inteligencia y la intuición, o la creación y la memoria.

1_La casa es administrada por la Facultad de Arquitectura de la UdelaR a partir de un acuerdo con el Ministerio de Educación y Cultura, propietario del bien patrimonial. En 2011, luego de finalizado un importante proceso de restauración, la casa se comienza a utilizar, albergando las entrevistas a arquitectos y diseñadores invitados, abriendo al público en 2012 como Museo Casa Vilamajó.

2_Los libros Entrevistas 1 y Entrevistas 2, publicados por la Facultad de Arquitectura, recogen las conversaciones entre invitados extranjeros y docentes de la facultad.

3_Entrevista con Soledad Patiño y Marcelo Gualano, en Entrevistas 1, FARQ

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en el libro Cien Años Facultad de Arquitectura, Montevideo, Uruguay

De todos

Bascans, Sprechmann, Vigliecca y Villaamil - Complejo Bulevar © gustavo hiriart

Bascans, Sprechmann, Vigliecca y Villaamil – Complejo Bulevar © gustavo hiriart

Más de una vez me ha sucedido que, al contarle a un extranjero que vivo en una cooperativa de viviendas, en su mirada aparece un gran signo de interrogación, mientras probablemente en su mente se dibuja alguna imagen de comunidad hippie de los años 70. Conviene preguntarse por qué algo tan normal para un uruguayo suena tan extraño afuera; y preguntarse también si siempre fue tan normal, o en qué momento y cómo se volvió parte de nuestra cultura habitacional.

Éstos son algunos de los temas que aborda la exposición Cooperativas de vivienda en Uruguay: medio siglo de experiencias, presentada inicialmente en el Muséu da Casa Brasileira de la ciudad de San Pablo, que se podrá visitar en Montevideo este fin de semana del Patrimonio (10 y 11 de octubre) en la Casona Mauá de la Ciudad Vieja, y luego, del 16 al 20 de noviembre, en el hall de la Facultad de Arquitectura (Farq) de la Universidad de la República, como parte de los festejos de su centenario.

El trabajo que da origen a la muestra es una investigación en curso de la Unidad Permanente de Vivienda de la Farq, producida entre ésta y la facultad paulistana Escola da Cidade. La curaduría estuvo a cargo de los arquitectos Alina del Castillo y Raúl Vallés por la facultad uruguaya, y Luis Octávio de Faria e Silva y Ruben Otero por la brasileña.

La exposición, que muestra una primera etapa de la investigación, hace foco en 21 casos de estudio localizados en Montevideo. Esa selección deja fuera, por falta de documentación, algunos ejemplos importantes, lo que se explica por el intento de desmantelamiento del sistema cooperativo a manos de la dictadura y el exilio de algunos de sus principales actores. De todos modos, el grupo que se muestra permite ver claramente la calidad, tanto individual como colectiva, de los proyectos elegidos, y extrapolar la relevancia del cooperativismo de vivienda como sistema, en tanto solución habitacional y propuesta urbana, tecnológica y social.

Si bien aún no fue posible presenciar la exposición en Uruguay, en la librería de la Farq ya se puede conseguir el catálogo que, además de acompañar la muestra, es en sí mismo un libro interesante y bien documentado (actualmente se prepara la segunda edición corregida). Los proyectos seleccionados se presentan uno por uno (precedidos por seis textos, más el prólogo elaborado por el decano de la facultad). Es destacable el trabajo de redibujo que nos acerca, en algunos casos por primera vez, información gráfica de las obras. También vale mencionar el conjunto de fotografías de Andrea Sellanes, que son el hilo conductor del catálogo y describen la participación de los usuarios en la construcción, en especial la de las mujeres.

La carreta y los bueyes

Tal como lo relata en el catálogo el arquitecto Miguel Cecilio, protagonista del nacimiento y desarrollo del sistema cooperativo de viviendas, las primeras experiencias en este terreno fueron anteriores a la Ley Nacional de Vivienda de 1968, que les dio marco y de la que Cecilio fue uno de los redactores.

A principios de la década del 60, la sociedad uruguaya se encontraba sumida en una profunda crisis, con altos niveles de desempleo y una altísima inflación. Por primera vez un organismo público, la Comisión de Inversiones y Desarrollo Económico (CIDE), realizó un estudio para cuantificar el déficit habitacional, a la vez que propuso un plan para comenzar a corregirlo. Según Cecilio, “los resultados del plan de la CIDE no recibieron una inmediata aplicación, pero su difusión fue fecunda, pues generó una conciencia generalizada respecto de la magnitud del problema”. La producción pública de vivienda se concentraba en el Instituto Nacional de Viviendas Económicas (INVE) y el Banco Hipotecario del Uruguay (BHU), ambos fundidos, por recibir los retornos de sus préstamos en pesos fuertemente devaluados debido a la mencionada crisis.

En ese contexto, el INVE contaba con un convenio con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para la construcción de 1.000 viviendas, pero era incapaz de hacerlo efectivo al no poder constituir la contraparte local. El momento creativo surge cuando el Centro Cooperativista Uruguayo (CCU) le plantea al INVE “aunar una serie de contribuciones, por un lado el esfuerzo de las familias mediante el aporte de su mano de obra, y por otro el de las intendencias cooperando con un terreno”, como lo cuenta Cecilio. Establecida pues la contraparte, base económica de todo el sistema, desde el CCU se proyectaron las primeras tres cooperativas en el interior del país, que albergaron a 100 familias: Isla Mala, en Florida; Éxodo de Artigas, en Fray Bentos; y Cosvam, en Salto. Tanto en estos primeros proyectos como en muchos otros de los que aparecen en la exposición sobresale la figura del arquitecto Mario Spallanzani.

Estas primeras experiencias sirvieron de insumo para las definiciones de la Ley Nacional de Vivienda, que en su décimo capítulo le da marco al cooperativismo de vivienda. Crea la figura de la cooperativa de usuarios, en sus modalidades de ayuda mutua (el usuario aporta horas de trabajo en obra) y de ahorro previo (el usuario aporta un porcentaje del costo de la obra); las cooperativas matrices (unidades cooperativas asociadas) y los institutos de asistencia técnica (IAT, equipos interdisciplinarios que asesoran a las cooperativas). Además, la ley habilita a las cooperativas para que promuevan programas sociales, que provean servicios y promuevan tanto la integración del grupo que las conforma como la de éste con el barrio en el que se radica. En términos conceptuales, la norma de 1968 estableció el derecho a la vivienda digna y el mínimo habitacional aceptable, introdujo el concepto de planificación y creó el Fondo Nacional de Vivienda, la Dirección Nacional de Vivienda y la Unidad Reajustable.

La realización de aquellas tres cooperativas en el interior y la aprobación de la ley encendieron la mecha: el ingeniero Benjamín Nahoum afirma en su texto del libro que en 1975, tan sólo siete años después, “las estadísticas del BHU mostraban que uno de cada dos créditos que se solicitaban al Plan para construir viviendas, era para hacerlo por cooperativas”. Más allá de la enorme necesidad de vivienda y de la disponibilidad de mano de obra ociosa por los altos niveles de desocupación (lo que favoreció la construcción por ayuda mutua), Nahoum remarca la importancia del contexto cultural al explicar la rápida apropiación del modelo por parte de los usuarios: “Antes de 1968 existían cooperativas de las más diversas ramas; un sistema financiero de acceso a la vivienda que se basaba en el ahorro previo; la participación de los propios interesados, articulados de diversas maneras, en la producción de su hábitat, y la propiedad cooperativa de los medios de producción”.

Cuestiones disciplinares

Al inicio de este texto, al hablar del presunto extranjero, omití (no sin intención) la posibilidad de que se tratara de un arquitecto; ahí la cosa cambia. El interés que existe en el mundo de la arquitectura sobre el sistema cooperativo de vivienda uruguayo y sus mejores ejemplos puede resumirse en la presencia del Complejo Bulevar (conjunto que hace pocos días celebró sus 40 años) en la más grande exposición de arquitectura latinoamericana del Museo de Arte Moderno de Nueva York (ver ladiaria.com.uy/ADjr). De alguna manera la actual exposición, y especialmente la investigación de la UPV, vuelven a poner en la mira una producción fundamental en la historia de la arquitectura nacional, que, como suele ocurrir (ya fuera por falta de material o de interés), estaba injustamente desatendida.

Más allá de la importancia cuantitativa de las soluciones habitacionales (uso conscientemente ese frío término) y de las características de movimiento social del cooperativismo (que no me animaría a tratar aquí), me interesa remarcar ahora los desafíos que generó y continúa generando dentro de la disciplina arquitectónica.

El proceso de proyecto participativo e interdisciplinario requirió adaptación y flexibilidad de parte de los arquitectos, que, al tiempo que cedían grados de autoría (y autoridad), incorporaron, como nunca en obras de gran escala, la noción de habitante, con sus necesidades y deseos. La producción, en especial la que involucra a los usuarios en la construcción, se convirtió en tema fundamental del proyecto, en muchos casos adaptando o creando tecnologías y soluciones constructivas ad hoc, que incluyeron la prefabricación en obra o en plantas compartidas entre cooperativas matrices. También supuso un desafío el problema de la escala, que abarca la unidad y sus variantes (y sus posibilidades de crecimiento y adaptación), el diseño del espacio y los equipamientos colectivos (el conjunto Vicman en Malvín Norte es un excelente ejemplo de esto), la morfología y la relación con el tejido urbano en el que se inserta la obra (o la creación de ese tejido en casos de la periferia, como sucedió con Mesa 1, en La Cruz de Carrasco).

En relación con este último punto, se constata lo que plantea en su texto del catálogo la arquitecta Alina del Castillo: “La escala de estas intervenciones, combinada con la introducción de lógicas de ocupación del suelo ajenas a las de la manzana tradicional, generó interrupciones en el tejido urbano al modo de islotes”, retazos de ciudad con identidad propia que no siempre establecen una continuidad con su entorno inmediato (actualmente muchos de los conjuntos han sido enrejados, lo que refuerza esta sensación de barrio dentro del barrio). Algunos proyectos contemporáneos construidos en zonas más céntricas, como las nuevas cooperativas en el Barrio Sur contra el Cementerio Central, intentan romper, con mayor o menor acierto, con esa condición cerrada de algunos conjuntos más antiguos. Además, desde mediados de los años 90 se comenzó a utilizar la modalidad del reciclaje para cooperativas, en especial en la Ciudad Vieja, como forma de densificar (además de preservar) zonas de la ciudad que cuentan con servicios subutilizados.

La exposición Cooperativas de vivienda en Uruguay: medio siglo de experiencias nos permite conocer más sobre una realidad que, además de sus implicancias sociales y disciplinares, forma parte de nuestra identidad colectiva; un patrimonio físico y cultural que debemos cuidar y del que podemos extraer algunas claves para construir los próximos 50 años.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en la diaria, Montevideo, Uruguay

http://ladiaria.com.uy/articulo/2015/10/de-todos/

La diaria, edición 08/10/15

La diaria, edición 08/10/15

Pieza urbana

En un barrio residencial de Montevideo, la pequeña Casa Buceo, de los arquitectos Gualano + Gualano, ocupa la mitad de la parcela mientras propone la otra mitad como espacio vacío. Sus formas puras y su materialidad dura le otorgan un carácter de pieza urbana

La casa Buceo toma su nombre del lugar en el que se localiza: El buceo es un barrio residencial alejado del centro de Montevideo; la cercanía a la costa del Rio de la Plata, el frondoso arbolado público y los jardines de sus casas definen el ambiente de la zona.

En un pequeño terreno en esquina, de apenas 135 m², el estudio liderado por los hermanos Gualano proyectó una casa que debía albergar aproximadamente el mismo metraje. La primera decisión entonces fue apilar el programa en dos niveles, liberando la mitad del terreno, el cual mira al norte en su lado mayor.

Retrayéndose hacia la medianera, el proyecto reserva este vacío al norte, y lo construye visualmente mediante un muro que acompaña la fachada. El patio resultante, además de captar el sol durante buena parte del día, no interrumpe el pasaje de radiación solar a los espacios interiores, especialmente bienvenida en los largos meses del invierno. 

El esquema de dos bandas de actuación, una construida, la otra libre de construcciones, es desafiado por la presencia del prisma de la terraza. Si bien bien ésta ocupa parte del vacío, lo hace con otro espacio también vacío, que además evita apoyarse, colgando del cuerpo principal.

El volumen virtual de la terraza elevada construye la esquina a la vez que demarca y protege el espacio de acceso, y una vez dentro cubre el espacio de estacionamiento. Esta componente urbana de la casa se entiende por la voluntad expresa de los autores de construir ciudad, de proyectar en la ciudad para los otros. Es así que la Casa Buceo se siente más urbana que sus vecinos, se entiende como una pequeña parte de un todo mayor.

La composición formal se puede resumir fácilmente en dos volúmenes, la terraza elevada y el prisma contra la medianera, más el plano que cierra la planta baja. El repertorio material también es acotado, destacándose las piezas en hormigón (rústico o pulido), los bloques también de cemento, madera y algunas piezas en metal blanco. La enredadera que cubre el muro es también concebida como un material en la composición.

Esta expresividad muy controlada, ya sea en lo material o en el campo de las formas, puede ser entendida como una apuesta a una estética de lo mínimo (no me refiero aquí a lo minimal), de lo básico y lo posible. Por un lado, estos materiales precisan poco mantenimiento, y su envejecimiento se asume como parte de su expresión final. Por el otro, se apela a técnicas constructivas sencillas, que ya están incorporadas en la tecnología y mano de obra del medio en el que se construye. 

La protección de la intimidad, asegurada por el largo muro y el portón de entrada, permite que una vez dentro los espacios sean completamente vidriados. La conformación en planta hace que todos los ambientes miren al patio, que actúa como paisaje interior. En planta baja la escalera define dos ámbitos separados, pero conectados visualmente, y su presencia se aliviana con el diseño de sus barandas y el uso del color blanco. En la planta alta la escalera vuelve a separar, esta vez el dormitorio de los niños, al fondo, y el del matrimonio, con su salida independiente a la terraza.

Para concluir, podemos decir que la Casa Buceo saca partido de sus restricciones espaciales, aprovechando al máximo el espacio exterior, a la vez que encuentra un repertorio formal y material propio y adecuado al medio en el que se inserta.

autor: gustavo hiriart

publicado originalmente en Axxis #259, Bogotá, Colombia

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